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Revista Alternativas en Psicología

Aprovechando las efemérides, en Amapsi imparto dos conferencias cada año en relación con dos temas fundamentales para el sentido de la vida humana: amor y muerte, tal como se llama una de las películas más brillantes de Woody Allen. Unos días antes del 1 de noviembre en la conferencia sobre la muerte acuden personas con duelos recientes y quienes tienen una actitud reflexiva ante sí mismos y ante el mundo.  La conferencia relacionada con el amor se realiza unos días antes del 14 de febrero con la asistencia de parejas y personas interesadas personal o profesionalmente en esa relación tan significativa en la vida de casi todas las personas. Al principio, el título era la “Tecnología del amor” con bastante éxito, pero ha sido más específico y más exitoso posteriormente el título “Los secretos de la relación de pareja”.

La relación de pareja es motivo de grandes emociones, de gran placer y sensación de plenitud y trascendencia; pero también de grandes y prolongados sufrimientos, de crisis emocionales y de celos que con cierta frecuencia derivan en suicidios, asesinatos o torturas. En las relaciones de pareja se experimentan desde los sentimientos más sublimes hasta los conflictos más infernales. Comprender el por qué ocurre una u otra cosa y su relativa magnitud es fundamental para comprender a los seres humanos y poder contribuir profesionalmente para lograr relaciones de pareja esencialmente satisfactorias.

Foto: Vinoth Chandar

La relación de pareja es la más importante y estratégica de todas las relaciones humanas. En la medida en que haya mejores relaciones de pareja se beneficiará a la crianza y con ello al futuro de la humanidad. Conforme las relaciones de pareja sean más inestables y destructivas la crianza y, por ende, el futuro de la humanidad irán en decadencia progresiva. Además, una relación de pareja positiva favorece una buena salud psicológica de las personas, lo que redunda en mejor desempeño laboral, mejores actitudes hacia el mundo y hacia los demás, mayor capacidad para cooperar, tener paciencia y gozar de la vida.

“Secretos” porque son conceptos nuevos basados en la Teoría de la Praxis, la filosofía dialéctica y la experiencia clínica de más de 28 años, que no son tomados en cuenta por los integrantes de la pareja mientras que realmente constituyen factores clave para comprender y encauzar esta relación tan estratégica para la vida humana en todos sus aspectos. En este texto describiremos cada uno de ellos.

Secreto 1. La necesidad de intimidad y el significado de sí mismo y del mundo

El significado para sí que tiene cada persona y el significado de cada elemento del mundo dependen esencialmente del compartir vivencias con otros seres humanos. Por eso se requiere de intimidad para un mayor sentido de sí mismo y de la vida en cada persona. En la medida en que las personas pierden intimidad (no necesariamente sexual), la percepción de sí mismo y del entorno se hace ambigua y difusa; el mundo se percibe más caótico y es más difícil encontrar una manera, una ruta, para interactuar satisfactoriamente con el entorno. La falta de intimidad correlaciona directamente con la elevación de las psicopatologías y viceversa: a mayor capacidad y posibilidad de intimidad mayor salud psicológica.

Por intimidad no debemos entender a la desnudez o las relaciones fisiológicamente sexuales. Alguien puede tener una relación sexual con una prostituta o un extraño sin tener una intimidad importante. La intimidad es la posibilidad de compartir significados profundos entre dos o más personas. Los significados (el yo y los elementos del entorno) se generan y se mantienen en la medida en que se comparten (Primera ley de la Teoría de la Praxis), cuando ese compartir de significados es superficial pierden claridad y estabilidad, por lo cual el mundo se hace caótico y se desarrolla la psicopatología o el ensimismamiento en el que se recurre a “significados” artificiosos (alucinaciones o exageraciones) para compensar el vacío que genera la superficialidad en el compartir con otros.

Cuando un niño nace, la cercanía amorosa de sus padres, especialmente de la madre, lo introduce al mundo semiótico del cual no podrá salir nunca, pues será preferible la locura o la muerte a la sensación de la nada, la no significatividad. Los bebés generan una gran intimidad, sobre todo con la madre, ella es casi “todo su mundo” o al menos “el sol” en torno al cual todo lo demás tiene un significado específico; por eso Ana Freud dice que la madre es el “yo auxiliar” de los menores de 3 años.

Sin embargo, dado que la sociedad tiene como base de su estructuración la “prohibición del incesto” que genera los roles familiares y, con base en ellos, todos los roles sociales, los padres tienen una actitud doble hacia sus hijos que se acentúa conforme van creciendo. La madre ya con una actitud cultural-sexual generalmente se hace más exigente, y por tanto más distante, con la hija que con el hijo, al cual mira y entra en contacto con él como mujer y como progenitora, es decir, de manera sexuada, generando una respuesta recíproca. El padre generalmente se hace más exigente y distante con el hijo, mientras mira y se acerca a su hija también de una manera sexuada provocando en ella una reacción recíproca. Esa es la base de la heterosexualidad, la cual se ve modificada en la medida en que ese cruce de roles es significativamente distinta en la vida familiar. Las hijas que enfrentan a su padre para proteger a su madre pueden orientarse hacia una sensación erótica masculina (predominantemente protectora-audaz-segura para afrontar riesgos), mientras que los hijos que no pudieron sentirse protectores-audaces-seguros porque uno o ambos padres no se lo permitieron, desarrollarán una sensación erótica femenina (predominantemente deseo de protección-atracción-sensibilidad emocional), modificando en ese proceso el funcionamiento hormonal que explica el desarrollo de algunos caracteres sexuales secundarios correspondientes (tono de voz, complexión física, rasgos fisonómicos, etc).

Conforme los hijos van creciendo, debido a la prohibición del incesto, los padres sienten la necesidad de alejarse de la intimidad que tenían con sus hijos cuando eran más pequeños. Una madre permite que su bebé de seis meses juegue con sus senos mientras lo amamanta y aún en otros momentos de esparcimiento entre ellos. Lo baña de pies a cabeza incluyendo las áreas genitales, le enseña a ir al baño, muchas veces se bañan juntos y no falta quien bese a sus hijos en la boca. Obviamente ese tipo de contacto físico genera una gran intimidad; necesaria para sensibilizar, ubicar su identidad y hacerle sentir seguridad y confianza a los pequeños. Ese tipo de contactos son cada vez más difíciles al avanzar las edades de los hijos. No deja de ser interesante imaginar lo que implicarían cuando un niño o niña tiene 3 años, cuando tiene 6, cuando tiene 9, cuando tiene 12 o 13 y cuando tiene 20 años. Así, en las familias típicas configuradas heterosexualmente, los padres se van separando de ciertas formas de contacto corporal sobre todo con el hijo(a) del sexo opuesto, con quien, en términos generales, al mismo tiempo han congeniado y pueden congeniar  más emocionalmente, mientras que hay mayor identificación de punto de vista con los hijos del mismo sexo, con quienes tienen más confianza pero menos sensación corporal.

Generalmente después de los siete años se reduce notoriamente la intimidad entre padres e hijos, y cuando entran a la pubertad dicha reducción es aún más pronunciada. Junto con la evolución correspondiente en las capacidades cognitivas que implican la formación moral y el consecuente desarrollo del pudor en los niños  a partir de los 7 años, esto explica por qué se interesan en tener amistades más cercanas y estables desde la primaria, y luego la atracción hacia las relaciones de pareja a partir de la adolescencia. En la pareja, la intimidad corporal combinada con la intimidad narrativa y el afrontamiento conjunto de diferentes experiencias, permite una profundidad amorosa, un compartir significados que restauran y profundizan la claridad y la estabilidad de la identidad personal (el yo) que se había difuminado, más o menos en cada caso, durante la adolescencia; lo que –a su vez-  explica una parte de la inestabilidad emocional en esa etapa. Los noviazgos adolescentes son intentos de intimidad muchas veces fracasados hasta que se encuentra a alguien que sí se vuelve realmente íntimo estableciendo el primer “noviazgo importante”, entrando con esto a la sexta etapa del esquema de 8 etapas de Erickson.

Las amistades fuertes también son relevantes dentro del abanico íntimo de cada persona, sin embargo, dadas las limitaciones convencionales en el contacto corporal no logran dar esa sensación de profundidad y plenitud que solamente se logra en la relación materna y en la relación de pareja, y, a veces, en la relación paterna. Para lograr una identidad consistente y plena, sana, de hecho se necesita contar con un punto fundamental de referencia íntima (una especie de yo auxiliar, diría Ana Freud) que primero es la madre y luego la pareja (y a veces el padre), combinado con una gama de relaciones relativamente menos íntimas representadas por el resto de relaciones familiares y las amistades. Una relación íntima exclusiva y/o excluyente (sin amistades y relaciones filiales importantes) también implica un proceso de ensimismamiento de dos, que tiende a ser enfermizo y asfixiante. Las otras relaciones afectivas forman una estructura dinámica que permite darle también ubicación, claridad y estabilidad a la relación íntima más profunda, así como retroalimentarse semióticamente unas  a otras. Se organiza así el universo afectivo de cada persona: sus grupos primario y secundario, que son el contexto en el que cada evento y cada acción adquieren un determinado significado relevante para la persona y, por tanto, su propio yo.

Secreto 2. Perfil  Personal de Acoplamiento.

Después de una serie de experiencias amorosas fracasadas, las mujeres suelen decir que “todos los hombres son iguales” y los hombres dicen lo recíproco, que “todas las mujeres son iguales”. Lo que no saben es que todas las personas con las que han entrado en relación tienden a ser parecidas porque las eligen parecidas debido a su perfil personal de acoplamiento.

Mediante una combinación única de aspectos genéticos-hormonales y culturales (crianza, educación, influencias sociales, tipo de actividades en las que se han visto involucradas) cada persona genera una personalidad integrada por un conjunto de actitudes, valores, creencias, costumbres, hábitos, habilidades, gustos, estilos. Una parte de esa personalidad tiene que ver con sus posibles afinidades y complementaciones con otras personas, rasgos de personalidad que tienden a ser estables y que le harán engranar más o menos adecuadamente con los rasgos complementarios de otras personas. Como si se tratara de una llave y la chapa correspondiente. Si la llave no es la correcta, la chapa no abre.

Cuando una relación se desgasta por diferentes motivos y se termina, lo más probable es que la siguiente relación sea con una persona muy parecida a la anterior, en la medida en que no se hayan modificado los rasgos de personalidad de su perfil de acoplamiento. Por lo tanto, la forma en que evolucionó la relación anterior puede ser muy parecida a la evolución de la nueva relación, hasta desesperarse por las reiteradas rupturas amorosas con todo el dolor y el desgaste que generalmente ocurre. Es posible que de manera espontánea las personas vayan aprendiendo y cambiando sin darse cuenta algunos de sus rasgos de personalidad y que después de muchos años el perfil de acoplamiento haya cambiado suficientemente y, con la mayor madurez, se logre una relación de pareja más exitosa y estable. Sin embargo, esto no está garantizado y puede no ocurrir en una gran cantidad de casos, lo que lleva a situaciones emocionales de depresión y desesperación entre quienes no logran esa intimidad necesaria.

La relación de pareja surge como atracción estética-narrativa: la imagen de la persona dentro de un contexto genera significados manifiestos, implícitos y fantasías en la otra parte, dependiendo de cómo esa imagen tiene integrados un conjunto de elementos significativos en la historia personal. Cierto color y forma del pelo, el color y textura de la piel, el tono de voz, la manera de mirar y hacer ademanes mientras habla, su sonrisa, su forma de vestir, lo que dice, la manera en que actúa, evocan en la otra persona sutiles evocaciones agradables y/o la sensación de compensar miedos, incertidumbres y rechazos.

El patrón estético (gustos y disgustos) surge de las experiencias agradables y desagradables vividas por cada persona, que además le han generado una manera de ser con la cual desarrolló una forma de acoplamiento en sus vínculos familiares durante la infancia. La hija de un padre alcohólico y despótico se habitúa a tolerar y ver como si fueran naturales algunos de sus desplantes; por ejemplo, ella se queda callada, espantada e inmóvil para protegerse de la furia del padre alcoholizado: ese rasgo de personalidad tolerante, sumisa, condescendiente y sobreprotector le acoplará con una persona con rasgos parecidos a los de su padre.  Sin embargo, a veces es de tal grado el rechazo al padre alcohólico al que despreció esencialmente por ello, que uno de los criterios fundamentales para que alguien se le haga atractivo es que sea totalmente abstemio, rechazando inclusive a personas que consuman alcohol de manera moderada y que podrían tener otros elementos favorables para acoplarse más positivamente con ella.

Es lógico que la atracción hacia el padre del sexo opuesto en los heterosexuales se traduzca en la atracción hacia prospectos de pareja más o menos parecidos. Como sucede con la comida, en que el gusto por cierto tipo de sabores habituales desde la infancia determina las tendencias gastronómicas de los adultos, también los hábitos estético-amorosos infantiles influirán en su posterior elección de pareja. Es por ello que Freud consideró que en la elección de pareja había una especie de sublimación de las tendencias edípicas, que luego fueron ironizadas por Woody Allen (“Edipo Reprimido” en Historia de Nueva York).

En efecto la atracción para la formación de una pareja y su posterior duración y estabilidad dependerá de tres elementos que integran el perfil de acoplamiento de cada integrante:

  1. Afinidades
  2. Complementaciones
  3. Incompatibilidades

Entre más elementos afines y complementarios, y menos incompatibilidades, es obvio que la relación de pareja puede ser más duradera, profunda y estable; y viceversa: entre más débiles sean las afinidades y las complementaciones y más significativas sean las incompatibilidades la relación de pareja será más vulnerable, enfermarse y destruirse en un plazo más corto. Las afinidades identifican y propician la convivencia y el compartir puntos de vista; las complementaciones generan la necesidad y dependencia relativa de las características del otro; las incompatibilidades son los puntos de choque, en los que lo que una parte quiere la otra lo rechaza. 

Afinidades e incompatibilidades

Entre mayor sea el número e intensidad de los elementos afines mejores serán las posibilidades comunicativas y de integración amorosa, mientras la pareja no excluya la relación amistosa y filial con personas menos afines. En reciprocidad, entre mayor sea el número y la intensidad de las incompatibilidades la comunicación se hará más difícil y la relación menos profunda. Lo interesante es la enumeración y calificación de afinidades e incompatibilidades en una pareja como dato fundamental de su prospectiva amorosa. Ejemplos de afinidades o incompatibilidades: tipos de actividades, valores, temas, vocaciones, expectativas, tipos de amistades, gustos gastronómicos, música, películas, lugares agradables y desagradables, etc.

Complementaciones

Las complementaciones tienen un papel fundamental en el engranaje de una relación de pareja. Aquellos rasgos que tienen una expresión elevada en una parte mientras que en la otra parte existe una pronunciación en el rasgo contrario, generando un movimiento cíclico entre ellos.

  1. Una relación de pareja será más sana en la medida en que sea más grande la cantidad y sean diversificadas las complementaciones moderadas (no extremas ni superficiales), de tal manera que pequeñas debilidades o carencias en la personalidad de una persona se complementen con las relativas fortalezas de la otra persona en esos aspectos, y esto se compense con otras fortalezas del primero en los que el segundo tiene debilidades.
  2. Las complementaciones extremas generan una sensación de dependencia recíproca enfermiza, sobre todo si los puntos de afinidad son pocos y los de incompatibilidad muchos; la relación se mantiene por esa mutua dependencia pero con grandes conflictos y desgaste emocional para ambos.
  3. La poca cantidad de complementaciones y/o complementaciones muy superficiales no producen el afianzamiento de la relación, aun cuando haya muchas afinidades y pocas incompatibilidades.

Ejemplos de complementaciones:

  1. Protector-protegido
  2. Callado-parlanchín
  3. Introvertido-extrovertido
  4. Sobrerresponsable-irresponsable
  5. Muy ordenado-desordenado
  6. Temerario-temeroso

En efecto, es interesante e importante analizar científica y profesionalmente el perfil de acoplamiento de cada persona y la manera en que está conformado su engranaje en la relación de pareja para pronosticar su posible evolución, así como para hacer modificaciones terapéuticas de aquellos rasgos de acoplamiento que estén propiciando relaciones enfermizas con su consecuente sufrimiento.

3. Príncipes y sapos; princesas y brujas: noviazgo vs. matrimonio

Es un lugar común en los libros y comentarios sobre las relaciones de pareja decir que durante el noviazgo las personas aparentan o fingen lo mejor para quedar bien o seducir a un prospecto, pero al sentirlo ya atrapado en el matrimonio se quitan la máscara y muestran su verdadera manera de ser que es muy contrastante con la apariencia que brindaban. Hay un dicho popular que sintetiza esto mismo: “Si quieres saber cómo es, vive con él un mes”.

También es frecuente que se tenga como verdad establecida la distinción entre “enamoramiento”y “amor maduro”, aduciendo que el enamoramiento es un proceso emocional muy intenso que, por lo mismo, no puede durar mucho tiempo; que es natural que con el tiempo las parejas pasen a una etapa de acoplamiento en la que ya no hay tanto entusiasmo como al principio y ambos se “toleran” sus defectos; considerando que el amor “maduro” se basa más en la costumbre y en valorar a las personas más por su esencia que por aspectos transitorios.

Aunque la experiencia de muchas generaciones pareciera confirmar lo anterior, hay otra forma de entenderlo que puede dar un giro a esas apreciaciones comunes: una persona manifestará sus mejores sentimientos en la medida que se siente bien emocionalmente y sacará a relucir sus rasgos más negativos conforme se siente mal. Los novios son más atentos, condescendientes, respetuosos, amables, cariñosos, cuidan su imagen personal para agradar a su pareja, debido a que están experimentando muchas sensaciones agradables por el tipo de actividades que realizan: ir al cine, charlar mucho tiempo, caminar tomados de la mano, pasear, acariciarse, apoyarse, comer juntos, tomar un café, descubrir nuevos lugares y experiencias, dar y recibir sorpresas, reír mucho, etc. Es esto lo que hemos descrito como “tecnología del amor” en otro texto.

En la mayoría de los casos, al casarse o decidir vivir juntos, cambia mucho el tipo de actividades que realizan y se ven sometidos a grandes presiones económicas, de las familias de origen, de responsabilidad, de desgaste laboral, de tiempo, de amigos que se han sentido desplazados, etc. Cuando las personas están bajo presión y los fracasos se acumulan en proporción cercana, igual o mayor a los éxitos, entran en neurosis y tienen la necesidad de culpar al otro de dichos fracasos y presiones. Las culpas y rencores crecen, a veces a tal grado que es difícil superarlos. Esto genera un círculo vicioso que va volviendo monstruos a los que antes eran ángeles. No es que los casados se quiten la máscara de “novios” sino que la nueva dinámica los trastorna, los enferma. Si fuera posible que tuvieran tiempo y posibilidades para hacer el tipo de cosas que hacían en las primeras épocas de novios, si pudieran seguir descubriendo y realizando experiencias interesantes y agradables, el proceso de seducción y entusiasmo podría continuar indefinidamente, apenas ligeramente menor a lo que significó la novedad de la relación de pareja en sus inicios y en algunos casos, ahora raros, las experiencias de la vida compartida podrían superar en promedio el entusiasmo, pasión y enamoramiento de las etapas iniciales del noviazgo, si bien es lógico prever oscilaciones a través de las diferentes situaciones en las que se desenvuelve la pareja durante el transcurso de la vida.

A partir de la experiencia clínica que ha permitido observar la historia de múltiples parejas hemos podido establecer que un matrimonio se mantendrá sano si dedica al menos un bloque de 3 horas cada quince días a realizar actividades de noviazgo, además de tener espacios de convivencia para charlar y comer juntos con cierta calma y armonía un mínimo de tres veces por semana. Esto dentro del contexto de un perfil de acoplamiento también básicamente sano en el que no hay dependencia extrema.

4. La ley de “El Principito”: chantajistas y patanes.

En las películas de la “Época de Oro” del cine mexicano (50’s) que todavía se pueden ver en la televisión con mucha frecuencia, protagonizadas por Pedro Infante, María Félix, Jorge Negrete, Marga López y muchos otros artistas con gran prestigio nacional e internacional, se reflejaba todavía mucho de la vida rural en las haciendas que predominaba en la primera mitad del Siglo XX. Desde las primeras escenas se identificaba a los protagonistas principales: el “muchacho” y la “muchacha” se decía en esa época. Durante los primeros 15 o 20 minutos de la película, ella se mostraba altiva y desdeñosa con el “muchacho”, aparentando un desinterés absoluto con pequeños dejos de turbación progresiva, mientras él se esmeraba en congraciarse con ella, encontrándola por aquí por allá, tratando de hacerla reír, teniendo detalles hacia ella (cantando, por ejemplo), ironizando en juegos ingeniosos para atraer su atención, encargándose de resolverle pequeños problemas, etc. En varias de esas películas hay una escena curiosa: se encuentran un pasillo solitario de la gran hacienda y él se decide a abrazarla por la fuerza; ella grita desesperada tratando de soltarse mientras lo golpea con todas sus fuerzas; él trata de besar su boca y ella esquiva los intentos girando su rostro hacia el lado opuesto. Durante varios segundos se mantiene ese forcejeo, él tratando de besarla y ella evitándolo a toda costa. Llega el momento en que por fin él logra que los labios de ambos entren en contacto; todavía ella resiste fracciones de segundos antes de corresponder plenamente y aceptar el beso. Su cuerpo se relaja y ahora es también ella quien lo abraza y lo besa apasionadamente. Desde ese momento y hasta el fin de la película, ella se muestra extremadamente enamorada y tolera incluso malos entendidos que hacen que él la menosprecie, sin que pueda dejar de amarlo y sin variar ni un poco el más alto nivel de intensidad.  Al final, los malos entendidos se aclaran y se casan muy enamorados en medio de una fiesta popular que integra a sus familias de origen.

¿Qué tanto puede decirse que eso pasaba en las películas de los años 50’s del Siglo XX, pero que en la realidad y en el Siglo XXI las cosas son muy diferentes? ¿Qué tanto han cambiado los roles esenciales femeninos y masculinos reflejados por esas películas? ¿Ahora son las mujeres las que persiguen a los varones y éstos se resisten hasta que ellas logran seducirlos?

Es cierto que hay cambios notorios en la dinámica de las relaciones de pareja y que las mujeres han modificado mucho su rol. Antes de responder a las preguntas anteriores, hagamos el seguimiento típico de una posible relación de pareja en el Siglo XXI:

Imaginemos una pareja de novios próxima a casarse. Sara tiene 25 años y David tiene 29. Se casan muy enamorados, a los 2 años nace su primer hijo y a los 4 años el segundo. Por diferentes motivos su matrimonio se deteriora y se divorcian a los 7 años de haberlo iniciado. Los 2 hijos quedan bajo la custodia de Sara, aun si es el caso todavía poco frecuente de que David estuviera interesado en ser él quien se encargue de los hijos.

Al divorciarse, David tiene 36 años. Antes de 2 años es muy probable que él esté nuevamente casado con Claudia de 27 años (más joven que Sara, que ahora tiene 32). Claudia no había sido casada y no tiene hijos, pero puede tener hijos con David, quien mantiene una relación semanal, quincenal o más esporádica con sus dos primeros hijos.  Cuando David tiene 42 años y Claudia 31 tienen un nuevo núcleo familiar típico: madre-padre e hijos.

En cambio, Sara se divorció cuando tenía 32 años. Para tener un nuevo matrimonio, es necesario armonizar con 4 personas. Además, es necesario sortear a los pretendientes que pudieran aprovechar su condición de divorciada para usarla sexualmente. Su nueva pareja tendrá que pensar en vivir con ella y sus 2 hijos del primer matrimonio. Los niños van creciendo y entre los 7 y los 12 años les será difícil aceptar en su familia un nuevo integrante adulto que absorba la atención de su madre. Suponiendo que se superen esas dificultades, es probable que Sara vuelva a casarse hacia los 36 años de edad. Lo más probable es que su nueva pareja, Manuel, sea mayor que ella varios años: 43 más o menos puede ser su edad. Manuel si ya fue casado trae también algunas secuelas sociales, económicas y psicológicas que formarán parte de la dinámica con Sara. Si Manuel no hubiere sido casado antes de los 43 años tiene mayores implicaciones negativas. Si Manuel y Sara deciden tener hijos, antes de que nazcan Manuel trataba con amabilidad y cordialidad a los hijos de Sara, pero una vez teniendo sus propios hijos la tendencia a discriminar a los anteriores puede surgir cotidianamente, incluso en la propia Sara, no sin sentimientos encontrados.

Tanto para David como para Sara la separación fue dolorosa y les desgastaría que algo similar pudiera volver a ocurrir con su segundo matrimonio. Sin embargo, la perspectiva femenina está en mayores desventajas biológicas, sociales, culturales y todavía también económicas en comparación con David.

A todo lo anterior, hay que añadir el milenario uso sexual del que ha sido objeto la mujer. Ni a un hombre ni a una mujer le resulta agradable o satisfactorio simplemente ser usado para el disfrute egocéntrico de otra persona. Por eso abuelas y madres aconsejan a las jóvenes que tengan cuidado al relacionarse como pareja, pues la experiencia histórica ha mostrado que muchos de  los hombres están obsesionados en la conquista sexual sin un vínculo amoroso real, con todas las implicaciones psicológicas y fisiológicas que sobre todo para la mujer implica un embarazo no deseado.

En ese contexto es comprensible que las mujeres tengan una especie de paranoia amorosa que les incita a ser más cuidadosas y prudentes en sus relaciones de pareja, aun cuando en muchos casos les rebase la pasión y las circunstancias. Por eso hacen esfuerzos por no delatar sus sentimientos o deseos, aparentando indiferencia, antes de confirmar que se trata de algo sincero. Cuando un joven invita a una muchacha a “salir” a tomar un café, surge en ella la inquietud para evaluar cuáles son las verdaderas intenciones: ¿Se trata de algo solamente amistoso? ¿Hay la intención de una relación sincera y consistente? ¿Solamente quiere usarla sexualmente?

Cuando una muchacha decide aceptar una relación de pareja, ya sea mediante palabras o a través de un beso “robado” o de mutuo consentimiento, tiende a entrar en un compromiso emocional generalmente más intenso que el del varón para mantener y profundizar esa relación. Ese compromiso emocional será aún mayor si esa chica está relativamente sola, con pocos y/o superficiales vínculos con amistades y con la familia de origen. A pesar de que este fenómeno es típico del sexo femenino debido a los elementos antes explicados, también está ocurriendo con más frecuencia con el sexo masculino que, sintiéndose solo e inseguro, se aferra a una relación de pareja por la que está dispuesto a hacer muchas cosas.

Para que una relación de pareja sea sana y se desenvuelva favorablemente requiere de un interés y compromiso emocional más o menos similar de ambas partes. Cuando uno de los dos integrantes de la pareja, más frecuentemente la parte femenina que la masculina, entra o desarrolla un sobrecompromiso o sobreinterés en mantener y desarrollar esa relación, de manera automática, inconsciente e involuntaria produce que la otra persona pierda interés en proporción recíproca. La persona sobreinteresada que hace mucho a favor de la otra persona, le reclama por no recibir la atención y el apoyo que siente merecer. La persona cuyo interés se ve disminuido, se siente presionado y molesto por dichos reclamos a los que responde con desdén progresivo. Una se hace chantajista y el otro se convierte en un patán (o “patana”, según sea el caso). La pareja está enferma y requiere atención psicológica. Dicha enfermedad es progresiva y destruirá el amor inicial de esa pareja.

La explicación de esta dinámica la encontramos en lo que metafóricamente hemos llamado Ley de “El Principito”, en alusión a una parte de ese libro de Antoine de Saint-Exúpery. El Principito cultiva una rosa, le pone agua periódicamente, la protege del viento y de las pisadas inadvertidas y así la ve nacer, crecer y florecer. Cuando está en su plenitud la rosa, el Principito va hacia otros terrenos cercanos y descubre un campo con muchas rosas tan bellas como la suya. Entonces, pregunta a su amigo el zorro por qué si hay tantas flores hermosas él siente que la que le importa es aquella. El zorro responde con una frase que se ha difundido ampliamente: “Lo que hace valiosa a tu flor es el tiempo que le has dedicado”. Es decir, que si a algo no se le dedica tiempo deja de ser valioso. Tiempo o esfuerzo.

Esa Ley de “El Principito”, considerando algunos elementos teóricos de James (“no corro porque tengo miedo, sino que tengo miedo porque corro”), Pavlov (reforzamiento y extinción en el condicionamiento clásico), Heidegger (“robo de responsabilidad”) Hull (“Fuerza de hábito”) y Wolpe (“Inhibición recíproca), la hemos traducido científicamente de la siguiente manera y es la tercera ley de la Teoría de la Praxis: “Un sentimiento o interés que se expresa verbalmente y/o mediante acciones CRECE, y viceversa: Un sentimiento o interés que NO se expresa verbalmente y/o mediante acciones DECRECE”.

En la relación de pareja, como en otras relaciones (madre-hijo, equipos de trabajo, etc.) la persona que está sobrecomprometida tiene más ansiedad, más iniciativa, y, por tanto, se adelanta a realizar las acciones que considera necesarias para el bien de la relación sin permitir que la otra parte haga lo que podría corresponderle. La parte más comprometida por el efecto de la tercera ley antes mencionada cada vez entra en mayor compromiso emocional, mientras que la otra parte deja de sentirse motivada. La parte sobrecomprometida se desespera porque la otra no pone de su parte, sin darse cuenta que –como dice Heidegger- le está “robando su responsabilidad” al adelantarse a hacer lo que le tocaría. La parte menos interesada, el patán, se siente muy seguro al percibir el sobrecompromiso de su pareja. Al mismo tiempo se va sintiendo vacío y solo porque no comparte emociones fundamentales, se va desenamorando, pero requiere de amar y tener intimidad para sentirse vivo. Como eso se está perdiendo en su relación de pareja, encuentra otras personas o asuntos que le causen más esfuerzo, a quienes amar y por tanto darle un sentido a su identidad, a sus actividades y al mundo que le rodea. Esta es una de las causas principales de la característica infidelidad masculina. Sin embargo, en las historias clínicas hemos podido constatar cómo cuando el hombre es el sobreinteresado, la mujer se vuelve patana e invariablemente tiende a tener relaciones extramaritales.

El psicoterapeuta ayuda a las personas  a modificar la tendencia a la sobrerresponsabilidad o al sobreinterés en las relaciones de pareja. En el nivel superficial de la psicoterapia se pide al paciente que permite la iniciativa de la otra parte. Por ejemplo, a mujeres que les llaman continuamente a sus parejas, se les pide que esperen que él sea quien haga algunas de las llamadas, al menos cerca del 40% sin que haya una contabilidad exacta, solamente apreciativa y promedio. Y así lo mismo con otros aspectos, como quién toma primero la mano del otro, quién aborda el tema de la relación de pareja, etc. No se trata de fingir desinterés, sino solamente de permitir que el otro muestre su interés para poder manifestar el propio.

En el nivel más profundo de la psicoterapia, paralelamente al nivel superficial antes mencionado:

  1. Se revisa la historia de la paciente para cambiar la perspectiva de sus relaciones infantiles y de adolescencia en las que ella comenzó a caer en actitudes sobrerresponsables y obtener implicaciones para la vida actual y próxima.
  2. Se contribuye a encontrar, impulsar y desarrollar los elementos vocacionales de la paciente para involucrarla en expectativas y realizaciones personales que le generen satisfacción y seguridad en sí misma, al tiempo que ocupa su mente en diversos intereses en lugar de obsesionarse con la relación de pareja.
  3. Se promueve el desarrollo y profundización de vínculos amistosos y familiares diversos, incluyendo actividades de convivencia y recreación, que amplíen su abanico afectivo y disminuyan la concentración excesiva o exclusiva en la relación de pareja.
  4. Se analiza la dinámica interactiva cotidiana reciente para diseñar y mentalizar una nueva manera de conducirse de la paciente en circunstancias específicas en las que ha caído en actitudes sobrerresponsables.

Los elementos superficiales y profundos de la psicoterapia pueden combinarse con películas, lecturas y ejercicios que promuevan emociones relacionadas con la superación de la sobrerresponsabilidad (eliminación de culpas, nuevos criterios de autoestima, etc.).

Cuando la paciente tradicionalmente ansiosa y sobrerresponsable recibe por primera vez la propuesta de dejar la iniciativa al “patán” suele preguntar: ¿Y si no me llama? ¿Y si no hace nada para la relación? El psicoterapeuta explica que todo sentimiento o interés, si existe, aun con intensidad muy baja, no tarda demasiado en expresarse si se le da la oportunidad para hacerlo. Al adelantarse se inhibe esa posibilidad. En caso de que pasara un tiempo razonable y la otra parte no hiciera nada es porque realmente no tiene interés. El psicoterapeuta pregunta a la paciente: ¿Usted quiere una relación en la que sea la única interesada y que la otra persona esté forzada? A pesar de canciones neuróticas como aquella que dice “Miénteme, que me hace tu maldad feliz”, en la práctica clínica de más de 28 años ningún paciente (mujer u hombre) ha respondido que desea que la otra persona se mantenga en la relación de pareja sin realmente desearlo, sin sentir amor. Como decía Sartre, el amor solamente es tal cuando es libre. Esto lo comprenden y lo asumen los pacientes cuando se les hace esa pregunta.

Al aplicar en psicoterapia los elementos técnicos mencionados se rompe el círculo vicioso de la relación enfermiza logrando que el patán exprese su mínimo interés en la relación, ya sea verbalmente y/o mediante algunas acciones, con lo cual se aplica la Tercera Ley de la Teoría de la Praxis (la Ley de “El Principito”) y se genera el sentimiento amoroso que sirve de impulso para aplicar la Tecnología del Amor. Casi siempre ha ocurrido que la dinámica se invierte, el patán se vuelve la parte sobrecomprometida y la antes sobrecomprometida se da cuenta que “no era para tanto”, se vuelve un poco “patana”.

El patán original no deseaba acudir o participar en la psicoterapia (“Yo estoy bien, la loca eres tú”). Cuando ya se ha involucrado emocionalmente como efecto de haber expresado su interés, entonces sí desea participar en la psicoterapia y también se le ayuda de manera similar a cómo se le ayudó a su pareja, de tal manera que se logre una especie de equilibrio en la participación de ambos para mantener y cultivar la relación.

La metáfora de la bicicleta

Al final de la película “Asignatura pendiente” (José Luis Garci, 1977), uno de los dos protagonistas explica que la relación de pareja es como una bicicleta: si ambos pedalean avanza a buena velocidad y en equilibrio; conforme dejan de pedalear, pierde velocidad y tiende a perder el equilibrio, se puede caer”. Tomando esta metáfora para aplicar lo explicado en los párrafos anteriores podemos expresar la siguiente conseja: “Salvo situaciones excepcionales, procura no pedalear más de dos veces sin dar oportunidad a que la otra parte también lo haga”.

El divorcio psicológico

Con base en este enfoque psicológico de la relación de pareja es posible salvar muchas de las relaciones de pareja enfermas, algunas de ellas de manera extrema. Contrariamente a la recomendación que pensadores de radio y televisión suelen hacer, algunos de ellos psicólogos o psiquiatras (Dr. Lamoglia), en el sentido de que si hay una relación de pareja conflictiva (relaciones destructivas), lo mejor es terminar con ella a la brevedad posible, denunciar los malos tratos y asesorarse para el pleito, en la Psicoterapia de la Praxis consideramos a la relación de pareja como algo muy valioso, delicado, esencial y socialmente estratégico para la calidad de la vida humana. Por ello, estamos desarrollando cada vez más elementos que han demostrado su eficacia para sanar las relaciones de pareja enfermizas. No se trata –por supuesto- de algo idílico pero sí de lograr relaciones esencialmente satisfactorias (al menos en un 60%).

En efecto, en la Psicoterapia de la Praxis recomendamos la separación o el divorcio de la pareja solamente cuando uno de los dos o ambos dicen claramente que han perdido ya el interés o el sentimiento amoroso. Mientras lo duden es que existe y aplicamos la tecnología psicoterapéutica para salvarla, como se busca salvar a un ser vivo herido.

En varios casos una de las dos partes dice que ya no le interesa la relación, que ya no siente amor por la otra persona. Un dato importante es que lleva diciendo eso cierto tiempo y no se ha decidido a separarse con base en argumentos que suenan como pretextos. Otro dato relevante es que está yendo a hablar con el psicoterapeuta buscando algo. El psicoterapeuta, por separado, indaga que tan apagado está su sentimiento amoroso pidiéndole que imagine la separación y que después de algunos días ve a su pareja en una nueva relación, en un beso. Algunos pacientes reaccionan y se dan cuenta de que sí les interesa con lo cual cambia la perspectiva de la separación y se inicia la psicoterapia de pareja. Otros pacientes pasan esa prueba: dicen que sería muy bueno verla o verlo con otra persona, lo dicen con sinceridad y entereza. Entonces se procede al divorcio psicológico.

Dado que el psicoterapeuta ha llegado a la conclusión de que es recomendable el divorcio psicológico después de entrevistar por separado a los dos integrantes de la pareja, es necesario también por separado preparar a ambos para los posibles escenarios. En el caso de la persona interesada en la relación, se le prepara para la posibilidad de que la otra persona diga que ya no tiene interés y cómo va a reaccionar en ese caso, tanto como para el escenario de que la otra persona diga que sí tiene interés. Se le explica la perspectiva psicoterapéutica en cada opción.

Después de preparar a cada uno manteniendo la confidencialidad y la discreción, el psicoterapeuta los reúne y le pide al que desea separarse que exprese su punto de vista a su pareja. El psicoterapeuta guía la reflexión sobre el significado de esta comunicación y les propone la separación lo más rápido posible y de la manera más razonable, a veces empezando por cambiarse de recámara, pero preferiblemente definir el cambio de casa de alguna de las dos partes. Se comenta sobre separación de bienes, custodia, atención y manutención de los hijos y sobre todos los aspectos que van a vivir en las primeras etapas de la separación. A la parte más vulnerable, o a ambos si es pertinente, se les recomienda continuar un proceso psicoterapéutico individual para reconfigurar su vida.

En un porcentaje elevado de los divorcios psicológicos, cerca del 90% “rebotan”, algunos más rápido que otros: en cuestión de minutos, días, horas o semanas (y en casos con poca interacción cotidiana más tiempo), la parte que decía no estar interesada en la relación cambia su posición, con lo cual tenemos ya los dos ingredientes necesarios para iniciar una psicoterapia de pareja.

Salvo destrucciones emocionales verdaderamente extremas o prolongadas separaciones virtuales, es lógico que una persona que ha convivido con otra durante mucho tiempo tenga sentimientos amorosos hacia ella, a veces inadvertidos en medio de dinámicas enfermas. De tal manera que al sentir el vacío que llenaba la sobrerresponsabilidad de la otra parte se hagan manifiestos ante su conciencia esos sentimientos escondidos o adormecidos, opacados por la conflictividad. Al separarse, la misma distancia y el paso del tiempo, aclara la conciencia y los sentimientos, valorando muchas de esas “pequeñas cosas” cotidianas que han dejado de estar o están próximas a desaparecer.

El record de la patanería

Hace años, en un curso que duraba 2 semanas, de lunes a viernes, el jueves de la primera semana expliqué todo lo relacionado con la Ley de “El Principito”. Una de las estudiantes se quedó muy pensativa. Al día siguiente, viernes, llegó con aspecto de no haber dormido y de haber llorado mucho. Fue natural que le preguntáramos qué le ocurría. Narró entonces que el día anterior por la tarde había terminado la relación con su novio después de 11 meses. Describió cómo estaban descansando en un prado mientras esperaban a unos compañeros de clase en la Universidad. Ambos estaban hojeando algunas revistas para jóvenes. Ella que estaba inquieta por lo que había aprendido en clase, generó el siguiente diálogo:

Silvia: “Nacho… ¿Te puedo hacer una pregunta?

Nacho: “mmh… sí dime” (sin dejar de hojear su revista)

Silvia: “Nacho… ¿Yo te intereso?

Nacho: “¡¿Qué?!” (con actitud de molestia y sin dejar de hojear su revista)

Silvia: “Te pregunto que si yo te intereso…” (atenta a la respuesta)

Nacho: “Mmh… Si me lo dices así, te digo que no” (dicho con precipitación y desdén sin quitar los ojos de la revista). Obsérvese el fraseo manipulador y patanesco: no dice simplemente que no, antepone la frase “si me lo dices así”.

Silvia: “¡¿No te intereso?!” (con angustia)

Nacho: “Ya te dije, si me lo dices así te digo que no” (con la misma actitud anterior).

Silvia: (Recordando lo visto en clase, con la voz ligeramente quebrada y con una lágrima rasante en cada ojo). “Nacho, si yo no te intereso considero que no debemos continuar esta relación”.

Nacho: (con desdén y seguridad) “Como quieras…”

Silvia se levantó y se alejó llorosa mientras Nacho se quedó concentrado en alguna sección de la revista. Por eso casi no pudo dormir y lloró una buena parte de la noche.

Entonces, como parte del curso, expliqué lo del rebote frecuente en quienes dicen que una relación no les interesa, además de hacer notar la condicionalidad en el fraseo de su novio. Comenté que hasta ese momento (y hasta ahora), tratándose de una relación de pareja cotidiana (distinto cuando es a distancia), la persona que más había tardado en expresar su interés, después de haber dicho que no ya no lo tenía en su relación de pareja, había durado 21 días (tres semanas); que en otros casos la duración era mucho menor.

Típicamente ocurre lo siguiente: en un día intermedio, digamos cuando Guillermo lleva unos 14 días sin mostrar interés mientras Gloria, asesorada por su psicoterapeuta, ha suspendido su iniciativa para esperar la de él, suena el teléfono de ella, quien ve el número y contesta:

- “Bueno…”

- “Hola Gloria, habla Guillermo…”

- “Sí dime”

- “Disculpa que te moleste. ¿Recuerdas que hace meses te presté un libro sobre historia de México que necesitabas…?”

- “Sí, claro…”

- “Es que necesito ese libro para prestárselo a mi sobrino y quisiera ver si me lo podrías devolver…”

Traducido al idioma “patanesco” (lenguaje implícito) lo anterior significa: “Gloria, no sé si tienes algo que decirme, estoy a tu disposición…”.  Si Gloria no está bien preparada, responde:

  • Claro que sí Guillermo, ¿dónde nos vemos para dártelo?

En idioma “patanesco” (lenguaje implícito), la respuesta de Gloria se traduce así: “Guillermo, te extraño, gracias por tomarte la molestia de llamarme. Tu llamada llega en el momento en que más la necesitaba; ya no aguantaba estar sin ti y estaba a punto de llamarte yo. Me urge verte, tengo muchas cosas que decirte, espero me perdones y podamos hablar de lo nuestro”. En este caso Guillermo, como no queriendo y “por necesitar el libro” acepta encontrarse con Gloria y escuchar lo que tenga que decirle. Cuando se encuentren Gloria titubeará pero terminará pidiéndole continuar la relación a lo que Guillermo aceptará después de resistirse un rato para entrar al mismo esquema que habían tenido antes y continuar así el proceso enfermizo de su relación.

Si Gloria está bien asesorada por su psicoterapeuta responde:

- Claro que sí, te dejo el libro con Charo, la encargada de la biblioteca (o algo así). Hasta el luego.

Traducido esto a idioma “patanesco” (implícito) significa: “nada”, “no respuesta”. Guillermo se tensiona porque no le ha funcionado su táctica. Se da cuenta de que empieza a pensar más en Gloria, todavía resiste algunos días esperando alguna reacción de ella. A la semana siguiente, Guillermo vuelve a llamar a Gloria y ahora dice:

- “Hola Gloria, ¿cómo estás?”

- “Bien, gracias”.

- “Yo no estoy tan bien, he tenido algunos problemas en el trabajo y también algunos problemillas de salud”.

- “Pues espero que eso mejore para ti”.

- “Gloria, siento que lo nuestro se quedó inconcluso, me siento raro y quisiera conversar contigo”

- “¿A qué te refieres?”

- “Pienso que deberíamos hablar, cambiar algunas cosas y llegar a un acuerdo. ¿Cuándo podemos vernos para hablar sobre esto?”

Con la asesoría de su psicoterapeuta, Gloria advierte que Guillermo está expresando claramente su interés en la relación y por tanto está ocurriendo lo que establece la Ley de “El Principito”. Sin precipitarse, con serenidad, Gloria acepta entrevistarse con Guillermo y en la medida en que él expresa sus sentimientos ella también comenta sinceramente sobre los propios. Guillermo le propone retomar la relación de pareja y Gloria acepta señalando algunas cosas que quisiera cambiar en la dinámica. Guillermo las acepta y se reconcilian.

Ambos tendrán la tendencia inercial a volver a la dinámica anterior, por lo cual la psicoterapeuta continua asesorando a Gloria o a ambos para generar nuevos hábitos de relación entre ellos, basados en el respeto, la asertividad y el cuidado de la relación mediante la tecnología del amor.

Silvia, la estudiante exnovia de Nacho, se tranquilizó un poco con la explicación; le pareció comprensible y sustentada, pero su expresión era más bien triste por el fin de su relación y parecía tener pocas expectativas de que Nacho la buscara pronto. Su razonamiento decía que era probable pero su emoción, habituada a depender de la firmeza y seguridad de Nacho, desconfiaba de que así fuera y se mantuvo triste y ansiosa por la incertidumbre.

Al continuar el curso el lunes, Silvia llegó con un semblante sereno; sus ojos tenían un sutil brillo nuevo como de una alegría interna. Entonces contó que el domingo por la tarde Nacho había llegado a su casa con un ramo de rosas que tenía una pequeña tarjeta en la que decía: “Sí, me interesas”. Es fácil imaginar lo que sucedió después.