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Revista Alternativas en Psicología

Foto: Steve Barringer

Vygotski compara las formas de comunicación en otras especies con las formas de comunicación humana, haciendo notar que, por ejemplo en los gorilas, la comunicación sucede por una especie de contagio emocional a partir de las expresiones de uno de los miembros de la especie. Cuando hay peligro, la alteración y los gritos de un animal alertan al resto del grupo e incluso pueden desatar una estampida. Determinado tipo de expresiones emocionales de uno constituyen señales para los otros, pero –dice Vygotski- no se ve en el primero la intención de comunicar dicho estado de ánimo, comunica sin querer comunicar.

Los seres humanos también son susceptibles al contagio comunicativo no intencionado: Los bebés de un cunero lloran todos en cuanto alguno empieza a llorar; la gente sale en estampida de un cine o en una manifestación por el sólo hecho de ver a otros correr y gritar; podemos sentir el duelo ajeno, la curiosidad y la ternura por el sólo hecho de advertirlos en otros. Sin embargo, junto que esa posibilidad comunicativa no-intencional los seres humanos podemos comunicar de manera intencional.

En ese sentido, como bien lo plantea Habermas, la acción comunicativa significa hacer que otro(s) comparta(n) una idea, un proyecto, una perspectiva, una acción, un sentimiento, una emoción, una percepción, una sensación. En efecto, toda acción intencionalmente comunicativa representa un intento de persuasión. Aún si solamente alguien le pide a otro que mire un determinado objeto, aspecto o matiz, pretende que el segundo perciba ese objeto o situación de manera similar a la del hablante y, por tanto, que actúe de determinada manera al respecto.

La comunicación no-intencional también persuade, logra convencer de algo al comunicando, que, sin embargo, no es lo que pretende la persona que es la fuente comunicativa. A veces la comunicación intencional y la no-intencional se contradicen, y –cosa curiosa- se considera más confiable lo que se dice sin pretender decirlo. Las miradas, los latidos del corazón, el tono muscular, la expresión facial, la sudoración, la posición corporal, los lapsus, son consideradas fuentes más confiables cuando se captan que las verbalizaciones e incluso que los diseños publicitarios.

El puente entre la comunicación intencional y la no-intencional lo constituye la sonrisa, más que la mirada, que el llanto y que la carcajada. La mirada reacciona a lo que mira, el llanto brota sin querer, lo mismo que la risa a carcajadas. Una persona mira de cierta manera, llora o ríe en función de sus propias sensaciones y puede contagiar a otras sin quererlo. La sonrisa en cambio busca la mirada del otro en bebés de apenas 3 meses de nacidos. Sonreir representa el agrado, nace como agrado interno, pero al mismo tiempo le dice al otro que lo hemos captado como persona agradable y que al mismo tiempo nos sentimos o queremos ser captados por él o ella. La sonrisa es efecto y causa, resultado y origen, de la empatía. Por eso la sonrisa suele ser simultáneamente intencional y no-intencional, salvo en el caso de las “sonrisas forzadas” o las “sonrisas fingidas” de la propaganda y la publicidad, que se proponen aprovechar la fuerza comunicativa de la sonrisa con fines manipulativos. La sonrisa es el primer instrumento para la persuasión, para convencer a otro(s).

Con la mirada y la sonrisa podemos decir que se inicia la comunicación sensorial que luego –como todos sabemos– puede derivar en diferentes tipos de contacto físico. Las caricias de todo tipo no son simples reacciones emocionales sino que tienen la intención de hacer sentir a otro(s) determinados sentimientos y emociones. Antes que las señas, los símbolos y el lenguaje verbal, existe la comunicación sensorial, es decir, el deseo y la acción para producir determinados sentimientos y emociones. Antes de poder hablar o pedir algo específico, los bebés aprenden que el llanto y el júbilo corporal, así como los besos, las miradas y otras expresiones afectivas generan también ciertas reacciones emocionales en sus padres, sus demás familiares e incluso en otras personas, que se traducen en determinado tipo de acciones y expresiones verbales que gradualmente van configurando lo que se conoce como “lenguaje receptivo”. Por eso –como lo vió Angel Riviére desde una perspectiva cognoscitivista- los bebés comprenden a los demás como “objetos con mente”, entes que, por una parte, sienten (reaccionan emocionalmente) y, por otra, piensan y actúan intencionalmente, lo cual es la base para que surja, alrededor de los 10 u 11 meses de edad, el lenguaje verbal que –como lo plantea Bruner- incluye el manejo de señas y señales, símbolos e iconos y palabras articuladas.

Hay que entender que el lenguaje sensorial y el lenguaje verbal no representan 2 ámbitos aislados y menos sucesivos. El lenguaje verbal también es sensorial pues el timbre, volumen y tono de voz, así como el tipo de grafismo en la escritura, constituyen aspectos esenciales en la comunicación verbal. De manera recíproca, las miradas, las posturas corporales, los contactos físicos, los colores, las imágenes, los olores y los sonidos serán afectados por el tipo de conceptos lógicos con los que se les interprete o describa.

Después de la mirada y la sonrisa, las primeras expresiones verbales son las señales de aceptación y rechazo, “sí” y “no”. Que pueden ser consideradas “verbales”, aún cuando se expresen con el movimiento de la cabeza o de la mano, en la medida en que constituyen significados bien delimitados. Como lo hizo notar Ferdinand de Saussure, los signos que componen el lenguaje (verbal), se caracterizan esencialmente por su relación arbitraria con su significado, a diferencia de los símbolos o iconos, cuya estructura hace alusión a los objetos representados. La señal de la curva en una carretera es un icono, lo mismo que el tenedor y el cuchillo; mientras que la frase “desviación a 500 metros” constituye un conjunto de signos.

De esa manera,  mover la cabeza hacia arriba y hacia abajo no tiene una relación intrínseca con el hecho, por ejemplo, de que el padre entregue una pelota al bebé; como tampoco mover la cabeza hacia los lados se vincula estructuralmente con el retiro de la cuchara por parte de la madre. Los niños que gatean y empiezan a caminar, y aún antes de que lo hagan, enfrentarán continuamente la palabra “no” por parte de sus padres y otras personas. Por eso también ellos aprenderán más rápido a usar se palabra o esa expresión corporal en contraste con otras palabras. El lenguaje –dice Luria- tiene una primera función reguladora de la conducta, establece límites para la acción. Primero inhibidora y luego anticipadora de acciones mediante las instrucciones. Las continuas limitaciones e indicaciones de los padres en relación a las acciones de los niños después serán incorporadas por estos para coordinar sus actividades espontáneas a través del lenguaje egocéntrico que, en términos freudianos, representa la formación del superyo: la introyección de las normas y valores de los padres.

Esa característica limitativa y coercitiva propia del lenguaje verbal práctico está presente en toda expresión verbal, o –dicho más exactamente– toda expresión verbal delimita. Los nombres construyen identidades, distinguen lo que es de lo que no es, separan aspectos, clasifican y organizan el mundo de determinada manera, así como establecen determinadas relaciones y no otras. Por eso decían los profetas que escribieron La Biblia que en el principio fue el verbo, la palabra; lo que en la mitología griega se representa con el vencimiento de Cronos y la superación de Urano a través de la memoria de Zeuz, a quien su madre Gea, salvó de la voracidad de Cronos.

Para que algo surgiera se requirió nombrarlo, diferenciarlo, establecerlo. La necesidad pragmática, utilitaria, del lenguaje (el sí y el no) inaugura la realidad compartida y, por tanto, la memoria, y así la sociedad y la historia propiamente dichas. Lo que es conveniente y lo que no es conveniente. Al nombrar y organizar lo real se determina la conducta, la organización humana. La ontología, la concepción del ser y de lo que es y no es determina la forma de conocerlo (la episteme) y también la ética (los valores).

La comunicación intencional se traduce en lenguaje propiamente dicho.