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Revista Alternativas en Psicología

Otra dimensión

Qué significa la muerte ha sido motivo de reiteradas reflexiones a lo largo de la historia humana. A diferencia de todos los demás seres vivos, los humanos somos los únicos que sabemos que todos vamos a morir. Dice Engels que la comparación de la muerte con el dormir hizo que los primeros humanos supusieran que morir constituía un paso a otra dimensión de vida, como ocurre con los sueños y la idea de que existía un alma que se separaba del cuerpo cuando éste moría, de tal manera que esa alma tendría vida eterna. Esa idea se mantiene en todas las religiones, por lo cual convocan a cuidar la “salvación del alma” a través de las acciones bondadosas y la adoración de Dios durante la vida terrena. Los griegos pusieron el nombre de “inframundo” a esa otra dimensión a la que se llegaba por un río (Aqueronte) en una nave conducida por Caronte. La idea de un alma separada del cuerpo al morir ha dado lugar a la creencia en la reencarnación y a los llamados “viajes astrales” que implican la separación transitoria entre cuerpo y alma. Ese enfoque es la base fundamental del dualismo alma-cuerpo, mente-cuerpo, así como de toda creencia en lo “sobrenatural”.

Foto: Patrick Manac'h

La idea de acceder a una vida después de la muerte es uno de los consuelos para los seres humanos ante la inevitabilidad de ese acontecimiento en algún momento inesperado. También es un consuelo para los familiares y amigos de un muerto, que lo imaginen en el cielo, o en otra dimensión, de tal manera que volverán a encontrarlo cuando también ellos mueran. Se cree que los muertos desde su dimensión, como almas flotantes, oyen, ven y sienten lo que los vivos hacen; aun cuando éstos no puedan percibirlos de manera corporal. Muchos dicen que sienten su presencia; los sueñan, los oyen y los ven de manera fugaz, como si hubiera algunas formas de conexión entre ambas dimensiones; o encuentran huellas o expresiones sutiles o indirectas de la acción de los muertos. La literatura, la poesía, la pintura, el cine y las narraciones populares están llenos de estas misteriosas apariciones que nutren a las creencias religiosas. Hay hasta filmaciones de fantasmas, que pretenden ser reales.

En México se invita a comer a los difuntos los días 1 y 2 de noviembre de cada año, coincidiendo con la “noche de brujas” (Halloween) que se celebra en otros países en alusión a sucesos extraños que provienen de esa otra dimensión en la que habitan los muertos, convertidos en espantos a los que se les teme porque vienen a asustar y a hacer morir a otros. En México, los muertos queridos son bienvenidos a la casa y se les prepara una ofrenda, mientras que en otros países los muertos son temidos en forma general; como en México también se teme a los fantasmas de muertos desconocidos que pueden “venir” a matar a los vivos. No obstante lo anterior, si bien en México se celebra y se convive con los muertos queridos, cada quien en su propia dimensión, una aparición “creíble” de uno de ellos, en la dimensión física de los vivos, podría trastornar y hacer sentir amenazado al más ecuánime, pues a la posibilidad de la muerte propia y a la de los demás vivos queridos se le teme casi siempre. Hasta que un día llega y no hay otra opción que aceptarla y, si se puede, “morir en paz”.

Ser para la vida

Heidegger dice que los seres humanos somos “seres para la muerte” porque cada uno sabe que va a morir inevitablemente, pues –como dice la canción popular mexicana- “para morir se nace”. Considera ese autor, que la autenticidad de un ser humano consiste esencialmente en vivir cada instante sabiendo que se puede morir en cualquier momento, pues de otra manera se vive evadiendo la responsabilidad y, por tanto, cayendo en la impersonalidad y el vacío o muerte cotidiana del ser personal. Es decir, en la medida en que una persona no asume la posibilidad continua de su muerte, está de hecho muerto como ser humano individual, singular, diferente. El asumir la posibilidad de dejar de existir, de no ser, es lo que da pleno sentido al instante que se vive, el ser único e irrepetible. Por eso la intensidad con la que se perciben los pequeños acontecimientos que se viven después de haber estado en peligro de morir, de haber tenido frente a sí a la muerte. Se tiende a caer en la intrascendencia, en la monotonía y en la trivialidad, es decir, en la sensación de que no ocurre nada relevante cuando no se ha tenido esa experiencia personal o de personas cercanas afectivamente.

Hay quienes antes de morir han muerto ya en su interés por la vida, todo es intrascendente y sólo pueden sentir que viven al disfrutar del sufrimiento y de la muerte de otros, es lo que Erich Fromm llamó necrofilia. En la Teoría de la Praxis, las tendencias necrófilas o biófilas ahora generalmente coexisten y se traslapan en alguna proporción en cada persona, en cada familia, en cada comunidad, en cada institución, en cada país y en la humanidad toda. La necrofilia solamente será insignificante cuando los seres humanos se reconcilien con su entorno y entonces sí sean esencialmente “seres para la vida”.

¿Qué es la muerte?

Cuando una persona muere dejan de funcionar sus órganos: corazón, cerebro, hígado, pulmones, etc. Las conexiones eléctricas que propiciaban su capacidad de sentir (ver, oír, oler, saborear, tocar, tener frío o calor), pensar o actuar han dejado de funcionar. Por eso al cadáver se le puede enterrar o cremar, pues ya no siente. Por eso, bien decía Epicuro que no hay que temer a la muerte porque ésta no se siente. Mientras sientas algo es que todavía estás vivo.

Las personas que han “experimentado” situaciones “cercanas a la muerte” o que dicen “haber vuelto de la muerte” hablan de que vieron una luz blanca intensa y algunos hablan de sensaciones de flotar y de estar en el cielo, etc. Todas las cuales son “vivencias” es decir expresiones de vida. Desafortunadamente, hasta ahora, no es posible volver de la muerte. Quizá esto pueda ocurrir dentro de algunos siglos en que pueda mantenerse el cerebro intacto en situaciones de muerte hospitalaria programada y volver a hacerlo funcionar manteniendo todas sus conexiones. Si un día eso es posible, la persona revivida no podrá narrar nada de lo sentido durante su estado muerto, pues no podría haber sentido nada.

Entonces, cuando alguien muere sus ojos, sus manos, sus oídos, su cerebro, dejan de funcionar. No hay forma de seguir funcionando como un alma etérea, como una “energía organizada” que pudiera tener alguna manifestación en algún momento o reencarnar físicamente en otra persona. El muerto, como individuo, no puede actuar ni pensar ni sentir absolutamente nada.

Sin embargo, una persona no solamente es su cuerpo, hay algo esencial en ella que sin duda sobrevive a su muerte: su manera de ser. Su manera de pensar, su manera de actuar, sus actitudes, sus gustos, su estilo personal, su red de relaciones, sus cosas personales, su obra, su historia, su trabajo, su nombre quedan y siguen viviendo gracias al carácter social de los seres humanos, es decir, a través de otros. No solamente viven cuando se les recuerda, como a veces se dice, sino que viven en la medida en que esa manera de ser se expresa en algunos rasgos de la manera de ser de sus hijos, familiares, amigos, vecinos, alumnos y de la sociedad en general. Más todavía cuando su obra se mantiene duraderamente, como ocurre especialmente en el caso de los grandes científicos, artistas y políticos de todos los tiempos, cuya obra es su actuar vigente que trasciende el tiempo. Hoy seguimos dialogando con Aristóteles o Platón cuando los leemos, o Miguel Angel nos sigue sorprendiendo con su creación y Da Vinci nos sonríe en la Gioconda, mientras John Lennon nos hace imaginar y Benito Juárez sigue dirigiendo mucho de la nación mexicana. En determinada proporción, todos los seres humanos generan con su vivir expresiones que trascienden y se mantienen eternamente vivas. Eso es lo que Nietzsche quiso decir con la idea de que cada instante es para siempre y se mantendrá repitiéndose infinitamente; de allí la importancia de cuidarlo.

Por otra parte, la muerte significa “dejar de ser” y si bien una persona al morir deja de ser lo que era y se transforma en algo distinto, ahora vive esencialmente a través de los demás, también hay que observar que esto ocurre de manera continua. Los adultos de hoy han dejado de ser los niños que fueron; esos niños están muertos. En el adulto el niño que fue vive de otra forma pero ya no es lo que era. Es decir, estamos muriendo a cada instante. Vivir es morir continuamente y morir es otra forma de vivir. La vida es como el fuego que justamente es más intenso conforme más rápido consume lo que lo hace vivir. El combustible humano es la con-vivencia, que permite a cada uno integrar en su propia vida la vida de otros. Entre más una persona integre a su ser el ser de los otros, su vida será más intensa y duradera, trascendiendo con mayor profundidad a la muerte corporal.

La muerte duele

Al muerto no le duele nada, ni siquiera pudo darse cuenta cuando murió. Pero quienes lo aman, en la medida de la intensidad de ese afecto, sienten mucho dolor por la pérdida. Antes de morir, esa persona era una parte viva en cada uno de los demás. Al morir sigue viva en los demás, pero su muerte también significa la muerte de los otros, los demás han dejado de ser parte de lo que eran cuando esa persona estaba viva: la esposa ahora es viuda, entra a otra etapa. Al dejar de ser el individuo, deja de ser el mundo que él constituía para los otros. Así, la vida y la muerte son dos aspectos comunicantes de un mismo proceso: una persona vive muriendo y otra muere viviendo.

La muerte duele por la brusquedad con que se arranca una parte esencial de alguien, como si de repente se le desprendiera un brazo o cualquier otra parte de su cuerpo. La muerte de una persona cercana significa desprender una parte fundamental de la identidad de otro(s). A veces, o en parte, la muerte de un ser querido se desea o se experimenta también como alivio, en la medida en que esa parte de la identidad del que queda vivo ha estado o puede estar bajo una situación de sufrimiento muy intenso; y duele tanto percibirlo o saberlo así, que es preferible el dolor de su desprendimiento. Como en el caso del suicidio, en que la vida es tan dolorosa que la muerte es una opción para escapar del sufrimiento.

Psicoterapia natural-social del duelo

Cuando una persona fallece, sus allegados entran en una crisis emocional.  A lo largo de la historia, la sociedad ha generado formas terapéuticas para ayudar a esas personas a afrontar dicha situación. Es importante analizar dicho proceso terapéutico natural-social dentro de una perspectiva psicoterapéutica integral. Pueden identificarse los siguientes  factores psicoterapéuticos que la sociedad ha generado históricamente:

  1. Afecto, comprensión, apoyo. En cuanto la persona se entera del fallecimiento de su ser querido expresa llanto, confusión, bloqueo y desesperación. La famosa fase de negación de la que hablan los manuales sobre duelo. Lo que hacen las personas que están en condiciones menos intensas es abrazarle, expresarle afecto, permitir que desahogue su llanto y en momentos oportunos decir frases que ayuden a expresar y así a aceptar y procesar lo que está ocurriendo: “fue algo totalmente inesperado”, “¿cómo pudo ser posible?”, “Dios decidió recogerlo” (es decir, estuvo fuera de toda previsión y las cosas ocurrieron sin que nadie pudiera impedirlo). También es muy importante la solidaridad y el acompañamiento emocional: “Comparto tu dolor”. Las personas que están adoloridas por la pérdida de un ser querido realmente valoran mucho las expresiones afectivas y de solidaridad, las cuales son muy favorables para su recuperación emocional.
  2. Narrativa e Integración de realidad. En los momentos en que el doliente logra disminuir la intensidad de su llanto, se promueve la narración detallada de los acontecimientos que derivaron en la muerte. Esto permite cicatrizar la ruptura de la continuidad entre pasado, presente y futuro, herida o rota por la muerte inesperada, y darle así una mayor comprensibilidad y posibilidad de aceptación emocional. Esta narrativa sobre todo es importante durante las primeras horas posteriores al fallecimiento y después, gradualmente y en vaivén, es conveniente ocuparse de otros temas cada vez menos cercanos, de tal manera que el evento se integre como un elemento de la historia general de los dolientes. Ocurre naturalmente que van llegando personas de más lejos, quienes vuelven a hacer lo indicado en el punto 1, para luego preguntar y propiciar otra vez la narración de lo sucedido para después comentar algunas cosas de su propia historia, con lo que se produce el efecto de vaivén y gradualidad mencionado. 
  3. “Terapia ocupacional”. Una manera de disminuir y compensar el estado de choque y dolor por la pérdida del ser querido lo constituye la realización de actividades lógicas en esos momentos: poner sillas para que puedan sentarse las personas que están llegando, llamarles a personas a quienes se considera necesario avisar, conseguir un ataúd, atender los trámites para lograr el acta de defunción y para el sepelio, hacer la solicitud para realizar los rituales funerarios (generalmente religiosos), preparar algo de comida para las personas que se reúnen, etc. Estas actividades propician que la atención de los dolientes se dirija por momentos hacia otros temas amortiguando el sufrimiento emocional que significa concentrarse en la pérdida; y, al mismo tiempo, realizar esas acciones contribuye a configurar y aceptar una nueva realidad en la que la persona fallecida no está presente como antes, sino ahora de una nueva manera.
  4. Rituales, cosmovisión y portavocía. Los más preparados para realizar esta función han sido los sacerdotes de las diferentes religiones. Ellos inducen a los dolientes y sus allegados a realizar acciones (persignarse, hincarse, etc.) y expresiones verbales (oraciones) compartidas que expresan dolor y aceptación por lo ocurrido, con lo cual se va reconfigurando la situación social que implica la ausencia física del fallecido. También los sacerdotes explican lo que significa la muerte dentro de su religión con lo que ayudan a los dolientes a comprender y organizar mentalmente lo sucedido. Todas las religiones hablan de la vida en otra dimensión en la que ahora está la persona fallecida, lo que permite a los dolientes sentir que en algún lugar su ser querido está bien, mejor aún que si estuviera vivo y que algún día se encontrarán con él. Además, los sacerdotes y otros líderes fungen como portavoces de la comunidad, al poner en palabras dirigidas a la comunidad, lo que familiares, amigos y conocidos del difunto están sintiendo y han estado expresando en forma dispersa. Con la voz del sacerdote o líder se estructura un sentimiento colectivo que contribuye a una sensación de compartir todos de manera clara una nueva realidad. En algunos casos la portavocía también se hace a través de música y cánticos que expresan y unifican los sentimientos que se están teniendo por todos.
  5. Símbolos de vida. Es importante en el proceso de terapia de duelo el contacto con símbolos de vida que compensen la sensación de muerte que agobia a los dolientes. El fuego de las velas y de las veladoras, las flores, el agua, las plantas y el olor del incienso tienen esa función, si bien su uso tradicional ha generado precisamente una sensación ambigua que resulta adecuada en esas circunstancias: vida y muerte. La vida que se muere, la muerte que se vive. Los vivos que sufren su propia muerte en el otro, el difunto que se mantiene vivo en los vivos. Poco después de que ocurrió el sismo de 1985 y la Ciudad de México en su conjunto se había convertido en un símbolo de muerte, en una conferencia sobre el afrontamiento psicológico de la situación, sugerí que en lo posible las personas salieran un poco de la ciudad para entrar en contacto con las plantas, con animales, con el agua, con el sol, como una manera de percibir y valorar la vida y fortalecer así su capacidad de afrontamiento y de reencauzamiento vital.
  6. Símbolos de despedida. A través del proceso de duelo se va reacomodando y preparando a las personas para la despedida, que significa la aceptación final de la ausencia física del ser querido. Las palabras que se dirigen al muerto y otras formas de adiós en medio del dolor por su partida son elementos importantes para la resignación y conformación de los dolientes.
  7. Ritual de desvanecimiento terapéutico. Cuando acaba de ocurrir el fallecimiento, durante el velorio y hasta 24 horas ocurren de manera intensiva e intercalada cada uno de los factores antes mencionado, hasta el momento del sepelio: la sepultura o la recepción de las cenizas después de la cremación son el indicador del nuevo lugar, de la nueva circunstancia del ser querido. Simboliza una nueva relación, una nueva realidad que los dolientes están aceptando en ese momento. Pero en la medida en que el significado emocional del difunto era mayor será necesario un proceso de desvanecimiento en la aplicación de dichos factores psicológicos. Por eso la religión creó los rezos diarios durante nueve días, que se supone ayudan al alma del fallecido a hacer el tránsito hacia el cielo o a la otra dimensión. Dimensión que en la Teoría de la Praxis es justamente la integración del ser vivo de la persona que ha muerto ahora en los recuerdos, en las expresiones, en las actitudes y en los proyectos de los vivos. El novenario contribuye así al proceso necesario de reacomodo psicológico gradual, sin el cual la confusión, el bloqueo, la desorientación y la irritabilidad, el estado de conflicto emocional, se mantendrían de manera duradera. Después del novenario suelen haber rituales y reuniones semanales durante el primer mes, después esto se realiza de manera mensual durante un año y luego ocurre cada año hasta que se diluye gradualmente en la comunidad.

Psicopatología del duelo

Es muy difícil para un niño de 2 a 4 años superar la muerte de su madre, porque ella era prácticamente “todo su mundo”. Las secuelas de la separación de la madre en ese proceso suelen ser muy importantes durante toda la vida. Posteriormente, será más difícil afrontar la muerte de un ser querido en la medida en que la relación haya sido intensa y existan pocas relaciones afectivas importantes con otras personas. Una persona que queda emocionalmente sola o casi sola después de haber perdido a su casi único ser querido es probable que se trastorne gravemente e incluso muera poco tiempo después. A mayor soledad emocional mayor trastorno psicológico.

Algunas de las personas que se alteran mucho ante la muerte de un ser querido se sienten incapaces de afrontarlo y tratan de evadirlo ausentándose o alejándose de las relaciones sociales y de las actividades que acostumbraban realizar. A veces estas personas no quieren participar en el velorio y en el sepelio, con lo cual no tienen los beneficios del proceso terapéutico que ello implica, con lo que pueden mantener un duelo mucho más prolongado y sufrir diversas alteraciones emocionales. Los fantasmas de los muertos son alucinados por personas que no han tenido el proceso terapéutico del duelo. Son rasgos psicóticos que pueden ser más o menos graves o transitorios. Es comprensible que haya este tipo de trastornos durante las primeras semanas o meses después del fallecimiento, pero a más tardar en un año la aceptación de la nueva realidad debiera ser esencial. Un duelo intenso que dure más de un año constituye un trastorno psicológico que es necesario atender terapéuticamente. Es comprensible que durante muchos años haya momentos cada vez más esporádicos y menos duraderos en que se entre nuevamente a la crisis emocional al recordar el evento de la muerte de un ser querido. Durante el primer año esto puede constituir el elemento principal al que se dirija el pensamiento del doliente y se considera parte del proceso de sanación psicológica; sin embargo, después del primer aniversario de la muerte la atención deberá centrarse en otros temas aunque todavía haya muchos momentos de dolor que poco a poco irán disminuyendo a lo largo de muchos años e inclusive durante toda una vida.

La depresión es el efecto psicológico más frecuente y duradero de la muerte de un ser querido, a veces con algunos elementos esquizoides de desorganización mental y la presencia de alucinaciones. También es frecuente la irritabilidad y la hostilidad hacia otras personas. Síntomas que se irán desvaneciendo en la medida en que el tiempo y los procesos terapéuticos naturales-sociales vayan teniendo su efecto.

Uno de los efectos psicopatológicos más duraderos lo constituye la suplantación inconsciente del muerto. Para afrontar el dolor de la muerte, como si se quisiera regresar el tiempo o reponer la vida que se ha perdido, una o varias personas entre los familiares empiezan a actuar muy parecido a como lo hacía la persona fallecida y ocupan el lugar funcional que aquella tenía. Se sientan en el lugar de la mesa que era habitual que ocupara; las madres o los hermanos mayores se hacen responsables de los hijos que dejó como si fueran él; algún hijo cela a su madre como lo hacía su padre; una hija decide no casarse y atender a su padre como lo hacía su madre, etc.

Psicoterapia del duelo

Casi un mes después de que su hijo se había suicidado a los 26 años, llevaron a la madre a consulta psicológica pues casi no podía dormir, casi no quería comer, había ya perdido varios kilos de peso, lloraba continuamente y nada parecía consolarla. Solamente podía estar un poco más tranquila mientras estaba bajo el efecto de medicamentos recetados por un médico. La señora de unos 53 años decía sentirse culpable de la muerte del mayor de sus dos hijos, con quien ella tenía una relación de confianza y afecto como la que tenía con su otro hijo, pero aún más intensa. Algo ella había hecho mal al educarlo para propiciar que este se suicidara.

La paciente contó que había ido primero con un psiquiatra, quien le dijo que el hijo había sido un egoísta que no había tenido en cuenta el sufrimiento que le iba a causar al suicidarse y que si el hijo había sido egoísta con ella, no tendría por qué ella seguir sufriendo por él y lo conveniente era olvidarlo o menospreciarlo como egoísta. La paciente no quiso continuar el tratamiento psicológico con el psiquiatra y buscó a un psicoanalista.  El psicoanalista al estar escuchando la narración de los sentimientos de la paciente, entre dientes y en medio del llanto,  creyó escuchar la frase “y… me gustaría que mi esposo se enfermera y pudiera morir también, o mi otro hijo”. El psicoanalista le pidió que repitiera lo dicho y la señora dijo “que no quisiera pensar que mi esposo o mi otro hijo pudieran enfermar o morir también”. El psicoanalista insistió en que ella inconscientemente estaba deseando también la muerte de su esposo y de su otro hijo, y que mientras no lo reconociera así ella no podría superar su situación emocional. Salió también sintiéndose mal de ese tratamiento. Tuvo la recomendación de acudir a otro psicoterapeuta y sin mucho interés finalmente aceptó a ser llevada.

Contó la historia: un muchacho alegre, responsable y lleno de vida de repente había decidido quitarse la vida sin causa aparente. A petición del psicoterapeuta, entre la primera y la segunda sesión, con dificultad emocional la madre averiguó que pocos días del suicidio antes se había roto la relación de noviazgo que el hijo tenía y el día del suicidio se había enterado de que “novia” tenía ya una nueva relación amorosa. El psicoterapeuta explicó que hay suicidios que se derivan de una condición emocional prolongada y es posible preverlos, pero otros –como era este caso- ocurren en un momento de arrebato y es muy difícil o imposible preverlos. Eso ayudó a disminuir un poco su sensación de culpa. El psicoterapeuta le brindó comprensión de sus sentimientos y apoyo emocional, pidiéndole que conversara con familiares y amigos sobre cómo se sentía y sobre otros temas, así como retomara las clases de tejido que daba antes del fallecimiento de su hijo.

Entre la primera y tercera sesión (una cada semana) hubo una mejoría mínima, casi imperceptible. Había comido un poco mejor y había dormido un poco más pero persistían los síntomas que tenía desde la primera sesión. En la tercera sesión, el psicoterapeuta le preguntó qué había pasado después del fallecimiento en la recámara de su hijo donde había ocurrido el suicidio. La respuesta fue que no había ocurrido nada: estaba cerrada, intacta, tal como la había dejado el muchacho. El psicoterapeuta pidió a la paciente que abriera la recámara y la mantuviera con puerta y ventana abiertas durante el día y, si era posible, entrara a guardar la ropa y las pertenencias del hijo, regalando algunas cosas. Sabiendo que era difícil, si se sentía emocionalmente capaz en el momento, con ayuda de su esposo y de su hijo menor, cambiara la forma en que estaban acomodados los muebles dentro de la recámara, sacando algunos de ellos y poniendo algunos otros.

En la cuarta sesión el reporte fue muy favorable: había logrado hacer todos los cambios solicitados en la recámara del hijo. Desde entonces había logrado comer mucho mejor y dormir bastante bien; había tenido ya su primera clase de tejido. El llanto y la expresión depresiva habían tenido episodios en algunos momentos de cada día y ya no eran continuos.

En la quinta sesión semanal la mejoría fue todavía más consistente, al grado que se dio de alta a la paciente y se le pidió que volviera en un mes, salvo que hubiera alguna situación emocional que lo requiera antes. Volvió en un mes esencialmente recuperada aunque manteniendo el dolor natural por la pérdida de su hijo, con expresiones de llanto de dos a tres veces por semana. Se le citó en dos meses y la evolución fue también positiva por lo que se dio de alta.

Psicoterapia familiar de duelo

La psicoterapia familiar de duelo ha sido asumida principalmente por los sacerdotes y los tanatólogos, estos últimos también generalmente apoyándose en conceptos religiosos. Ha hecho falta que los psicólogos cuenten con capacidad para ofrecer psicoterapia psicológica en momentos de duelo, lo cual requiere e implica un cambio cultural significativo, pues ahora es relativamente raro que una familia pida apoyo psicológico para afrontar un duelo, salvo que ya estén en el proceso terapéutico antes de sufrir dicha pérdida.

La psicoterapia de duelo tendría que retomar los elementos de apoyo mencionados antes al explicar la psicoterapia natural, utilizando la explicación de la vida eterna a través de los otros y el proceso de aceptación del dejar de ser continuo (la muerte continua) y el dejar de ser de los vivos que implica la muerte de un ser querido. De esa manera, el psicoterapeuta enfatiza el ser vivo de la persona que ha muerto, a través del impulso de sus anhelos y sus proyectos por parte de quienes pudieron valorarlos en su momento y ahora pueden hacer portadores de los mismos. La familia, los amigos, la comunidad hace vivir a la persona fallecida. Hablar de esos anhelos, de lo que le gustaba y lo que no le gustaba, de lo que decía, de los mejores atributos del difunto que hay que hacer vivir, es parte de la portavocía que los psicoterapeutas deben aprender a ejercer en momentos emocionalmente difíciles.

Después de que ha transcurrido la fase más crítica del duelo, las primeras 48 horas, al hablar de la función psicológica, el significado, que el difunto tenía dentro de la familia, el psicoterapeuta debe ayudar a la familia a decidir quién retomará cada una de las diversas funciones que el difunto tenía dentro de la familia, procurando que no se concentren en una sola persona sino que se distribuyan de la manera más equitativa posible. Por ejemplo, si es el padre-esposo el que ha fallecido, ahora cómo se afrontará la carencia de las aportaciones económicas que hacía; quien se encargará del mantenimiento y supervisión del auto que tenía. Así distribuir sus pertenencias y funciones. En ese mismo sentido, debe evitarse que una sola persona ocupe el lugar habitual en el comedor, turnándose para hacerlo hasta que sea innecesario recordar a quién le toca. Se trata de que entre todos absorban las funciones psicológicas del fallecido.

Los niños y la muerte

En general, no es recomendable hablar sobre la inevitabilidad de la muerte a niños menores de 7 años debido a que no tienen las capacidades de organización cognitiva para comprender entre otras cosas la dimensión del tiempo, de tal manera que decirles que ellos o sus padres van a dejar de estar (morir) dentro de muchos años, provoca en ellos una angustia similar a la que a un adulto le provocaría saber que le quedan meses, semanas, días u horas de vida.

Por ello mismo, es importante evitar en lo posible que los niños pequeños tengan, sin ser indispensable, contacto con experiencias de muerte que traigan el tema de la desaparición necesaria de las personas en algún momento. Solamente cuando la persona que muere forma parte del grupo primario o secundario de un niño (integrantes de la familia nuclear o abuelos, primos, tíos o amigos cercanos) es necesario que el niño realice el proceso de duelo con apoyo de la familia y, preferiblemente, de un psicoterapeuta.

Cuando es necesario que un niño entre los 2 y los 7 años sepa que un ser querido ha muerto, es importante usar metáforas para referir que la persona fallecida ha pasado a otra manera de vivir, que está en el cielo, que lo puede ver desde una estrella y que en el futuro, algún día, el niño podrá ir hasta ese lugar para ver otra vez a la persona que hoy se va. Aun cuando esas metáforas obviamente no representan la creencia del adulto, cuando el niño crezca y comprenda que la muerte de aquel familiar no representó lo que le dijeron en su momento, agradecerá que lo hayan hecho y comprenderá también el por qué lo hicieron. En cambio, no usar esas metáforas y decir las cosas crudamente a los niños, como si fueran mayores, puede afectar gravemente y de manera duradera su salud psicológica, considerando que entre los 2 y los 7 años están formando su noción primaria del mundo, de la vida y de sí mismos, y la forma en que eso quedé configurado constituirá el núcleo de su autosensación (Yo), de lo que dependerán muchas de sus actitudes y de su personalidad futura.

Diálogo de una niña de 4 años con su madre

  • Mamá, ¿antes de nacer yo dónde estaba?
  • Estabas dentro de mí, en mi panza
  • Pero ¿antes de estar en tu panza en dónde estaba yo?
  • Pues en ningún lado, no existías.
  • Entonces, ¿antes de estar en tu panza yo estaba muerta?

Antes de ser lo que es, la niña estaba peor que muerta pues ni siquiera tenía algún significado definido, era a lo más una posibilidad general o un vago proyecto. No era y el no-ser es la muerte. En ese sentido, si hemos estado todos muertos tantos miles de millones de años, por qué ha de aterrarnos algo similar en el futuro. Lo importante es la vida, el significado, lo que ya ha sido, y eso no muere, se repite eternamente, dice Nietzsche. La vida es para siempre, como lo es también la muerte. Por eso, ahora, con nosotros, todos los muertos de la historia están vivos.

¡Los muertos están vivos!

Nos siguen a cada paso,
Andan entre las cosas y lugares que tocaron.
Surgen gigantescos por encima de las nubes
O desde atrás de las montañas.
Caminan sobre los mares,
Se meten en nuestros sueños,
Miran con serenidad eterna,
Llenan el espacio con su sonrisa tenue,
Acarician nuestro rostro con el viento.
No son fantasmas, están realmente vivos.
Cuidemos la continuidad de su  presencia.