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Revista Alternativas en Psicología

Introducción

Foto: RNW.org

La psicología contemporánea, por la influencia de Piaget y Wallon principalmente, y por la propia dinámica de la vida social durante el siglo XX, aparece particularmente interesada en comprender el proceso del “desarrollo psicológico”, la génesis –se dirá- de las estructuras psicológicas que habrán de consolidarse durante la adultez. Ya Freud había enfatizado el carácter determinante que la psicología infantil tenía para comprender lo que ocurría con los adultos.

Muchas observaciones sistemáticas y mucha tinta se ha vertido sobre las características psicológicas de los primeros meses y los primeros años de la vida. Desde el enfoque “Madurativo-Evolutivo” de Gesell hasta los ingeniosos experimentos y análisis teóricos de Wallon, Piaget, Vygotski, Ana Freud, Melanie Klein, para solo mencionar algunos de los más destacados.

Como dato curioso, puede destacarse una coincidencia de casi todos los autores fundadores de teorías al plantear la periodicidad del desarrollo psicológico y señalar casi unánimemente que dicho proceso ocurre esencialmente entre el nacimiento y los dieciséis años dela vida. Según esto, las estructuras psicológicas logradas aproximadamente a los dieciséis años prácticamente no sufrirán cambios importantes durante el resto de la vida, y únicamente se aplicarán a distintos contenidos pero bajo el mismo sistema de relaciones. Es evidente la postulación de un paralelismo con el crecimiento físico, el cual ciertamente abarca aproximadamente dicho período.

Erikson (1963) es un autor que como excepción comprendió que el desarrollo psicológico de un individuo no culmina sino con la muerte. Por lo cual propone un conjunto de ocho etapas del desarrollo individual en términos psicológicos, que abarcan desde la temprana infancia hasta la madurez. Cada una de esas etapas se define por un conflicto central que se le impone al individuo resolver.

Ahora bien, si estudiamos los diferentes enfoques sobre el “Desarrollo Psicológico” encontramos que existe una gran precisión en lo que se refiere a los primeros meses y los primeros años de vida. Pero se observa que dicha precisión disminuye (lógicamente) en función inversa al avanzar en edades mayores de los individuos.

Pero no se trata solamente de que a ciertas edades sea muy variable el momento en que ocurre tal o cual cambio, sino que las explicaciones y descripciones de dichos cambios son cada vez más superficiales al confrontarlos con la creciente riqueza de los procesos psicológicos reales.

Incluso, la manera esquemática en que se formulan las descripciones de características psicológicas respecto a edades mayores a los seis o siete años, permiten cuestionamientos firmes sobre su verificación o no. Veamos un caso muy claro en la siguiente cita de Gesell (1967) acerca de “El Niño de Quince Años”:

“Frecuentemente, Quince es ‘indiferente’ y habla con voz suave, en lugar del exuberante vozarrón del año anterior. Sus energías de expansión son tan magras que a veces se lo cree perezoso o, por lo menos, cansado. Demuestra un menor interés por los alimentos, incluyendo las golosinas. Produce también cierta impresión de apatía... Concede una atención focalizada a estos sutiles estados (anímicos), que contrastan con las emociones más vigorosas de un año antes” (pp. 7-8).

Con eso basta para percatarse de que:

  1. Dicha caracterización es improcedente para infinidad de casos, y no sólo en cuanto a la edad en que ello ocurre.
  2. Aunque la anterior cita fuera una caracterización adecuada, resulta evidentemente superficial respecto a lo que realmente ocurre con nuestros jóvenes.

Puede argumentarse que Gesell es ya obsoleto, pues sus observaciones ya no son válidas en muchos casos ni en lo referente a niños pequeños (los niños ahora logran caminar a los doce meses y no a los quince como dice Gesell). Podría decirse que otros autores como Piaget y sus discípulos han logrado enfocar con mayor profundidad la psicología del desarrollo (de la inteligencia). Pero nosotros hemos encontrado también en Piaget y en otros autores una situación análoga, si bien menos burda.

Por ejemplo, según Piaget (1955) se alcanza el equilibrio de las “Operaciones Formales” alrededor de los quince o dieciséis años, con la sistematización de la lógica deductiva y de la combinatoria. Pero en experimentos de réplica realizados con estudiantes de quinto semestre de la Carrera de Psicología (de veinte años) se encontró que no logran tener éxito para resolver los problemas físicos que Piaget ha diseñado y demostrado que jóvenes de entre doce y trece años ya lograban resolver. Por otro lado, la gran mayoría de estudiantes de la Carrera de Ingeniería Civil, en edad similar, lo hacen con facilidad.

Todo lo anterior nos plantea el reto de encontrar un nuevo estilo de comprender los fenómenos psicológicos que permita penetrar más a fondo en lo que realmente ocurre en los procesos mentales de los individuos y su relación con el comportamiento externo. Obviamente no se trata de un reto fácil, pero quizá tampoco imposible de vencer.

La temática de este trabajo se refiere a la psicología de los jóvenes y, antes que nada, podríamos plantearnos las siguientes preguntas: ¿Cómo se define el período de la vida individual correspondiente a la “juventud”? ¿En qué medida pueden generalizarse los procesos psicológicos de los jóvenes actuales con respecto a los de hace diez o cincuenta años? ¿Cuáles son las particularidades de los jóvenes mexicanos respecto a jóvenes de otras partes del mundo? ¿En qué consisten las semejanzas y diferencias entre los jóvenes de diferentes clases sociales correspondiente a una misma comunidad? ¿En qué términos puede lograrse una explicación satisfactoria para articular lo particular con lo general?

I. “Juventud” y “adolescencia”

La definición del término “juventud” es, en principio, relativa, puesto que a un individuo se le considera “joven” al compararlo con otros mayores que él. Sin embargo, dado el ciclo de la vida humana y por diferenciación implícita con la infancia, en el uso común se entiende por “juventud” un período ambiguo que va desde los doce a quince años hasta los treinta años de edad. Hay autores que separan “juventud” de “adolescencia”, considerando a esta última, como el período entre los once a doce años y los dieciséis a dieciocho años, en que ocurre la metamorfosis correspondiente a la maduración sexual. La juventud –en este caso- abarcaría de los dieciséis o dieciocho años a los veinticinco o treinta años. Como es evidente ambas nociones parecen estar basadas más bien en una cronología biológica y no en función de conceptos psicológicos.

Según Muus(1978) la palabra “adolescencia” proviene del latín “adolescere” que significa crecer o desarrollarse hacia la madurez. Para este autor la adolescencia tiene un triple significado:

a) Cronológicamente, es el lapso que va desde los doce o trece años hasta los primeros de la tercera década;

b) Psicológicamente, es una situación marginal en la cual se realizan nuevas adaptaciones que distinguen la conducta infantil del comportamiento adulto;

c) Sociológicamente, es un período de transición que media entre la niñez dependiente y la edad adulta autónoma.

Para Muus, la adolescencia se inicia con la pubertad y la incluye; mientras que para otros autores (Horrocks,1984) la adolescencia comienza cuando la pubertad concluye, y, así:

“...abarca la etapa entre el momento en que se alcanza la madurez sexual y aquella en la que se asumen las responsabilidades y conductas de la edad adulta” (p. 13).

Horrocks se basa en un criterio biológico bastante preciso para plantear el inicio de la adolescencia y, en cambio, un criterio psicológico ambiguo para determinar la conclusión de la misma. Pero ello solo refleja la divergencia general de puntos de vista respecto a qué es la adolescencia y qué la juventud.

Grinder (1982) establece que las fronteras de este período se fijan entre el inicio y la terminación del cambio físico acelerado, de tal manera que puede situarse dentro de los once o doce años hasta los diecisiete o dieciocho. Muus (Op. Cit.) afirma que el límite superior de este período está menos definido, puesto que no existen fenómenos fisiológicos objetivos que puedan utilizarse para fijar su terminación; aun así considera que es posible proporcionar normas aproximadas de edad y podría decirse que la pre-adolescencia va de los trece a los dieciséis años y la adolescencia de los diecisiete a los veintiún años. Ponce (1978) plantea que en general este período se extiende de los trece a los veinticinco años en el hombre y de los doce a los veintiuno en la mujer.

Todavía existen otros criterios. Para Lechner (1976) la adolescencia es un proceso psicológico, social y de maduración que implica la adaptación a los cambios producidos por la pubertad y la subdivide en temprana, media y tardía. Según este autor, clásicamente se considera que la pubertad va de los once a los trece años y la adolescencia de los trece a los dieciocho años, aunque aclara que:

“... en lo que se refiere a la pubertad y la adolescencia, los límites de inicio y terminación son muy amplios. En los niños normales puede ocurrir tan temprano como a los siete años de edad o tan tarde como a los dieciocho; la terminación puede ser tan temprano como a los quince años o tan tarde como a los veinticinco años. Por lo tanto, no hay una edad específica en la cual un individuo deja de ser un niño, o deja de ser un adolescente para convertirse en adulto” (p. 118).

Desde nuestro punto de vista, la noción de juventud significa esencialmente la idea de “adulto joven”, es decir, implica una cualificación relativa al ciclo de vida humano; cuyas características psicológicas se derivan del proceso de la adolescencia y su progresivo desvanecimiento. De esa manera, en general podría decirse que la juventud abarca la época de vida en que ocurre el proceso de definición y/o elección de un estilo de vida, caracterizada por notorias fluctuaciones en concepciones, intereses, gustos y actitudes respecto a la vida social y a sí mismo, cuyo origen se vincula a la maduración sexual y se desvanece gradualmente sin poder establecer un límite preciso.

II. Pubertad y cambios psicológicos.

“Durante siglos, las causas de la maduración sexual eran totalmente desconocidas, la gente sabía que los cuerpos de los niños y de las niñas comenzaban a modificarse en cierta edad, pero ignoraban qué había detrás de esos cambios y por qué ocurrían de una manera tan irregular e impredecible. Una respuesta a ese misterio proviene del trabajo de endocrinólogos que descubrieron una estrecha relación entre la glándula hipófisis y las gónadas o glándulas sexuales y los cambios anatómico-fisiológicos de la pubertad. Sin embargo, aún existe la incertidumbre de por qué dichas glándulas son estimuladas para producir los cambios precisamente en ciertas edades y no antes o después” (Fuentes Pananá y Ramírez, 1987)

Por las características del presente trabajo, en este caso omitiremos describir en qué consisten las transformaciones primarias y secundarias de la madurez sexual, así como de sus correspondientes fuentes endócrinas. Daremos por sentado que el lector está al tanto de lo esencial de dicho proceso y nos abocaremos a sus implicaciones eminentemente psicológicas.

Como hemos dicho, la adolescencia y la juventud ubican su inicio en la metamorfosis puberal. Lógicamente las bruscas transformaciones que implica dicha maduración, necesariamente tendrán como consecuencia importantes cambios psicológicos a partir de dos vertientes posibles:

  1. Aún cuando no hay suficiente investigación al respecto, no debe descartarse la posibilidad de que las transformaciones anatómico-fisiológicas de la pubertad impliquen directamente cambios anímicos y/o sensoriales en los individuos, que se entrelacen con
  2. El significado cognitivo-emocional (semiótico) que los cambios perceptibles tienen para dichas personas.

Tanto en el primer aspecto como en el segundo, es obvio suponer variaciones interindividuales de tipo cuantitativo y cualitativo. Pero, mientras que el rango de variabilidad biológica puede circunscribirse con alguna precisión durante épocas duraderas, en lo referente al segundo rubro resulta mucho más complejo el estudio de las variaciones del significado atribuible por cada quien a sus propios cambios puberales, dado que ello depende del proceso psicosocial en el que se encuentre inserto.

Las posibilidades de generalización tendrían que supeditarse a diferentes niveles, porque tampoco puede plantearse que cada individuo vive procesos exclusivos y peculiares que en nada comparte con otros. Así, ciertos aspectos solo serán generalizables dentro de una comunidad con una cultura cuasi-homogénea, mientras que otros, en cambio, podrán generalizarse dentro de un momento histórico a la humanidad entera y a períodos históricos menos o más grandes.

En ese sentido, tanto por las características biológicas del proceso puberal como por la semiótica más general vigente en el mundo contemporáneo, es necesario advertir que hay una diferenciación inicial entre las vivencias de hombres y mujeres particularmente en la época de la adolescencia.

Se sabe, por ejemplo, que las niñas inician la pubertad antes que los niños. Las expectativas sociales predominantes respecto a la maduración sexual varían considerablemente entre uno y otro sexo. La introyección de dichas expectativas en los púberes conllevará a la definición de un conjunto de actitudes en la apreciación y forma de respuesta a los cambios primarios y secundarios de la maduración sexual.

Desde la más temprana infancia los niños van incorporando los cánones propios al rol de cada sexo, asumiendo con mayor o menor grado –según sea su medio socia– aquellos predominantes en la ideología dominante, o bien algunos contrapuestos a ella. Como dice Aída Reboredo (1983):

“... la niña es motivada por su entorno social a imitar comportamientos de mujer-ama de casa, de mujer seductora. Ese comportamiento de ‘como si fuera mujer’, le impide toda identificación con ella-mujer para ella misma. Al niño le ocurre algo similar, pero, por ser un proyecto de hombre, tiene la ventaja de que sus comportamientos sean integrados a un futuro discurso de poder. De todos modos es también un ser al que desde la primera infancia todo el entorno lo va induciendo como a la niña, a asumir gustos, conductas y actitudes: papeles que lo determinan para estatutos sociales estáticos” (pp. 110-111).

Aún más, durante mucho tiempo se pensó que el despertar a la sexualidad se asociaba con la maduración sexual; pero Freud se encargó de desmitificar al niño asexuado, haciendo ver que desde las primeras épocas de la vida de los niños son susceptibles de, y manifiestan, sexualidad. Particularmente a partir de la llamada “etapa fálica” (3-6 años) en que hay evidencias de la hipersensibilidad placentera de los niños en las zonas genitales. Ello va asociado con la definición clara en cada niño respecto al sexo que pertenece y también a manifestaciones de su sexualidad según el rol correspondiente que empieza a introyectar y que, según Freud, da lugar a la dinámica de relaciones familiares llamada “complejo de Edipo” (Cf. Freud, 1903).

Según Freud, la resolución del complejo de Edipo ocurre con la identificación con el padre del mismo sexo, lo cual da pauta –en su teoría– a la llamada etapa de latencia en la que los niños se olvidan de sus intereses sexuales para sublimarlos mediante actividades deportivas o escolares; en las cuales, sin embargo, se mantiene una progresiva diferenciación entre los sexos.

Para dicho autor, a la etapa de latencia le sigue la etapa genital, asociada precisamente a la maduración sexual, y en la cual los individuos retoman el interés y las manifestaciones sexuales, pero ahora ya de una manera articulada con el “principio de realidad” en la medida en que pueden canalizarse sus impulsos sexuales a través del acercamiento entre los sexos y, por tanto, la satisfacción parcial o esencial de dichos impulsos.

Desde nuestro punto de vista, a partir de datos emanados de nuestra propia práctica clínica, debiera replantearse la idea de una etapa de “latencia”, pues se sabe que la mayoría de los niños actuales mantienen interés e importantes manifestaciones sexuales durante dicha fase. Aunque, también es evidente que los niños mayores de seis o siete años tiene la capacidad para discernir las implicaciones para la moralidad social de manifestar abiertamente su sexualidad.

Lo importante, en todo caso, es señalar que cuando ocurre la maduración sexual, los niños están ya encaminados biológica y socialmente hacia la asunción de un rol. A lo que se enfrentan durante la pubertad, entonces, es a advertir los cambios de su cuerpo y de sus sensaciones, y se ven forzados –sutil y ambiguamente– a cambiar sus actitudes “infantiles” por otras propias de los adultos que los circundan y los presionan para ello.

Dada la vigencia de múltiples prejuicios y tabúes respecto al sexo lógicamente será mayor el impacto psicológico de la pubertad en quienes tienen menos información al respecto y se ven sorprendidos por la “regla”, la eyaculación, o incluso los cambios anatómicos. Sobre todo si, además de la ignorancia, existen creencias legendarias en relación a posibles alteraciones o insuficiencias durante tal proceso. Así, para Mussen et. al. (1979), cuando el individuo parece más adulto que niño, las expectativas sociales abruman psicológicamente al adolescente.

Todos los adolescentes actuales se interesan por sus cuerpos en desarrollo, de manera constante se comparan con sus padres, amigos y otras personas, angustiándose cuando notan un estancamiento en su crecimiento que pueda dar lugar al rechazo social y a sentimientos de insuficiencia para establecer relaciones heterosexuales al no poseer las características de los estereotipos culturalmente establecidos. Dentro de las características físicas que más importancia tienen para los adolescentes pueden mencionarse: la estatura, la complexión, la apariencia personal y los cambios directamente asociados a la maduración.

De las investigaciones de algunos psicólogos respecto a la actitud que muestran los púberes contemporáneos ante su metamorfosis física y fisiológica, puede desprenderse en términos generales lo que Lechner (1976) resume de la siguiente manera:

“Por lo general, las chicas muestran menos preocupación sobre sus características sexuales primarias que los chicos, principalmente porque sus órganos sexuales están en su mayor parte dentro del cuerpo y no se pueden ver fácilmente. Sin embargo, la intensidad de su preocupación en lo que se refiere a la menstruación y el tamaño de los senos es similar. El inicio de la menstruación significa para las chicas, así como para sus padres y la gente en general, que ha madurado sexualmente.

“La preocupación de la chica con la menstruación aumenta por el hecho de que su inicio varía grandemente, así como porque el ciclo menstrual normalmente es irregular por uno o dos años después de iniciada la menarca.

“Las características sexuales secundarias son las que distinguen signos físicos masculinos y femeninos, siendo por lo tanto, de muchas maneras más importantes que los caracteres sexuales primarios.

“El chico está muy preocupado por su altura, tamaño de músculos, lo ancho de sus hombros y lo angosto de su cadera. La chica observa cuidadosamente el desarrollo de sus pechos y el ancho de sus caderas, y se preocupa por crecer demasiado. En ocasiones, el miembro de un sexo puede desarrollar, por lo general temporalmente, una o más características típicas del otro sexo, pudiendo esto ser perfectamente normal.

“...Los muchachos que se retrasan en el inicio de su pubertad tienden a ser menos populares y a tener menos confianza y seguridad en sí mismos, a la vez que buscan llamar la atención constantemente; también tienden a retrasarse en el establecimiento de conductas heterosexuales” (pp. 123-124).

Ahora bien, como ha señalado Blos (1962), es fácil entender cómo los cambios físicos en la pubertad provocarán cambios en muchos otros aspectos como la conducta social, las actitudes, el tipo de intereses, etc., siendo todo esto provocado por la combinación de fenómenos que ocurren simultáneamente en términos anatómicos, fisiológicos y psicosociales.

III. Panorama de la psicología de los adolescentes.

Como señala Horrocks (1984):

“El fenómeno de la adolescencia es complejo y, por esto, los numerosos autores que se han abocado a su estudio le han definido e interpretado desde muy diferentes aspectos. Naturalmente quien trata de interpretar la adolescencia lo hace dentro de los límites de sus conocimientos y de su experiencia” (p. 13).

Una gran cantidad de literatura sobre la psicología de los adolescentes aparece así como ejercicio del sentido común en la interpretación de observaciones en los adolescentes que rodean al autor (e. G. Moragas, 1967; Brooks, 1948, etc.), si bien a veces aluden a revisiones de otros autores y a algunos estudios sistemáticos. Un ejemplo textual de ello lo podemos ver en la siguiente cita de Moragas (1967):

“El adolescente –sobre todo el varón– desea vivamente poseer dinero. En parte ya le viene de cuando era niño y hurgaba en el monedero o los cajones de su madre para alcanzar las tres pesetas para caramelos o para un semanario de monigotes. Pero ahora es un deseo distinto de poseer dinero... ahora desea el dinero por el dinero, desea el dinero que llene la cartera como la de su compañero, desea el dinero para sentirse más seguro, ante la desazón que le provoca la falsa afirmación de que el dinero da el poder” (p. 231).

Por otro lado, existe también mucha literatura de tipo esquemático, donde además de tratar de manera contundente las apreciaciones de los autores antes mencionados, simplifican las explicaciones de teóricos más agudos y sistemáticos como Erikson y Piaget. Como ejemplo tenemos la siguiente cita de Bernard (1970):

“... lo que caracteriza la etapa intelectual de la adolescencia es precisamente el acceso a una nueva forma de razonamiento utilizando los conceptos abstractos. El adolescente es razonador. Provisto desde hace poco de un aparato lógico, se ejercita evidentemente utilizándolo con profusión, y de ahí su gusto por las racionalizaciones y las especulaciones abstractas” (pp. 43-44).

Sin embargo, por supuesto existen autores más serios y sistemáticos en el tratamiento de los procesos psicológicos de los adolescentes. En ese sentido Zac (1977) advierte:

“En toda evolución (adolescencia temprana, media y tardía) tiene un importante papel la organización social general y la de los microgrupos en que se mueve el joven. Cada sociedad tiene una imagen distinta de la adolescencia, su lugar, su misión, su duración, etc. Esto influye de manera determinante sobre las características del adolescente y sus reacciones... Mi preocupación se centra en el adolescente de una cultura desarrollada o semidesarrollada, con medios de producción correspondientes a un país industrializado o en vías de serlo” (pp. 163-164).

Una de las primeras teorías psicológicas que abordó al período adolescente es la teoría psicoanalítica desarrollada por Freud, quien considera a la adolescencia como un período que es imposible comprender sin conocer los aspectos relacionados con la infancia. El psicoanálisis plantea a la sexualidad como el aspecto central de la vida psíquica; la vida infantil –como antes hemos visto– tiene su sustento psicológico en un conjunto de impulsos sexuales que se manifiestan con cualidades diversas a través de una serie de etapas psicosexuales.

Al concluir la llamada etapa de latencia en que se supone que los niños reprimen sus conflictos edípicos, con la pubertad, los conflictos sexuales de la infancia reaparecen y se manifiestan en una nueva dimensión. De esa manera, Ana Freud (1980) plantea que si bien las experiencias de la infancia causan directamente muchos de los aspectos de la personalidad adulta, en la pubertad se realizan importantes ajustes tomando en cuenta que hay diferencias importantes entre los problemas que enfrentan los adolescentes y aquellos que enfrentan los niños. Para los adolescentes –dice– los conflictos son mucho más internos, a diferencia de los niños se ven en la necesidad de reflexionar y hacer balances entre el control y la satisfacción de los impulsos sexuales. Según dicha autora, los adolescentes se preguntan acerca de cómo relacionar el lado instintivo de la naturaleza humana con el resto de la vida, cómo decidir entre poner en práctica los instintos sexuales y renunciar a ellos, entre la libertad y la coerción, la sumisión y la autoridad. El resurgimiento de la sexualidad infantil durante la adolescencia crea otros problemas en los jóvenes y sus padres, viven con los miembros de su familia como si fueran extraños, necesitan nuevas relaciones para reemplazar las que han perdido y empezar a buscar fuera de la familia otras personas con las cuales identificarse. Sin embargo, el desajuste es una parte necesaria e inevitable de la adolescencia sin el cual el joven no podría realizar los procesos necesarios para pasar a la madurez adulta.

Otro importante discípulo de Freud, Erikson (1963) plantea diferentes etapas a lo largo del desarrollo humano desde el nacimiento hasta la madurez. Erikson propone como quinta etapa a la adolescencia y juventud (doce a dieciocho años), la cual se caracterizaría –según él– por el conflicto entre el logro de una identidad definida y la confusión de dicha identidad. Esto surge ante la necesidad de integrar coherentemente lo que ha aprendido acerca de sí mismo como hijo, estudiante, atleta, amigo, etc., haciendo confluir estas diversas facetas de sí mismo con lo que tiene sentido y muestra continuidad respecto al pasado, al mismo tiempo que se prepara para el futuro. En la medida en que el joven tiene éxito en esta empresa llega a un sentimiento de quién es él, de dónde viene y hacia dónde va. En cambio, cuando no puede lograr dicho sentimiento de identidad personal debido a una infancia desafortunada o a circunstancias sociales difíciles, muestra una confusión de carácter que se traduce en una ambigüedad para saber en qué se desenvuelve, esto tendrá como consecuencia alteraciones en su relación con los demás.

Erikson ha postulado dentro del estadio de la juventud lo que llama una moratoria psicológica, señalando que el joven puede dramatizar o experimentar con pautas de conducta que son –o no llegan a ser– infantiles y adultas a la vez, y, sin embargo, con frecuencia incorporarse en forma aparatosa a ideales tradicionales o a nuevas direcciones ideológicas.

No obstante, para Erikson, si bien pueden señalarse rasgos generales de las diferentes etapas del desarrollo psicológico, la comprensión profunda necesita de su articulación con el proceso histórico en que se ubica cada individuo. En ese sentido acota:

“En nuestro tiempo, las nuevas exigencias del trabajo disciplinado en equipo y de la racionalidad programada, dentro de organizaciones que viven en inevitable simbiosis con sistemas tecnológicos, parecen ofrecer para muchos… una satisfactoria y autocorrectiva imagen del mundo. La mayoría de los jóvenes, por lo tanto, no ven razón para cuestionar seriamente al ‘sistema’, acaso tan sólo debido a que nunca han visualizado otro (Erikson, 1972-973, p. 119).

Otro enfoque teórico se debe a Lewin (1939), quien plantea que existe un espacio vital en todo ser humano como puesto por factores personales (talento, edad, inteligencia, sexo) y factores ambientales (relaciones familiares, amigos, autoridades) que interactúan dinámicamente de una manera constante. Dentro de este espacio vital el individuo identifica varias metas y atribuye valencias a los diferentes elementos involucrados, algunas de las cuales son positivas y lo atraen mientras algunas otras son de carácter negativo y que él rechaza. Durante la infancia el espacio vital es relativamente simple y sus metas y valencias tiene menor significado conflictivo; pero conforme el niño va creciendo la experiencia aumenta y su espacio vital cambia constantemente: cuando cambia gradualmente y se organiza e integra, los conflictos no son graves; pero durante períodos de cambios rápidos las personas se encuentran con una tensión interna considerable.

Lewin considera que los adolescentes se encuentran precisamente en un período crítico, ya que viven una serie de cambios físicos y psicológicos enfrentándose a nuevas expectativas y demandas; el crecimiento es más rápido, experimentan la pubertad y sienten la necesidad de formular un conjunto de metas en su vida; estos cambios constituyen a la adolescencia como un período de discontinuidad. Podría decirse que los adolescentes viven entre dos mundos al no existir una conexión simple y directa entre el tipo de comportamiento que han aprendido en la infancia y aquellas que deben realizar durante su adultez. Como adolescentes no pueden llorar o hacer berrinches como cuando niños, ni consolarse con actividades de adultos tales como beber, manejar, tener relaciones sexuales o trabajar tiempo completo, para canalizar sus emociones fortuitas, lo cual genera tensión emocional y conflictos.

Por otra parte, para la aproximación “conductista” la adolescencia constituye un período de la vida que se alcanza cuando se es capaz de lograr ciertos repertorios conductuales que implican atracción por el sexo opuesto, posibilidad de independencia económica, definición de un rol masculino o femenino, etc. Según Bijou y Baer (1969) la adolescencia se ha vuelto conflictiva por la influencia ambiental, puesto que cuando el individuo llega a cierta edad, su entorno social le retira el acceso a un cúmulo de reforzadores a los que está habituado y, al mismo tiempo, le exige que adquiera improvisadamente nuevos repertorios para los cuales no ha sido entrenado.

Dentro de este enfoque, los cambios biológicos que ocurren en los adolescentes tienen una fuerte influencia en el desarrollo de la conducta al plantearse nuevas y mayores exigencias al organismo. Por un lado estos cambios brindan al individuo una nueva identidad social en relación con la cual la sociedad mantiene ciertas actitudes y expectativas; en segundo lugar, la ampliación de las capacidades biológicas enfrentan al individuo a ampliar sus posibilidades de desarrollo según el tipo de sociedad en que viva.

Finalmente, otro autor que ha aportado conceptos importantes para la comprensión del desarrollo psicológico es J. Piaget, enfocándose esencialmente al proceso de la “inteligencia”

Para Piaget (1969) la inteligencia se desarrolla a través de cuatro etapas fundamentales entre el nacimiento y los dieciséis años aproximadamente. En la etapa sensoriomotriz (0-2 años) nace la inteligencia al transformarse las adaptaciones al medio con base en estructuras biológicas en adaptaciones que implican la coordinación de sensaciones y movimientos del cuerpo infantil sin la mediación aún de representaciones mentales. La capacidad de representación es generada a partir de la complejización de dichas coordinaciones, dando lugar al inicio de la segunda etapa llamada preoperacional (2 a 7 años) durante la cual los niños desarrollan el lenguaje y son capaces de las primeras formas de razonamiento caracterizado por la lógica transductiva y el pensamiento intuitivo: juzgan las situaciones por el aspecto inmediato de las cosas, desconociendo los principios de constancia y las reglas para el establecimiento de generalizaciones o relaciones causa-efecto. Durante la tercera etapa, de Operaciones Concretas, el niño es capaz de revertir mentalmente los procesos que observa lo que le da la posibilidad de captar la conservación de invariantes físicas (cantidad, peso volumen), a pesar de la modificación de la forma de las cosas; esto, a su vez, le permitirá operar lógicamente con base en la inclusión clasificatoria, la transitividad y la conmutatividad. Sin embargo, aún es incapaz de resolver problemas complejos que impliquen la elección de varios caminos de solución o carezcan de referentes empíricos específicos.

La cuarta etapa que postula Piaget, denominada de Operaciones Formales, se inicia alrededor de los doce años y alcanza su consolidación aproximadamente a los dieciséis, corresponde precisamente al período de la adolescencia. En esta etapa, el adolescente puede tomar como objeto a su propio pensamiento y reflexionar sobre él mismo y es capaz de considerar no solo una respuesta a un problema o dar una explicación a una situación, sino varias posibilidades a la vez articuladas por un sistema lógico coherente. El pensamiento formal le permite distinguir entre verdad y falsedad comparando hipótesis con hechos, lo cual le da mayor capacidad para juzgarse a sí mismo y al mundo que le rodea. El pensamiento se vuelve más abstracto que el de los niños de edades menores, desligándose de las experiencias inmediatas.

Según Piaget (1955) el adolescente ante un problema actúa en tres fases generales: a) diseña el experimento de una manera idónea para despejar sus incógnitas y/o hipótesis; b) observa con precisión los resultados, y, c) deduce las conclusiones lógicas congruentes a partir de sus observaciones. El pensamiento formal es hipotético-deductivo: el adolescente es capaz de deducir conclusiones a partir de hipótesis y analizar todas las posibilidades alternativas para la solución de un problema.

Este tipo de pensamiento es posible, según Piaget (1977), a partir de la organización mental que opera mediante “retículos”, o grupos de grupos de operaciones lógicas, y que se representa con la combinación general de cuatro operaciones lógicas binarias elementales: Identidad (I), Inversa (N), Recíproca (R) y Correlativa (C). Mediante las múltiples relaciones posibles a partir de INRC es posible el análisis de los problemas más complejos en términos formales.

Para Piaget, la capacidad para el pensamiento formal se desarrolla gradualmente y no abruptamente, pues esta forma de actividad mental más elevada emerge al principio de la adolescencia y representa una extensión lógica de las etapas previas.

Aberasturi (1980) deriva de esa capacidad del adolescente para manejar ideas y construir hipótesis, teorías, etc., el que éste no se contente con vivir las relaciones interindividuales que el medio le ofrece sino que busca insertarse en el cuerpo social de los adultos y con este fin tiende a participar de las ideas, ideales e ideologías de grupos más amplios mediante el uso de simbologías que cuando era niño le eran indiferentes.

En resumen, sobre todo durante la adolescencia, a los jóvenes se les atribuyen caracterizaciones psicológicas que pueden esquematizarse de la siguiente manera:

  1. interés destacado en el sexo y comienzo de las manifestaciones sexuales.
  2. crisis de identidad.
  3. Egocentrismo.
  4. Rebeldía.
  5. Impetuosidad.
  6. Inseguridad.
  7. Labilidad emocional.
  8. Pensamiento formal.
  9. Idealismo moral.

No obstante, vale reiterar que por diferentes razones, varias de esas características pueden ser minimizadas en muchos jóvenes. En todo caso, falta aún profundizar en la explicación de la fuente psicológica de ellas más allá del esquematismo simple del cambio del rol social y los trastornos hormonales en sí mismos. Se sabe de comunidades de organización primitiva en las cuales no podría hablarse de un período adolescente con las características mencionadas, puesto que el paso de la niñez a la adultez es directo, con roles predeterminados socialmente de una manera obvia.

Si se hablara, por otra parte, de la conducta errática de los jóvenes dada su falta de experiencia vital, esto sólo conduciría a una relativización general, pues es evidente que la mayor experiencia permite en todos los casos un actuar más preciso; pero ello es valedero para todas las etapas de la vida individual.

En consecuencia, lo que a los psicólogos debiera interesarnos es la investigación de la psicología de los jóvenes en su ubicación histórica. Sabemos, por ejemplo, del gran movimiento juvenil ocurrido durante las décadas de los cincuenta y los sesenta del Siglo XX, como una ruptura con las costumbres y los valores morales de los adultos, vinculado fundamentalmente a una nueva música (el Rock) cuyo gusto no parecía ser compartido por las personas mayores de la época.

Recordemos también –a grandes rasgos– el papel de los jóvenes durante el movimiento mundial de 1968, cuestionando las estructuras institucionales vigentes. El movimiento Hippie, el auge en el consumo de drogas, el rompimiento con los cánones de la conducta sexual, el surgimiento y la evolución del pandillerismo urbano. Y también su contraparte en la respuesta represiva y manipulativa por parte de los gobiernos y los adultos más reaccionarios, cuya moral y privilegios no acomodan con la esencia de dichos cambios en la juventud. Preguntémonos de qué manera y debido a qué han ocurrido los procesos psicológicos inmersos en dichos movimientos.

La juventud se ha distinguido por primera vez en toda la historia de la humanidad, durante el siglo XX, como un estrato social y psicológico. Desde las primeras décadas se inician manifestaciones en este sentido que pueden ejemplificarse particularmente en Latinoamérica con las luchas de los jóvenes argentinos por la Autonomía de la Universidad de Córdoba, y en México con el movimiento cultural ligado al “Ateneo de la juventud” encabezado por Antonio Caso, José Vasconcelos y Pedro Henriquez Ureña (este último de origen portorriqueño). Las siguientes décadas darían testimonio de la generalización de las luchas estudiantiles por la autonomía de los centros de estudio superiores en diferentes países y regiones. Algo estaba ocurriendo en la psicología de los jóvenes, pero ¿qué y por qué? Son preguntas aún no respondidas satisfactoriamente y hasta ahora eludidas por el mayoría de los teóricos de la psicología.

No obstante lo anterior, antes de la Segunda Guerra Mundial aún no ocurría una ruptura tajante entre los jóvenes y los mayores, si bien comenzaban a surgir importantes conflictos entre los padres y sus hijos adolescentes, que harían crisis generalizada pocos años después. Debe hacerse énfasis en que esto ocurría principalmente en las grandes metrópolis (¿por qué?) de donde irradiaba su influencia a otros núcleos urbanos y rurales más pequeños. La llamada brecha generacional que se abre en esa época ha sido interesantemente plasmada en la película de la época: Rebelde sin causa.

Ahora bien, es cierto también que durante toda la evolución de la especie han sido las nuevas generaciones, los jóvenes, las promotoras de los cambios sociales y al mismo tiempo las más susceptibles de aceptar lo nuevo en lugar de lo viejo, la posibilidad de aprovechar la experiencia y combatir los errores y defectos de los mayores se encuentra fundamentalmente en quienes aún están en proceso de construcción de su vida, con grandes y nuevas proyecciones, sintiéndose insatisfechos con lo que los mayores parecen estarlo, y construyendo así la nueva vida social. En Cuba, por ejemplo, encontramos que las personas mayores reflejan una enorme satisfacción por los avances para ellos grandiosos de la Revolución por la comparación y la diferencia abismal con las precarias condiciones de la vida durante el régimen del dictador Batista. Los jóvenes, ya nacidos en la Cuba socialista, si bien estiman en mucho lo que sabían se había logrado y participan entusiastamente en el avance de su país, al mismo tiempo se sentían inconformes con algunos defectos de su organización social; una de sus preocupaciones principales –increíblemente– es que existen dificultades para viajar al extranjero. Muchachas y muchachos buscan la posibilidad de casarse con extranjeros para alcanzar esa prebenda. También les preocupa a muchos el no tener acceso fácil a la ropa juvenil establecida como moda mundial por los medios masivos de comunicación de origen norteamericano. Sienten preocupación por algunos rasgos de la vida social burocrática que perciben en su país.

De esa manera, los jóvenes (como los niños) son siempre la promesa, la esperanza de una sociedad mejor. Pero ellos no pueden abstraerse, como lo hubiera querido Rousseau, de incorporarse necesariamente al contradictorio proceso social en que están inmersos. Aprenden obligadamente el lenguaje vigente, y con él las concepciones y los valores vigentes, a partir de los cuales, y sólo a partir de ellos, en confrontación con los cambios en la realidad cotidiana, es que podrán plantearse las nuevas metas y los nuevos estilos de ser. Aunque se busque lo nuevo, ello no se desprende sino de lo anterior y lo actual.

Debe aclararse, sin embargo, que las concepciones y valores sociales que cada individuo encuentra y vive no son de ninguna manera uniformes, sino, diversos, plurales, contradictorios; y dentro de ello cada individuo introyectará lo que sus propias vivencias le determinen, viviendo el conflicto constante para inclinarse hacia una u otra de las perspectivas sociales, en las cuales necesariamente participa.

Actualmente, los medios masivos de comunicación han permitido la penetración de los valores y concepciones dominantes dentro de la vida cotidiana de prácticamente todos y cada uno de los individuos. El ambiente, lo real, se interpreta a partir de lo que dichos medios masivos indican. Sobre todo en las ciudades (aunque también en las poblaciones rurales más alejadas) el individuo se ve obligado a restar importancia a lo que ve directamente en la calle, en su trabajo o en su casa, como datos aislados de la realidad, por la magnificencia de lo que presentan los medios masivos como una realidad seleccionada, en la que, sin embargo, unos cuantos tienen ingerencia.

Pero esa “realidad seleccionada” uniforma la perspectiva conceptual de la gente de tal forma que los valores y concepciones allí expuestos, se encuentran luego ya incorporados en la familia, en los amigos, etc. La visión de la realidad se impone de una manera aplastante.

A pesar de ello, no deja de haber expresiones –con bastante menor potencialidad– contrarias a los valores predominantes. Expresiones transformadoras que avanzan gradualmente contraponiéndose a la imperiosa ideología dominante, particularmente demostrando grano a grano su racionalidad superior al integrarse de una manera más certera con lo que realmente la gente vive cotidianamente y que contrasta con lo que la televisión, la radio, los periódicos y el cine difunden.

Muchos de los jóvenes de ahora son manipulados por los medios masivos inventándoles modas, gustos actitudes, etc., con formas de mensajes planeados para incidir y canalizar las motivaciones intrínsecas de la juventud actual. Los publicistas y programadores parecen tener mayor profundidad en el reconocimiento de la psicología actual de los diferentes sectores poblacionales que los psicólogos, lo cual aunado a la potencia de los medios utilizados resulta sencillamente abrumador.

IV. Para una psicología de los jóvenes mexicanos

Como hemos visto, es necesario estudiar los procesos psicológicos reales, concretos, siempre nuevos, para de ahí derivar las generalizaciones posibles, y no a la inversa como ocurre con la actual psicología. En ese sentido, en este apartado intentaremos delinear algunos de los aspectos a tomar en cuenta en el nivel de generalización viable al conjunto de jóvenes mexicanos actuales; aspectos que debieran ser investigados de una manera sistemática, ya que en este caso sólo se trata de plantear un cuadro conceptual semi-hipotético, limitado en cuanto hay escasas aportaciones para ello.

Es claro que la psicología de cada joven, de cada individuo en México, sólo es realmente entendible si se analiza el medio psicológico en que se desenvuelve, el conjunto dinámico de creencias, valores actitudes, hábitos, sentimientos, que expresan quienes lo rodean, y que puede recibir el nombre de cultura. Mas no debemos olvidar el propio movimiento de la cultura, no se trata de un “estanque psicológico” donde está sumergido el individuo, sino de un “río psicológico” cuyo curso se ve modificado constantemente al nadar en él quienes parecen ser arrastrados.

Por supuesto nuestra cultura mexicana se deriva en parte de nuestra geografía, de la manera en que directamente los habitantes de México se han relacionado con la naturaleza, transformándola a través de la historia. Pero no solo de ello, pues no estamos aislados, y cada vez lo estamos menos. De hecho, México es un país mestizo tanto racial como culturalmente, mestizaje inicial que se integra cada vez más con la pluralidad de la influencia de todo el mundo. Aunque prevalezcan algunas fuentes de influencia externa e interna. La comprensión científica de los procesos psicológicos individuales tiene que basarse en la ubicación de los mismos dentro de la historia de la humanidad y el conjunto de la sociedad humana actual. Los medios masivos de comunicación, precisamente, hacen claro y evidente lo anterior.

En 1950, Octavio Paz publica El laberinto de la Soledad, al final del cual, después de analizar la psicología de la cultura mexicana, señala:

“Hemos olvidado que hay muchos como nosotros, dispersos y aislados. A los mexicanos nos hace falta una nueva sensibilidad frente a la América Latina... Tenemos amigos desconocidos en los Estados Unidos y en Europa [...] El objeto de nuestra reflexión no es diverso al que desvela a otros hombres... La pregunta que se hacen todos los hombres hoy no es diversa a la que se hacen los mexicanos. Todo nuestro malestar, la violencia contradictoria de nuestras reacciones, los estallidos de nuestra intimidad y las bruscas explosiones de nuestra historia, que fueron primero ruptura y negación de las formas petrificadas que nos oprimían, tienden a resolverse en búsqueda y tentativa por crear un mundo en donde no imperen ya la mentira, la mala fe, el disimulo, la avidez sin escrúpulos, la violencia y la simulación. Una sociedad, también, que no haga del hombre un instrumento y una dehesa ciudad. Una sociedad humana” (p. 173).

Paz (1950) y, posteriormente, Santiago Ramírez (1959) llevan a cabo un interesante análisis de cómo la historia peculiar de nuestro país ha ido progresivamente definiendo pautas psicológicas presentes en “el mexicano” actual. Cómo hemos incorporado desde actitudes y valores indígenas prehispánicos, los efectos de la invasión española articulada con el mito de Quetzalcóatl, el período colonial con su intento devastador de la cultura indígena, el proceso de la Independencia, la venta de la mitad del territorio por Santana, la lucha de Juárez y el proceso de Reforma, las muchas intervenciones extranjeras (francesa y estadounidense), la dictadura de Porfirio Díaz, la Revolución de 1910 y los acontecimientos mundiales (las dos Guerras) y propios de nuestro país que se han sucedido desde entonces hasta ahora, destacando la dependencia cada vez mayor de los Estados Unidos y su agresiva penetración cultural.

Paz y Ramírez, así, definen a un mexicano típicamente hermético como sustento de la hombría o del pudor y la abnegación femenina. El hombre no debe “abrir” sus sentimientos permitiendo la penetración del exterior (“no rajarse por nada”); de ahí –dicen– el desprecio implícito a la mujer que al “abrirse” durante la relación sexual, eso la define como un ser inferior, como introyección de la valoración del padre español y la madre indígena desvalorizada por haber sido ultrajada (la “chingada”). El canon para la mujer; peculiar en México, es el de una indiferencia y pasividad ante lo sexual, el recato; se valora en cambio de fertilidad, la maternidad desvinculada mentalmente de la relación sexual. El pueblo mexicano es un pueblo altamente religioso, y en su religión refleja el culto a la madre en la adoración especial a la virgen de Guadalupe (Tonantzin) mestiza o quizá indígena, verdadera protectora de los mexicanos. Por otra parte, el mexicano –según los autores– es característicamente simulador: simula que es, careciendo realmente de eso que se quiere ser; improvisa para ello de una manera constante y posteriormente confunde mentira y verdad, se engaña a sí mismo. Hay también expresiones del mexicano que reflejan una aparente indiferencia hacia su vida y, por tanto, hacia la muerte; por una parte, en su hermetismo, el mexicano hace valer su “importamadrismo” (nótese las fuentes lingüísticas de este vocablo, en relación con su significado), y, al mismo tiempo se fascina con la muerte y se ríe de ella. Hay, también un entusiasmo por las fiestas y reuniones como pauta para “abrirse” explosivamente mediante la borrachera. Dada nuestra historia, los mexicanos son, al mismo tiempo, admiradores de los extranjeros poderosos y se quiere ser como ellos (malinchismo) y también se les rechaza mentalmente con desdén (gringo, gachupín). Santiago Ramírez dice que la familia mexicana en que se desenvuelven los niños es una familia con mucha madre y poco padre:

“La participación del padre en el hogar es limitada, se trata más bien de un ser ausente, que cuando eventualmente se presenta es para ser servido, admirando y considerando. Los contactos emocionales con la madre son mínimos al igual que con el hijo... se embriaga y abandona el hogar sin tener consideración a los hijos y a la madre; ésta acepta pasiva y abnegadamente la conducta del padre” (pp. 60-61).

La imagen que el niño se forma de la relación familiar se deriva del poco contacto con el padre, quien no le proporciona la posibilidad de identificaciones masculinas. El niño varón, cuando crece tenderá, sin embargo, a ser como ese padre ausente, negando su femineidad latente. El machismo –dice el autor– no es, en el fondo, sino la inseguridad de su masculinidad.

Al haber leído la obra de Paz y de Ramírez, si comparamos en términos generales lo que ellos dicen del mexicano con lo que se ha dicho del período adolescente, encontramos que históricamente somos aún un pueblo adolescente; con una crisis de identidad notoria debida a nuestro origen dependiente y quizá a la todavía no lograda independencia económica. Buscamos siempre identificarnos con “padres” extranjeros tratando de ser nosotros mismos. De esa manera, los adolescentes mexicanos lo son doblemente al enmarcarse dentro de un pueblo adolescente.

En la actualidad, entre los jóvenes se sigue manteniendo mucho de lo que Paz y Ramírez encontraron en los mexicanos de hace más de cuatro décadas. El movimiento juvenil de los sesenta transformó notoriamente algunos rasgos; pero hoy, los jóvenes viven el conflicto de negarse a sí mismos como mexicanos (“nacos”) parar tratar de identificarse con los “gabachos”.

No obstante, hay jóvenes también que se inclinan por defender su identidad frente a la abrumadora penetración extranjera y que luchan por ello, dándose cuenta de la articulación que existe entre la dominación cultural y la dominación económica. Para independizarse económicamente es necesario también independizarse culturalmente. Algunos rechazan la penetración cultural gringa, y buscan, en cambio, identificarse con los valores de otras culturas contrapuestas a los yanquis, como la soviética, la francesa o la cubana.

Sin embargo, cada vez más se les impone la búsqueda del llamado American way of life a través de la música, las modas, la pornografía, el individualismo, etc.

Gabriel Careaga (1974), por su parte, ha realizado interesantes tipificaciones de la psicología de los jóvenes de la clase media. De dieciocho típicas maneras de ser de los jóvenes de la clase media en México, que dicho autor reseña, aquí solo expondremos dos:

“Un típico joven de la clase media va a la Facultad de Ciencias Políticas o de Economía, o de Filosofía (o de Psicología), pero hace mucho que dejó de ser estudiante, está por encima de todos los profesores y no entra a clase... desea ser rico, famoso y poderoso; quiere hacer la revolución y hablar por todos los pobres y por todos los humillados... está harto de que su mamá se preocupe por él” (p. 197).

“... el típico joven de clase media que siempre está soñando en sus ocios. Tener dinero y comprarse muchas cosas, carros y trajes o ir cada semana a Acapulco. Y olvidar su conciencia y no tener problemas. ‘Sólo los idiotas se plantean problemas’; no existe más que el egoísmo, cada quien para su santo. Nos servimos de los demás, todo tiene su precio. No creo en nada ni en nadie. Las mujeres todas, en el fondo son unas prostitutas. Los amigos todos son unos traidores, la política es la cosa más abyecta que hay en el mundo, la cultura para qué carajos sirve” (p. 200).

Careaga, posteriormente, también publicará un interesante libro: “Biografía de un Joven de la Clase Media” (1977) en el cual es interesante encontrar con detalle los recovecos del proceso psicológico de un joven mexicano contemporáneo, su paso por la secundaria y su afán de contravenir el orden y la disciplina que se le impone en la casa y la escuela, mediante un sinfín de imaginativos trucos y explosiones de rebeldía violentas.

En fin, dentro de los límites del presente trabajo, solo nos queda decir que en la actualidad encontramos a muchos jóvenes mexicanos frente al televisor mirando los conocidos programas en que se identifica y se “instruye”, chateando interminablemente o llenando de fotografías y frases su Facebook entrando al chisme cibernético. Consumiendo películas de varias X para excitarse e informarse de sexualidad. Encontramos a los jóvenes desesperados por no conseguir empleo o desorientados sin saber qué hacer ante un embarazo imprevisto.

Los encontramos también fanatizados por el futbol soccer y “americano”, siguiendo cada uno de los juegos de sus equipos favoritos, o, con frecuencia, practicando tales deportes haciendo campos improvisados en las transitadas avenidas de la ciudad. Encontramos jóvenes frustrados por haber sido rechazados del examen de admisión para la universidad.

Encontramos a los jóvenes emigrando hacia los Estados Unidos, como ilegales. O muchas veces, de parranda en los burdeles consumiendo grandes cantidades de alcohol. O drogándose con marihuana en las partes oscuras de las universidades, o con cemento o “activo” en los lotes baldíos y parques oscuros de las colonias populares. Otros haciendo ruido estridente con las motocicletas por las calles. También encontramos a jóvenes integrados a grupos musicales de diversa índole, o en grupos religiosos. Metidos en las “tribus urbanas” (Emos, darketos, skatos, cholos, etc.). Siguiendo la tradición iniciada por “Los Panchitos”, toda una serie de bandas estampan sus grafitis en las paredes. Vemos a muchos recorriendo los tianguis de ropa, carteles, y discos de Rock. Los vemos llenar antros. Se ha puesto de moda entre los adolescentes de inicios del Siglo XXI el presumir su bisexualidad y el exhibicionismo de la hetero y de la homosexualidad. Muchos no se quieren casar ni tener hijos por temor al compromiso y a las responsabilidades, por las limitaciones económicas que impiden la formación de una nueva pareja y de una nueva familia, con lo que se generan adolescencias prolongadas dependientes de los padres.

Encontramos a los jóvenes también participando en los partidos políticos tanto de izquierda como de derecha, incluso en movimientos armados, mientras que otros se han hecho asaltantes, sicarios o narcotraficantes, y cada vez abarrotan las cárceles y correccionales. Etc., etc.

Toda esta realidad, esconde muchas interrogantes que los psicólogos debiéramos escudriñar cuidadosamente y tener en este campo hipótesis y respuestas que pudieran conducir a superar la vida social en nuestro país y en el mundo.

Los jóvenes de hoy requieren más respuestas que los de hace algunos años. Más opciones, más esperanzas, para poder encontrar su propio sentido de vida, de futuro.

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