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Revista Alternativas en Psicología

Edificio de la salud-enfermedad psicológica

El “edificio” o escala de la salud-enfermedad psicológica nos permite ver que en contraste con el estado neurótico o psicótico, una persona puede estar en un estado de ecuanimidad, o estabilidad de ánimo, cuando se siente segura, se mantiene serena y –sobre– todo siente control de sus propias acciones, está haciendo o viviendo lo que quiere.

En cambio, una persona entra al estado neurótico en la medida en que tiene que hacer lo que no quisiera o siente que no puede hacer lo que quiere. Entonces, en cuanto más tenga esa sensación de conflicto entre lo que debe hacer (o “tiene que hacer”) y lo que quiere hacer, la persona se alterará con más facilidad y, como consecuencia, tendrá reacciones exageradas o desproporcionadas a la magnitud de los acontecimientos; puede enojarse con mucha facilidad, o llorar sin que haya una causa importante, o bien reírse de manera forzada y muchas veces escandalosa, o tener miedo elevado ante situaciones de poco riesgo; otras personas, debido a la neurosis, pueden no tener miedo ante situaciones realmente peligrosas (temeridad). 

Las personas en estado neurótico suelen estar irritadas o irritables, o bien muy apáticas y emocionalmente aplanadas, desde que se levantan por las mañanas. Estas personas se caracterizan porque no pueden controlar sus propias acciones, por ejemplo, fuman cuando desean dejar de fumar, o comen más de lo que ellas mismas consideran conveniente; regañan a sus hijos o entran en conflicto con su pareja, con compañeros, familiares o amigos, cuando su propósito puede ser mantener relaciones positivas con ellos. Personas que quieren hacer ejercicio o dedicarse más al trabajo o a sus estudios y no pueden hacerlo. Se les dificulta mucho planear actividades porque fácilmente se desesperan y se frustran si algo no sale como lo tenían previsto, por lo cual les es difícil perseverar y lograr lo que quisieran conseguir. También constituye un rasgo de neurosis la flojera exagerada y la falta de motivación para involucrarse en actividades interesantes o productivas. La persona en estado de neurosis tiene dificultades para razonar y comprender el punto de vista de los demás, pero –a diferencia del estado psicótico– si bien exagera su percepción de los eventos “reales”, aún comparte los elementos esenciales de esa realidad con el grupo social al que pertenece.

Si los conflictos entre el deber y el querer se profundizan y se vinculan con un aislamiento social progresivo y predominante, las personas tienden a pasar al tercer piso del edificio: la psicosis, conocida comúnmente como “locura”. Estado en el cual la persona tiene dificultades para distinguir entre su imaginación y la realidad que perciben los demás; es decir, presenta alucinaciones (escucha voces, ve imágenes, tiene raras sensaciones táctiles, olfativas, gustativas, etc.), por lo que no puede coordinar su actividad con la de los demás ni compartir ideas o sentimientos. Entre más intensa sea la psicosis, ésta constituye una fuga del sufrimiento que produce la neurosis, mediante la “locura” la persona se aferra a ideas, percepciones, sentimientos o rituales que le dan un significado relativamente estructurado a su existencia, la cual sería mucho más caótica y sufriente sin esos esquemas.

La neurosis transitoria es sana

Tanto la ecuanimidad, como la neurosis y la psicosis pueden tener una duración breve y ser transitorias o bien mantenerse como la actitud esencial de una persona. En el enfoque de la Teoría de la Praxis, la neurosis es parte del proceso de salud psicológica cuando se trata de un episodio transitorio, leve y ocasional.

Enojarse o deprimirse de vez en cuando contribuye al proceso de maduración emocional y desarrollo intelectual de una persona, pues esos conflictos neuróticos transitorios propician que cambie su enfoque y amplíe el horizonte de sus experiencias. Si no fuera por esas neurosis eventuales, las personas mantendrían su manera de ser como niños sin lograr la prudencia, la responsabilidad, la capacidad de planeación a más largo plazo y lograr acoplamientos socioemocionales más estables.

Enfermedad psicológica

Podemos hablar de “enfermedad psicológica” cuando la neurosis ocupa más de un 40% del tiempo cotidiano de una persona durante un período mayor a 3 días o de manera frecuente. Cuando esto ocurre, la neurosis produce estancamiento emocional y algunas limitaciones intelectuales.

Una persona que tenga una neurosis prolongada no podrá salir por sí misma de ella y requiere atención profesional psicoterapéutica. De manera remota, algunos eventos fortuitos podrían contribuir a superar esa neurosis pero esto es esperable en un porcentaje mucho menor al 1% de los casos.

Debido al estado neurótico que prevalece en una persona, dada la alteración de su capacidad de razonamiento proporcional al grado de alteración emocional, su conducta se volvería errática generándole mayores conflictos que harían progresivamente más intensa la situación neurótica hasta llegar a la psicosis y el suicidio, si no fuera por tres “mecanismos paliativos1” que aminoran transitoriamente la ansiedad que genera la neurosis. Estos paliativos psicológicos requieren actuar con mayor frecuencia conforme la neurosis se hace más aguda, lo que explica mucho de lo que ocurre en la sociedad contemporánea.

Tres paliativos de la neurosis

El primer paliativo es la “búsqueda compulsiva de placer sensorial”.  Por “compulsiva” entendemos esa sensación irrefrenable para realizar una acción de manera repetida. Por supuesto, la búsqueda no-compulsiva de placer es algo sano y recomendable, pero se considera patológico cuando se presenta con frecuencia excesiva motivado por un deseo constante y reiterado, sin aprovechar la variedad y diversidad de placeres corporales, emocionales, sociales, culturales.

El placer físico suprime o enmascara la ansiedad o el sufrimiento, por lo cual cuando la ansiedad o el sufrimiento son intensos, continuos o frecuentes muchas personas buscarán “ansiosamente” alguna fuente de placer sensorial para eliminar esas desagradables sensaciones. Eso es lo que explica que los niños desde muy pequeños constantemente se chupen un dedo o chupen un objeto para compensar tensiones producidas por la sensación de abandono, indiferencia, miedo, maltrato o por estar en situaciones de violencia verbal y/o corporal. La sensación placentera que se produce al tocarse los labios o succionar algo disminuye o contrarresta esas sensaciones desagradables.

De la misma manera, personas de todas las edades pueden comer sin tener hambre porque el placer que brindan los sabores por sí mismos más los significados vinculados a ciertos alimentos compensa las frustraciones o tensiones que se enfrentan en la vida cotidiana. Una proporción de las personas son comedores compulsivos debido a que en su historia de vida se encontraron reiteradamente que en los momentos de comer se sentían mucho mejor que cuando no lo hacían y se formó un hábito. De la misma manera ocurre con las bebidas, no solamente aquellas que son alcohólicas sino también puede ocurrir con las bebidas azucaradas (refrescos), el café o incluso el agua, que también son consumidas compulsivamente.  El alcohol y otras drogas además permiten evadirse de situaciones problemáticas, relajarse y expresar emociones que las personas suelen contener o inhibir cuando no están bajo el efecto de esas sustancias.

Algo importante que, primero, los psicólogos y luego, toda la sociedad, debieran comprender es que –en el plazo inmediato o a corto plazo- para el adicto es mejor consumir su droga que no hacerlo. Si no consumiera esa sustancia su sufrimiento sería mucho más grande. Desde luego, a mediano y, sobre todo, a largo plazo, es probable que el consumo de la droga les genere a los adictos un sufrimiento mayor que si no la hubieran consumido. Con base en esto, es necesario entender que los adictos no pueden dejar de consumir la droga a la que se han habituado sino a través de que tengan acceso y prueben sensaciones placenteras alternativas, naturales-sociales que sean diversificadas. Cuando la propaganda contra las drogas los hace sentir más culpables o son perseguidos, estigmatizados, segregados, rechazados, etc. por ser “drogadictos”, lógicamente esto incrementa sus niveles de tensión y ansiedad favoreciendo aún más el consumo de la droga. Así las campañas antidrogas y algunas formas de represión familiar pueden tener efectos totalmente contraproducentes.

De la misma manera puede explicarse el “consumismo”. Cuando una persona compra un producto, estrena algo nuevo, se siente mejor transitoriamente. Por eso, cuando el Palacio de Hierro, una tienda departamental de lujo, difundió anuncios espectaculares que decían “Ningún psicoterapeuta conoce el valor terapéutico de un vestido nuevo”, en broma comentábamos en nuestra Asociación de psicólogos (AMAPSI) sobre la posibilidad de escribir una carta que en resumen dijera: “Señores del Palacio de Hierro: Los psicólogos sí conocemos el valor terapéutico de un vestido nuevo, pero este dura aproximadamente 48 horas y luego se requiere… otro vestido nuevo”.

Algo parecido podemos decir del consumo de televisión compulsivo, de la sexualidad compulsiva, de la adicción a internet y de muchas otras adicciones, algunas de ellas incluso aparentemente positivas como la adicción al deporte, al ejercicio, a la lectura, a las reuniones sociales, a la religión o a una determinada persona. Se habla de una adicción cuando una conducta que tiene efectos perjudiciales notorios se realiza de manera reiterada y frecuente, formando un hábito difícil de modificar.

El segundo paliativo para la ansiedad neurótica es aún más interesante: El hacer sufrir a otro(s), a través de culpar, agredir, dañar, obstruir, someter, burlarse, logra que el agresor disminuya sus niveles de tensión. A través de este mecanismo la tensión emocional se transfiere a otras personas o incluso a objetos, instituciones, animales y todo tipo de entidades. Esos es lo que explica por qué cuando las personas se enojan pueden romper cosas o golpear incluso contra la pared. Es la esencia del dicho que expresa: “No importa quién me la hizo, sino quién me la pague”; se habla del “desquite” y es el fundamento de la venganza. El “placer de la venganza” es ese placer neurótico que se satisface en el sufrimiento del otro para paliar el sufrimiento propio. Equivocadamente se ha considerado que en eso consiste la justicia, en hacer que el agresor sufra de manera similar o mayor al sufrimiento que ha causado, como si eso restaurara, al menos en parte, el sufrimiento de la primera su víctima. El placer morboso de la venganza disminuye el dolor de la víctima. Por eso a veces hay regocijo o fiesta porque lincharon, mataron o tienen a un delincuente en un calabozo, padeciendo incomodidades o torturas.

Sin embargo, al igual que el placer compulsivo, la agresividad compulsiva producto de la neurosis no resolverá la esencia de la misma, el conflicto emocional que la constituye. El dolor causado a otro(s) solamente disminuye transitoriamente las tensiones pero el conflicto esencial continúa para producir cada vez nuevos deseos agresivos. La neurosis es producida por la enajenación, por el cúmulo de imposiciones y limitaciones, por la indiferencia, la marginación, el abandono y las violencias históricamente padecidas. Pero, al mismo tiempo, la neurosis es lo que explica el origen de las violencias: la serpiente que se muerde la cola.

La neurosis se transfiere de unos a otros a través de los diferentes tipos de violencia (corporal, verbal, simbólica). Las personas con condiciones emocionales más vulnerables progresivamente se hacen chivos expiatorios en los que se descargan los conflictos emocionales de los otros. Son esas personas vulnerables quienes están propensos a padecer mayores niveles de neurosis y llegar a la psicosis, constituyendo así una válvula de escape de las neurosis de los otros. En cada familia, en cada comunidad, existen personas, grupos o sectores en los que va recayendo concentradamente la tensión generalizada en la vida de todos, son el drenaje de la neurosis social y permiten así cierto grado de estabilidad al colectivo, hasta que los grados de neurosis sean de tal magnitud que no basten esas válvulas de escape. Esas personas vulnerables suelen ser los indigentes, los drogadictos, los flojos, los apáticos, muchos de los delincuentes comunes.

En cada familia, el sexo femenino históricamente ha absorbido mucho de la neurosis masculina a través del manejo de culpas y limitaciones, pero esto está cambiando por el fortalecimiento emocional que están teniendo las mujeres. Los niños también han sido históricamente vulnerables para absorber las neurosis de sus padres y de otros adultos cercanos; sin embargo, el autoritarismo tradicional de los padres se ha ido debilitando al enfrentar a niños hábiles para manipular sus culpas y tensiones. Es en las escuelas donde los niños se encuentran más vulnerables ante muchos docentes neurotizados que abusan del poder institucional y de las calificaciones, frecuentemente contando con la complacencia, el desconcierto o la indiferencia de los “padres de familia”. Veamos la siguiente anécdota esquemática:

“Ese viernes Martín tuvo un mal día en su trabajo, cometió algunos errores que su jefe se encargó de magnificar poniéndolo “en evidencia” ante sus compañeros de trabajo, no dejó de advertir de reojo el placer de algunos de ellos al observar la escena. A las 6 de la tarde sale muy tensionado de la empresa y –como todos los días hábiles- se dirige a su casa a través de un trayecto largo, con un tránsito cargado, escuchando las expresiones sonoras y los gritos de los automovilistas desesperados por avanzar un poco. Al fin llega a su casa con el cansancio y el coraje en los hombros. De manera automática busca detectar errores o fallas de su esposa, Sofía, para poder reclamarle y descargar parte de sus tensiones; dado que no logra encontrar algún desorden suficientemente significativo, recurre al pasado haciendo que salga el tema de aquella vez hace cinco años en que la esposa “coqueteó” por haber sonreído al saludar a uno de sus compañeros de trabajo. La esposa se defiende pero él insiste hasta que logra ponerla de mal humor, triste o cabizbaja. Entonces Martín respira profundamente, se sienta en la sala y enciende el televisor para conciliar el sueño. Sofía se queda despierta, resentida, procesando la discusión que tuvieron. Al día siguiente, Sofía se levanta a las 6:30 am para despertar a su hijo Manuel que entra a la secundaria a las 7:30: “Manuel, levántate, ya es hora”, le grita desde el pasillo. Manuel escucha entresueños sabiendo por hábito que se trata de la primera de muchas llamadas. Sofía tiene que ir a la cocina a preparar el desayuno, pero a los 10 minutos regresa y se percata de que Manuel sigue dormido. Entonces eleva un poco el tono de voz para decirle que “se te está haciendo tarde, como siempre”. Y así ocurre que Sofía va y viene durante varias ocasiones hasta que a las 7:15 se para junto a la cama de Manuel para gritarle tantos improperios que Manuel comprende que ahora sí tiene ya que levantarse y lo hace sabiendo que llegará tarde a la secundaria donde tendrá otra vez que sortear las limitaciones progresivas del prefecto. Martín y Manuel desayunan de prisa antes de salir a trabajar y a la escuela. Sofía da clases en una escuela primaria, en cuarto grado, se arregla bajo la presión del tiempo y apenas llega cuando están cerrando la puerta de la escuela. Para iniciar su clase pide a los niños le entreguen la tarea para revisarla. Juanito es el primero que lo hace. Sofía revisa las divisiones y se da cuenta en la primera que el procedimiento seguido es correcto pero que Juanito se equivocó al copiar un número 9 como si fuera un 4, por lo que el resultado final está equivocado. Toma el lápiz bicolor con el que califica, pone un poco de saliva en la punta de color rojo y traza el tache más grande y enfático que puede, supuestamente para que Juanito aprenda y se fije mejor en lo que hace”.

El tamaño y la intensidad del tache que un maestro coloca en los cuadernos de sus alumnos pueden corresponder al tamaño e intensidad de la neurosis que ese docente padece. Lo importante de la anécdota anterior es observar la manera en que los conflictos neuróticos son transferidos de unos a otros a través de expresiones cotidianas que forman parte de una cultura de lo que supuestamente es lo debido: “la letra con sangre entra”, “si alguien comete un error o es agresivo, se le debe castigar para que aprenda”. Se requiere un cambio en la manera de comprender y de afrontar esas expresiones cotidianas de la neurosis, pues en la actualidad generalmente se realizan acciones contraproducentes.

El tercer paliativo al que recurren las personas neuróticas es la rigidez conceptual y afectiva, pues se les dificulta razonar coherentemente si no se basan en dogmas y esquemas preestablecidos. Por ello, entre más intenso es el estado neurótico más dificultad para aceptar y comprender otros puntos de vista. La religiosidad vivida dogmática o fanáticamente es una expresión del grado de neurosis, tal como ya lo había visto Freud en El porvenir de una ilusión. Asimismo, se aferran a prejuicios sociales que pueden ser de índole conservadora o anticonservadora, pero que se caracterizan por su falta de flexibilidad, por lo cual estas personas suponen que los demás deben comportarse como ellas consideran que es lo adecuado, aún cuando eso no les beneficie o les afecte directamente; les molesta que las personas no se comporten “como deben”, por lo que con frecuencia se entrometen en la vida de otras personas criticando su manera de vivir o exigiéndoles que respeten los valores que consideran “universales”.  Muchas madres y padres de familia obligan a sus hijos a realizar acciones o abstenerse de otras sin importar el criterio de éstos, tal como existen países que se piensan “democráticos” porque tienen un sistema electoral de partidos y pretenden que todos los países se sometan a sus criterios. Sin embargo, como lo muestra la película “El castillo de la pureza”, dirigida por Arturo Ripstein, esas personas que imponen valores y criterios rígidos suelen ser incongruentes e hipócritas, haciendo a escondidas aquello que tanto demeritan en los otros. Ese esquematismo constituye lo que Freud consideró como una “formación reactiva” para apaciguar la irrupción de sus propios impulsos, generados por la conflictividad emocional que viven.

De manera similar, como los estados neuróticos crónicos o prolongados generan conflictos frecuentes en las relaciones interpersonales, las personas tienden a aislarse y tienen progresivos sentimientos de soledad en los que se hunden gradualmente. En ese proceso, si eventualmente logran un vínculo afectivo importante con una persona, ésta se convierte en una especie de “tabla de salvación” a la que se aferran obsesivamente, celándola demasiado, exigiendo su atención y su preferencia, lo que termina destruyendo poco a poco esa “bonita” relación inicial, cuyos gratos recuerdos mantienen la falsa esperanza de volver a ese origen. Se trata del amor neurótico, de relaciones destructivas, que son expresadas en muchas de las canciones populares. Bajo esta perspectiva se tiene la idea de que, por ejemplo, la relación de pareja es lo único importante que le da significado a la existencia de alguien, lo que es contraproducente para esa relación. Por eso en mis conferencias, ironizando una conocida campaña televisiva para prevenir el abuso sexual en los niños, suelo decir entre bromas que “si una persona les dice ‘tú eres todo para mí’ o ‘sin ti no soy nada’ aléjense de ella y ‘cuéntenselo a quien más confianza le tengan’”. La pareja puede ser lo más importante pero no lo único.

Considerando lo anterior, recomiendo a las personas jóvenes y no tan jóvenes que, cuando vayan a elegir pareja, observen en su prospecto(a) que tengan los cuatro criterios siguientes, que son los criterios más básicos de nuestra lista de 23 criterios de salud psicológica:

  1. Que tenga una relación esencialmente positiva con su familia de origen, al menos en un estimativo 60%.
  2. Que tengan al menos 2 o 3 amigos de confianza con una duración mayor a 2 años.
  3. Que tengan aspiraciones o proyectos, deseos de lograr algo en el futuro.
  4. Que en los últimos 3 meses hayan realizado acciones relacionadas con esas aspiraciones o proyectos.

Obviamente, si el prospecto no cumple con estos cuatro criterios podemos considerar que tiene un nivel de neurosis relativamente elevado que volverá conflictiva la posible relación de pareja en poco tiempo. También es obvio que la recomendación repercute sobre la misma persona que recibe este consejo, que puede no cumplir con dichos criterios y/o estar ya envuelta en una relación conflictiva e insatisfactoria con una pareja, una amistad o un familiar determinado. En este caso se les recomienda acudir a psicoterapia y buscar que en ella participe también la otra persona.

Vida y destructividad

En síntesis, en la Teoría de la Praxis sin neurosis no habría violencia, salvo en defensa propia. Señalamos la legitimidad psicológica de la “violencia en defensa propia” porque es muy fácil comprender que una persona que es agredida y no se defiende de manera proporcional y de acuerdo a los recursos a su alcance, estaría en una condición neurótica que ha debilitado su autoestima. Pero es lógico que si no hubiera violencia de origen generada por estados neuróticos tampoco habría violencia en defensa propia.

Freud, como Thomas Hobbes, y muchos otros autores han considerado a las tendencias agresivas y violentas como inherentes a “la naturaleza del ser humano” e incluso a todos los seres vivos. Por ello, Freud postuló el instinto de muerte y destructividad (Tánatos) como algo paralelo y de igual necesidad orgánica que el instinto de vida o creación (Eros). Ambos generando pulsiones para tener una vía de expresión o canalización de esa “energía psíquica”. Por ello Freud, consideró que la guerra y la violencia son algo natural entre los seres humanos. Pensaba Freud que todos somos violentos pero nos abstenemos de expresarlo por las consecuencias represivas establecidas por la sociedad. Para él es la represión lo que hace que los seres humanos canalicen sus energías a la ciencia, el arte y el trabajo mediante el mecanismo de la “sublimación”. 

Con base en estos conceptos freudianos, muchos psicólogos aplican lo que con ironía podemos llamar la “terapia de la almohada”: cuando un niño o una persona son considerados agresivos, los terapeutas suelen proponerles que golpeen una almohada hasta cansarse, suponiendo que así habrán extraído la energía destructiva, conservando en sí solamente la energía creadora. Algo similar a lo que hacen muchas abuelas cuando su nieto se golpea accidentalmente con un mueble: le proponen que le devuelva el golpe al mueble para que el niño se tranquilice. Se trata del segundo mecanismo paliativo de la neurosis que antes hemos mencionado y que, por supuesto, Freud encontró ese deseo de agredir como una constante en sus pacientes neuróticos y quizá en él mismo, dada la represión y los agudos conflictos morales a la que habían sido sometidos; lo que sin duda ocurre en una gran cantidad de casos hasta la fecha.

Sin embargo, contrariamente a esa concepción de que la expresión violenta liberará de las tensiones agresivas, nuestras investigaciones clínicas han mostrado que una persona se habitúa a canalizar violentamente sus tensiones al practicar con la almohada, con una pared, con una pera o un saco de boxeo o con un mueble.  Cada vez que se practica ese hábito se fortalece y predispone a la persona a utilizarlo ante situaciones de tensión.

Los gobiernos asumen que la represión y el castigo es la única manera de disminuir la violencia social, como también lo creen muchos padres respecto a sus hijos y muchos docentes en relación con sus alumnos. Es difícil que comprendan que la represión y el castigo son expresiones de violencia que lógicamente incrementarán los niveles de resentimiento, conflictividad emocional y, por tanto, generarán más violencia. La idea de la represión y el castigo para lograr el “buen comportamiento” está ya plasmada en el remoto “Código de Hanmurabi” y es la base general de las legislaciones; “no hay ley eficaz sin sanción”, dicen los abogados. A casi todos parece obvio y natural pensar en la punición como solución para todo conflicto, pues en el sufrimiento que produce el castigo se canaliza –como vimos- la neurosis colectiva, la impotencia de los “poderosos”.

La Teoría de la Praxis, en cambio, plantea que lo que Freud concibió como dos instintos paralelos corresponden a un solo proceso de la vida. La vida y la muerte son lo mismo. Vivimos porque nos morimos a cada instante o morimos para vivir. Estamos muriendo desde que nacemos. Con cada latido se destruyen proteínas y otros nutrientes, en cada segundo hemos dejado de ser lo que éramos, de lo cual nos percatamos cuando ya ha pasado mucho tiempo. Sin duda para vivir tenemos que matar (animales y plantas), para crear es necesario destruir otras cosas (materias primas), pero el conflicto neurótico genera la necesidad de destruir sin un propósito creador, sin más objetivo que canalizar esa neurosis. La destructividad, así, es una expresión de las limitaciones y frustraciones de la vida, de la vitalidad. Si una persona se siente bien, satisfecha con lo que vive, contenta con lo que está haciendo, no tiene por qué ser destructiva o agresiva.

Por tanto, la única manera de terminar con la violencia y la destructividad, que prevalece y va creciendo en la humanidad desde hace unos 3.500 años, es lograr que haya más posibilidades para la expresión de vida, para la creación, la re-creación y el bienestar de cada vez más personas. De eso se trata la psicoterapia y debieran tratar también los procesos educativos. Lograr la salud psicológica es hacer que prevalezca la sensación de satisfacción en la vida de las personas y, por tanto, al reducir sus frustraciones disminuya también su propensión a la violencia, el consumo compulsivo y la rigidez en sus actitudes.

¿Hacer consciente lo inconsciente es la meta de la psicoterapia?

Para Freud, la psicoterapia consistía en ayudar a su paciente a superar las represiones extremas, haciendo consciente lo que –debido a represiones morales– se había desplazado a lo inconsciente. Freud suponía que lo que producía las alteraciones corporales conocidas como “histeria” eran las energías reprimidas tanto de índole sexual como agresiva. Utilizó el psicoanálisis para devolver a la consciencia de sus pacientes las emociones infantiles conflictivas que al expresarse abiertamente disminuirían la sintomatología. Sin embargo, como lo ilustra el caso del “Hombre de los lobos”, el propio Freud se dio cuenta que el hacer aflorar a la consciencia los “recuerdos infantiles reprimidos” y las tendencias sexuales inmorales, no siempre se lograba el objetivo de desaparecer los síntomas neuróticos.

Desde la perspectiva de la Teoría de la Praxis, si bien el reacomodo emocional que puede generarse mediante la interpretación de los sueños y el psicoanálisis puede contribuir parcialmente a darle una configuración distinta a la conflictividad neurótica, en general esto no es suficiente y muchas veces no es lo esencial para un proceso psicoterapéutico (aunque en algunos casos sí). Eso es lo que explica que la psicoterapia psicoanalítica tienda a prolongarse demasiado sin lograr que el paciente alcance el bienestar esencial y la independencia del terapeuta.

Haz lo que quieres

Si la enajenación y la neurosis tienen como base el conflicto entre dos fuerzas emocionales incompatibles porque una persona está supeditando su voluntad a lo que “tiene que hacer” o “debe hacer”, la psicoterapia consistirá en liberar a esa persona de esa enajenación, de ese sometimiento y, por tanto, de esa neurosis. Lograr que cada persona se libere del yugo de fuerzas impersonales o de personas que lo obligan a “hacer lo que no quiere” o a “inhibir su voluntad”.

Para la Teoría de la Praxis, la psicoterapia tiene como propósito lograr que los deseos espontáneos del paciente se acoplen con la búsqueda del mayor bienestar colectivo. Lograr que el paciente se sienta libre, haciendo generalmente lo que quiere (más de 60%) y casi no haciendo nada que no sea una motivación personal (menos del 40%). Considerando que el estado neurótico significa estar haciendo lo contrario de lo que se desea, estar viviendo de una manera que no es satisfactoria, la Psicoterapia de la praxis empieza por aclarar y estructurar qué tipo de mundo, qué tipo de vida, qué tipo de relaciones sociales, qué de actividades son las que se desean e impulsar a los pacientes para que realicen acciones para lograrlo: “Haz lo que quieres”.

Muchas personas equivocadamente piensan que la libertad tiende al “libertinaje”. Nuestras investigaciones clínicas nos han demostrado que el llamado “libertinaje” en realidad es consecuencia de la represión prolongada. Cuando pueden rebasarse los incómodos límites a que una persona ha estado sometida por mucho tiempo es lógico que haya una descompensación, una exageración en las expresiones contrarias a esos límites.

Cuando algunos pacientes y otras personas ven en la sala de espera de la AMAPSI, donde está mi consultorio, un cuadro en la pared con la frase “Haz lo que quieres”, preguntan “¿hago lo que quiero?”, y sonríen con picardía como haciendo alusión a prácticas sexuales desatadas o la comisión de conductas delictivas.  Un abogado que era mi paciente al ver esa frase expresó su desacuerdo profesional con ella y puso como ejemplo: “A mí me gusta coleccionar pinturas y ponerlas en mi casa. A veces llego muy tarde por la noche y siento el deseo de colgar los cuadros en ese momento: ¿hago lo que quiero? ¿Comienzo a taladrar y martillar a esa hora, sin importar que moleste a los vecinos?”. Entonces le pregunté: ¿Quieres molestar a tus vecinos? Obviamente me respondió que no deseaba eso, por lo cual agregué: “Solamente debes hacer lo que quieres y no lo que no quieres”.  Este ejemplo muestra como la sensación de libertad genera que la persona atienda a los efectos de su acción, incluyendo los posibles efectos sobre otros. En cambio, la persona reprimida tiene disminuida la capacidad de valorar los efectos de sus acciones porque ha habido alguien más que se ocupa de ello y le ha desplazado de esa responsabilidad. En efecto, la libertad genera responsabilidad social, la represión genera libertinaje.

Para la Teoría de la Praxis la libertad solamente es posible en la medida en que cada persona combina sus propios impulsos con las posibilidades del entorno en que se mueve: sería absurdo que una persona pretenda ser libre buscando atravesar paredes, yendo en contra de las propiedades físicas. Lo mismo podemos decir que una persona no puede ser “libre” actuando en contra de las propiedades químicas o biológicas, por ejemplo, pretendiendo por su supuesta libertad consumir sustancias tóxicas sin intoxicarse o hacer ejercicio sin cansarse. En el mismo sentido, para ser libre una persona requiere integrar sus deseos con las propiedades psicológicas y sociales en que se desenvuelve. Es la enajenación y la neurosis lo que no permiten dicha integración.

En consecuencia, para la Teoría de la Praxis la libertad personal es posible en la medida en que se capta la perspectiva de los demás, sus motivaciones, emociones y sentimientos. Pues de otra manera, como en el estado neurótico, se enfrentará a conflictos crecientes, redundantes.  A esa captación e integración de las propias emociones con las emociones de otros la Teoría de la Praxis le llama “amorosidad”, la cual es definida como el grado en que una persona siente como relevante para ella lo que sucede a otras personas;y también lo inverso: el grado en que una persona siente como relevante para otros lo que le sucede a ella. Amar y ser amado. O también odiar y ser odiado.  Como lo diría Aristóteles, una persona ama cuando se alegra por el bien de otro y se entristece si algo malo le ocurre a ese otro. En reciprocidad, una persona odia cuando se alegra por el mal de otro, o se enoja o entristece si al otro le suceden cosas favorables. Considerando las explicaciones anteriores sobre el vínculo entre agresividad y amorosidad, podemos decir que el odio deviene del amor frustrado. Por ejemplo, se odia al agresor de una persona a la que amamos o puede odiarse a quien no correspondió a una propuesta o a una expectativa amorosa. El odio implica una neurosis en la que, sin embargo, el odiado tiene relevancia y por lo tanto existe una motivación para esforzarse y atacarlo; es por eso que la guerra ha sido incentivo para muchos de los adelantos tecnológicos, dentro de la neurosis de los que odian.

Sin embargo, peor que el odio es lo contrario de la amorosidad: los sentimientos de soledad, la sensación de in-diferencia, la monotonía, el vacío emocional. Definimos la soledad como el grado en que una persona siente que no le importa lo que le sucede a otros más el grado en que siente que lo que le sucede a ella no le importa a otro(s).

Ejes “cartesianos” de la salud psicológica

De esa manera podemos trazar lo que llamamos ejes “cartesianos”2 de la salud psicológica. En el eje “y” (vertical), en la parte positiva (hacia arriba) tenemos la realización, definida estrictamente como la proporción de tiempo en que una persona hace lo que desea (y, por tanto, no hace lo que no desea); en la parte negativa (hacia abajo) tenemos la frustración, definida como la proporción de tiempo en que una persona hace lo que no desea (y, por tanto no hace lo que desea).  En el eje “x”, en la parte positiva (hacia la derecha) tenemos los niveles de amorosidad de una persona; y, en la parte negativa (hacia la izquierda), tenemos los niveles de soledad. Así, cada persona tendría una proporción de amorosidad y otra de soledad; una proporción de realización y otra de frustración.

Desafortunadamente, en la actualidad, muchas personas viven en una combinación donde prevalecen soledad y frustración. La psicoterapia debe contribuir a cambiar esa combinación por la recíproca: amorosidad y realización esenciales. La educación familiar y escolar debiera prever y proveer las situaciones necesarias para generar y mantener esta combinación desde el principio y a lo largo de la vida de las nuevas generaciones.

Cuando la amorosidad y la realización prevalecen (Cuadrante 1) tenemos la sensación de felicidad, aún cuando haya momentos de tristeza. Por el contrario, cuando prevalecen la soledad y la frustración (Cuadrante 3), tenemos la neurosis depresiva, caracterizada principalmente por la desmotivación. Al combinar realización con soledad (Cuadrante 2) tenemos una adicción al trabajo, pues a través de este se compensa el vacío emocional y eso puede llevar a grandes logros materiales.  Sin embargo, estas personas son emocionalmente frágiles y pueden derrumbarse ante una situación complicada. En el Cuadrante 4 tenemos la combinación de amorosidad con frustración, en donde se ubican las relaciones dependientes en las que una persona por amor absorbe las responsabilidades que le corresponden a otra, no permitiéndole su propia realización. Estas relaciones suelen combinar agradecimiento y dependencia con resentimiento intenso, se generan personas irresponsables, muchas veces alcohólicas, que culpan a los demás de sus fracasos, en especial a quienes le han sobreprotegido. Dada su historia se les dificulta mucho tomar la iniciativa para ocuparse persistentemente en una actividad y lograr satisfacciones por ello. Suelen estar rumiando su mala suerte o sus envidias.

En las combinaciones extremas de los cuadrantes 2, 3 y 4, se llega a estados psicóticos, mientras que el cuadrante 1, la felicidad, puede ser infinita y, de hecho, requiere ser creciente. De acuerdo a la Teoría de la Praxis, aún cuando la vida actual es muy compleja, enajenante y propicia tensiones, es posible lograr ser felices de una manera esencial y duradera si se desarrollan actitudes y capacidades de afrontamiento efectivas combinadas con fuertes sentimientos afectivos.

Para que una persona logre el nivel mínimo de automotivación para superarse y por tanto una capacidad positiva de resiliencia, requiere que en su historia de vida haya prevalecido al menos en un 60% la amorosidad frente a menos de 40% de sentimientos de soledad, así como también la realización (el tiempo que ha hecho actividades agradables para él) haya sido mayor a un 60% y la frustración sea menor al 40%. Pequeñas dosis de frustración y soledad, menores a un 20% son también necesarias –como decíamos antes- para que haya procesos de evolución en la organización emocional e intelectual de cada persona. Dichos porcentajes son estimativos porque no sólo se refieren a la proporción de tiempo sino que involucran también la intensidad emocional generada por las actividades y las situaciones vividas.

En la Teoría de la Praxis se enfatiza el papel del amor en la salud psicológica, dado que es a través de ése fenómeno, del compartir emociones, que nacen los significados, inclusive el significado de cada quien para sí mismo, el Yo. Es imposible tener autoestima o autoamor sino es a través del amor a otro(s), por eso la sensación de ser útil para otros es el núcleo más importante de una autoestima elevada. Amarse a sí mismo y amar a otro(s) es el mismo proceso, no va primero uno y luego el otro. Cada quien cobra significado para sí en la medida en que tiene significado para otros que tienen significado para él.

Grupos primario y secundario en la salud psicológica

El grupo primario (que suele ser la familia) es un sistema fundamental de referencias afectivas que le dan significado a cada actividad de una persona, inclusive a sus sueños y a sus pensamientos. Cuando esas referencias afectivas se diluyen tanto el entorno como la propia identidad personal se hacen confusos. Es algo parecido a estar en una barca, en una noche nublada, en medio del mar; sin faros, ni brújula, ni estrellas que le den sentido al movimiento de la nave. Entonces, no tiene caso remar hacia ningún lado. Eso es lo que sucede en casos de neurosis elevadas y de muchas psicosis. Por eso se aferran a símbolos religiosos, televisivos, a las compras o las drogas, para darle un poco de estructura a la existencia y desde allí poder ir hacia algún lado.

Algo similar ocurre con el grupo secundario, las amistades, que son necesarias para evitar el encierro y generar variedad en las dinámicas rutinarias de los grupos primarios.  También constituyen un sistema de orientación y vinculación afectiva necesario. La vinculación afectiva familiar y el círculo de amistades de cada integrante de la familia son la base mínima de la salud psicológica; sin embargo, la estructuración afectiva puede hacerse más sólida cuando las personas se involucran con grupos más grandes y abarcativos, pues ello las hace más sensibles y motivadas. De esa manera, la psicoterapia y la educación deben buscar la identificación afectiva progresiva de cada persona con el mundo, con la humanidad como un todo, con el universo. A través de esto se logra la libertad más extensa y el disfrute de la vida, se vive cotidianamente la plenitud creciente que va dando la trascendencia: vivir y actuar para sí mismo como para todos, o vivir para todos viviendo para sí mismo. Es posible imaginar un mundo donde esto prevalezca, al cual le hemos llamado “sociedad del afecto”.

Un círculo virtuoso psicoterapéutico para producir círculos virtuosos cotidianos

En la Psicoterapia de la Praxis aplicamos un círculo virtuoso para generar otros círculos virtuosos en la vida cotidiana de nuestros “pacientes”.  Un círculo virtuoso es lo contrario de un círculo vicioso, que caracteriza a la vida neurótica. Es decir, un círculo virtuoso significa que un acontecimiento produce un efecto benéfico que a su vez genera otros efectos benéficos, los cuales al final redundan en un cambio favorable para producir un acontecimiento parecido al primero pero de mayor alcance, y así sucesivamente.

En primer lugar, el psicoterapeuta busca:

  1. comprender lo que está viviendo el paciente en su actualidad
  2. comprender cómo los hechos vividos en su historia produjeron ese presente
  3. deducir qué es lo que desea el paciente considerando la combinación de su presente y su pasado, con base en es la Teoría de la Praxis.

Esos tres elementos constituyen el primer paso del círculo virtuoso de la psicoterapia, pues mediante el diálogo entre terapeuta y paciente referido a los tres incisos anteriores ocurre el proceso de estructuración emocional o estructuración del deseo del paciente, es decir, ayudarle a saber y a sentir con más claridad qué quiere, qué tipo de mundo le gustaría vivir y qué tan accesible y por donde podría llegar a generarlo.

Con base en dicha estructuración emocional y de la voluntad del paciente, conjuntamente con él y de acuerdo a sus deseos, el terapeuta le apoya para generar propósitos para realizar acciones calculadas para producir círculos virtuosos en su vida cotidiana. La idea es que al salir de cada sesión psicoterapéutica, desde la primera, el paciente salga convertido en un “agente” motivado a realizar acciones novedosas para modificar la dinámica del mundo en que se desenvuelve, asesorado por el psicoterapeuta con base en la teoría de la praxis para comprender la dinámica y los sentimientos de las personas con las que el paciente interactúa y lograr objetivos sobre ellos.

Si la Teoría de la Praxis es acertada y el psicoterapeuta la aplica cuidadosamente, las acciones del paciente traerán modificaciones satisfactorias en la dinámica social y ambiental en que se desenvuelve. Esto será valorado y analizado en la siguiente sesión psicoterapéutica, siempre recurriendo a un reprocesamiento del pasado histórico, para hacer una mejor estructuración emocional de donde surjan los nuevos propósitos para lograr otras modificaciones satisfactorias en la dinámica de vida. Y así sucesivamente, ampliando gradualmente el espaciamiento entre una sesión y otra para propiciar la independencia y autosuficiencia del paciente para crear y desarrollar dichos círculos virtuosos: Sentir-estructurar-proponer-hacer-sentir… De tal manera que el paciente se acostumbre a hacer lo que piensa-desea y avanzar continuamente en diseñar y realizar el mundo que desea, que es lo contrario al estado de neurosis y enajenación en los que el mundo se mueve por sí mismo y la persona se siente arrastrada en oleajes que están totalmente fuera de su control.

De esa manera, en la Psicoterapia de la Praxis:

  1. El “paciente” se vuelve un “agente” de cambio de su entorno con alcances gradualmente mayores.
  2. Se acostumbra a pensar antes de actuar
  3. Aprende conocimientos y habilidades para relacionar sus acciones con las de otros.
  4. Vive con pasión creciente su involucramiento afectivo y social.
  5. Se percibe cada vez más como exitoso y promueve el éxito de otros.

Todo lo anterior constituye un proceso de cambio cultural, social, político y económico: una nueva manera de ser de la humanidad. Proceso de cambio en el que los psicólogos y otros profesionistas afines podemos participar de manera esencial desde los consultorios psicológicos, los cambios en la educación, en los centros de trabajo y en la vida comunitaria.

Notas

1. Un “paliativo” es algo que disminuye los síntomas de una enfermedad pero no la resuelve. Por ejemplo, una pastilla o un jarabe puede disminuir la temperatura corporal de un niño, pero no elimina la infección que es la que genera la temperatura.

2.  Ejes “cartesianos” por analogía con los ejes matemáticos propuestos por René Descartes para organizar el espacio, que son la base de la trigonometría.