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Revista Alternativas en Psicología

Foto: Esteban David

La familia es el grupo primario no solamente porque es el primer grupo al que cada persona pertenece, sino porque suele ser el sistema básico de referencias afectivas que le da significado a la vida de cada persona, considerando que es imposible la vida de un ser humano sin compartir significados, entre ellos la propia identidad como significado nuclear de todos los significados. Para saber qué soy y quién soy es necesario compartir esto con alguien más, con quien se tiene una historia de significados compartidos sobre los que se montan los nuevos significados incluyendo al Yo.

Es importante que la familia sea un grupo, más que una pareja sola (esposo-esposa, madre-hijo, hermano-hermana, etc.) porque eso permite la pluralidad de influencias, el contrapeso de los afectos y los rechazos hacia unos y otros y, por tanto, la fortaleza de cada persona al contar con las múltiples posibilidades y apoyos emocionales y prácticos de los integrantes variados de una familia numerosa y cohesionada. Por eso, no es cierto que “la familia pequeña vive mejor”, si bien la organización de una familia numerosa puede ser más compleja y tiene el inconveniente actual de que tendría que estar cimentada en múltiples embarazos que podrían también afectar a los proyectos personales de la madre. Este inconveniente disminuye con la posibilidad de adopción de niños que hayan perdido a su familia, siempre y cuando se les pueda ofrecer un trato muy similar al de los hijos biológicos.

 

El concepto de la familia cambia conforme se modifican los roles que cumplen sus integrantes, los cuales se basan en las características de sus actividades. El impacto más importante de los últimos 100 años sobre la dinámica de la vida familiar lo ha tenido el cambio del rol femenino, que se ha hecho más parecido al tradicional rol masculino, el cual no ha variado tanto. Lo que ha tenido como consecuencia modificaciones significativas sobre la crianza de los hijos. Ahora hay muchos hijos(as) sin hermanos o con sólo un hermano(a), con menos atención materna, sin contar con la mayor atención paterna correspondiente, así como menos posibilidades de salir a convivir libremente con otros niños del barrio debido a la inseguridad pública que cada vez es más alarmante. Los niños pasan mucho tiempo encerrados en pequeños departamentos, consumiendo televisión, juegos electrónicos o internet, o bien abrumados por actividades escolares y extraescolares que los mantienen ocupados para no interrumpir con su hiperactividad las también extenuantes ocupaciones de sus padres.

En ese contexto, la familia atraviesa por una serie de etapas que –como en todo proceso- la consolidan cuando son superados sus desafíos, pero la hieren y la destruyen (así como a la vida de sus integrantes) cuando no logran afrontarlos con éxito. Es importante conocer esos desafíos, prevenirlos y, sobre todo, hacer acopio de herramientas y estrategias para remontarlos.

  1. El noviazgo y el amor como germen de un nuevo grupo primario

El noviazgo es el germen de una familia porque significa la identificación amorosa, la intimidad, la confianza, la cooperación y la posibilidad de tener hijos a quienes educar y formar, para darle continuidad a un determinado proyecto social y de la especie humana. Cuando una pareja, y por tanto una familia, se funda en otros criterios que no son la afinidad amorosa, no logran constituir un grupo primario real, lo que puede afectar gravemente la salud psicológica de sus integrantes además de la fragilidad de esa aparente unidad.

El noviazgo surge como atracción exogámica al disminuir los niveles de intimidad en la familia de origen, dado el alejamiento corporal entre padres e hijos y entre hermanos por la prohibición moral y psicológica del incesto, en la medida en que surgen los caracteres sexuales secundarios. Las amistades adolescentes y, sobre todo, el noviazgo son la nueva intimidad que hace al grupo de amigos o a la pareja un nuevo grupo primario que se sobrepone en importancia a la familia de origen. Ahora se tiene más confianza en los amigos o en el novio o en la novia que en los padres y hermanos.

Los novios comparten actividades placenteras y tienen pocas obligaciones. En la medida en que hay más responsabilidades y actividades obligatorias que placenteras el noviazgo entra en crisis, como después ocurre con los matrimonios. Es lógico que cuando hay pocas presiones y muchas actividades interesantes y placenteras basadas en el acuerdo mutuo, cada integrante de la pareja exprese sus mejores actitudes: caballerosidad, flexibilidad, ternura, atención a la pareja, deseo de agradarle, respeto, etc. Mientras que ocurre lo contrario cuando prevalecen las presiones, obligaciones y exigencias.

La libertad con la que cada integrante participa en el noviazgo favorece su enamoramiento y le hace flexible para comprender, entender, aceptar, participar y adoptar estilos culturales que son muy diferentes a las que se estaba acostumbrado en la familia de origen. Esa flexibilidad se transforma en rigidez y tensión cuando son las presiones lo que predomina.

Muchos noviazgos pasan rápidamente a la siguiente etapa (matrimonio) debido a los conflictos, la soledad o a lo aburrido de las familias de origen, aún sin haber madurado suficientemente el acoplamiento cultural que supone la vinculación con una nueva persona. Algunos de estos noviazgos también se precipitan por la existencia de un embarazo no deseado, producto de la falta de una suficiente preparación en el uso de anticonceptivos. Dado que esos matrimonios no son producto de una decisión clara tomada por una persona segura de sí misma, de lo que quiere y de lo que no quiere, las posibilidades de conflictividad y ruptura en el corto plazo se acentúan.

En el otro extremo están los noviazgos prolongados, aquellos en que los novios son absorbidos por una de las familias de origen y se integran a su dinámica en el rol de novios, esperando contar con todas las condiciones idóneas para pasar a la siguiente etapa por el temor a perder el estatus de relativa comodidad y seguridad que les ofrece la familia de origen. Estos noviazgos, cuando después de muchos años se deciden a vivir en pareja, generalmente han perdido el entusiasmo y la flexibilidad que ayudarían a su acoplamiento en la nueva circunstancia, por lo que la existencia de conflictos significativos les hará extrañar la estabilidad que vivían en sus familias de origen y con relativa facilidad pueden decidir volver a ella y romper ese matrimonio que ya no les genera expectativas.

Tanto en los noviazgos cortos como en los noviazgos largos hay excepciones que mantienen una relación matrimonial esencialmente motivada y positiva de manera duradera, ya sea por la eventual casualidad de que sus perfiles psicológicos de acoplamiento sean muy compatibles, o bien, porque además se trató de personas con un buen nivel de salud psicológica que tomaron pronto la decisión o la pospusieron  debido a elementos razonados y claros, compartidos por ambos.

La profundización amorosa que lleva a un determinado grado de intimidad satisfactoria en el noviazgo genera la fantasía de vivir con mayor satisfacción al avanzar hacia un mayor grado de intimidad a través del matrimonio o vida en pareja para:

  1. Integrarse como una unidad independiente, separada relativamente de la influencia y participación de las familias de origen
  2. Formar un patrimonio propio compartido dirigido a proyectos de interés para ambos integrantes de la pareja.
  3. Favorecer y facilitar operativamente el apoyo y la cooperación entre los integrantes de la pareja.
  4. Procrear y educar a los hijos para darle una nueva amplitud al nuevo grupo primario con base en valores, ideales, aspiraciones, proyectos y el deseo de trascender de la pareja, además de las tendencias hormonales hacia la ternura materna y la protección paterna.

Antes también se pensaba que el matrimonio permitía el acceso a una vida sexual frecuente, pero en la actualidad, y cada vez más, los novios suelen tener vida sexual con más frecuencia que en los matrimonios, si bien hay quienes todavía conservan la tradición y siguen viendo al matrimonio como un elemento de legitimidad para el acceso a las relaciones sexuales.

Es recomendable que las parejas de novios que piensan en vivir juntos recurran a asesorías psicológicas, talleres y cursos que los orienten, preparen y entrenen para lo que significa la vida en pareja, tocando temas como formas de comunicación, organización del hogar, presupuesto compartido, patrimonio compartido, equidad de género en el matrimonio, relaciones sociales de la pareja, tecnología del amor, planeación y educación de los hijos, sexualidad, etc.

  1. El matrimonio o vida en pareja: presiones, responsabilidades, culpas y chantajes.

Cuando los novios se casan o deciden vivir juntos cambia mucho la dinámica de su relación. Poco a poco disminuyen las actividades típicas de “salir” al cine, a tomar el café, a comer, a caminar, a conversar durante horas. Las llamadas por teléfono y los mensajes electrónicos que durante el noviazgo eran amorosos, prolongados y muchas veces triviales se van volviendo cada vez más operativos y demandantes.

No es que los novios dejen de fingir o se quiten la “máscara” al poco tiempo de vivir juntos, sino que las presiones y responsabilidades que implica el matrimonio tienden a ser excesivas y eso transforma su humor y los vuelve rígidos. Conforme las cosas no salen como se suponía surgen momentos de frustración y estados neuróticos cada vez más duraderos, por lo que se requiere echarle la “culpa” a alguien como manera de compensación. Ese alguien es la persona más cercana, a la que se le tiene más confianza y se supone que debiera estar dispuesto(a) a aguantar y a hacerse responsable, como implica la decisión de haberse casado o de vivir juntos.

Entre mayor sean las presiones, el desbordamiento de responsabilidades, la exigencia de cumplir con determinadas expectativas, mayor serán las probabilidades de frustración, neurosis y del mutuo culparse de la pareja. Además, en las grandes ciudades ocurre que las distancias entre el trabajo de uno y otro miembro de la pareja les impide comer juntos de lunes a viernes, por lo cual se ven apenas muy temprano antes de salir a trabajar y luego ya extenuados por la noche para conversar un poco cosas operativas, no de buen humor, y a dormir para cumplir la misma rutina al día siguiente; salvo los fines de semana en que muchos van de compras, ven el futbol o conviven alternadamente con las familias de origen sin darle espacio a la pareja, lo que contribuye a generar fricciones, malos entendidos y sentimientos de soledad. Soledad que una parte puede compensar con “amistades”, dominó y alcohol, mientras otra lo hace con telenovelas y chismes de artistas y vecinos, o disfrutando ambos masoquistamente de sus episodios de violencia verbal y a veces corporal que les permite tener el pretexto para reconciliarse y tener un momento de disfrute entre muchos días de desgaste. Pero la espiral negativa continúa gradualmente hasta niveles en que hay conflictos graves y puede venir la separación.

De allí la importancia de -al menos parcialmente- seguir siendo “novios” durante el matrimonio: “salir” al cine, a tomar un café, ir a bailar, pasear, caminar de la mano, así como dedicar tiempo amplio para conversar, hacer cosas novedosas y, por supuesto, darle espacio y variedad al aspecto sexual. Con base en la experiencia clínica hemos podido establecer que una relación matrimonial positiva requiere al menos de un bloque de 3 horas de “noviazgo” cada quince días; cuando ese nivel es más bajo la tendencia de la relación de pareja será cada vez más negativa. También es indispensable que al menos 2 veces entre semana coman juntos, a mitad de la jornada, para evitar esa sensación de lejanía y extrañeza que el teléfono y los mensajes celulares no logran eliminar. Si los dos integrantes de la pareja recorren la mitad del camino para encontrarse y comer juntos, pueden tener esa opción en casi todos los casos. En el mismo sentido, para proteger la relación de pareja, sería conveniente que al menos uno de cada tres fines de semana se le dedicara a cultivar la relación de pareja, a través de un paseo o un retiro de solamente 2 personas. Los “rapidines” que se vuelven habituales en parejas que no tienen tiempo para más, si bien de manera ocasional pueden ser apasionantes, no son aconsejable como práctica regular.

Es importante también procurar disminuir a niveles razonables el desgaste laboral que tienen uno y otro integrante de la pareja. Para que haya salud psicológica, y por tanto una actitud favorable en la relación de pareja, es necesario que el promedio de horas de trabajo diario sea inferior a nueve horas, incluyendo labores de la casa. Tener promedios más elevados de desgaste correlaciona con la frecuencia de mal humor, tensiones, malos entendidos y conflictos progresivos. Si los dos integrantes de la pareja trabajan fuera de casa alrededor de 8 horas, es necesario que cuenten con apoyo para labores domésticas,  a través de otras personas, tecnologías y/o empresas dedicadas a la cocina, la lavandería, la planchaduría, las compras, los trámites, etc.

  1. El nacimiento, espaciamiento  y la educación de los hijos

En la etapa 1 se hablaba de “novia” y “novio”, en la etapa 2 se transformaron en “esposo” y “esposa”, pero en la etapa 3, al nacer el primer hijo los roles principales suelen ser el de “madre” y “padre”, desplazando a una importancia secundaria o casi inexistente los roles anteriores.

A veces la llegada del primer hijo(a) es muy pronto, dado que el embarazo surgió antes de vivir juntos o en los primeros meses de matrimonio. Todavía no termina de asentarse la segunda cuando se entra a la tercera etapa, lo que implica un proceso de adaptación más complejo y, por tanto, más riesgoso para la salud psicológica de esa familia. Lo ideal sería que los matrimonios ocurrieran entre los 24 y los 32 años de edad, habiendo ya definido una vocación ocupacional que permita la independencia económica de ambos integrantes de la pareja y la madurez personal correspondiente, así como cuando existen las mejores condiciones corporales para la vida sexual y la reproducción. Sería conveniente que la pareja tuviera un lapso de 2 a 3 años  de convivencia, disfrute, adaptación y acoplamiento antes de iniciar el primer embarazo y esperar la llegada de su primer hijo(a).

Lo ideal sería tener tres hijos separados alrededor de 3 o 4 años entre uno y otro para permitir que la madre se reponga del embarazo anterior y tenga un período de disfrute y acoplamiento con su hijo y su pareja. Además, ese espaciamiento es razonable para considerar la evolución económica de la familia, así como para favorecer la atención adecuada de cada hijo sin que éste se sienta desplazado por el siguiente;  esa diferencia de edades también permite que los hermanos compartan intereses y tengan una actitud de apoyo mutuo,  más que de rivalidad,  a través de las diferentes edades, salvo en ese período en que uno ya es adolescente mientras el otro todavía es muy niño, lo cual cambiará en poco tiempo.

 El riesgo más importante de esta etapa es la diferencia entre el compromiso emocional de la madre y del padre hacia los hijos. Tradicionalmente es mucho mayor el involucramiento materno que el paterno, debido a los sentimientos generados por la diferente participación en el embarazo, el parto, el amantamiento y el contacto cotidiano por la crianza con los hijos. Es típico que sea la madre la que desarrolle una mucha mayor intimidad con los hijos que la lograda por el padre.

A pesar de que las mujeres en México, como en muchos otros países, cada vez estudian más y tienen proyectos laborales y personales más ambiciosos, en los que compiten y cada vez con más frecuencia rebasan al sexo masculino, la vocación materna se mantiene de manera paralela, por lo que las presiones se multiplican para ellas en mayor medida que lo que la sociedad contemporánea exige a los varones.

El involucramiento materno con los hijos absorbe la atención y la dedicación de la madre, así como le brinda nutrimento emocional en mayor medida que al padre.  La madre, sin darse cuenta, descuida la relación de pareja y generalmente demanda que el padre sea un colaborador de sus obsesiones maternas. El padre, en cambio, pierde una proporción de los nutrimentos emocionales de la relación de pareja que no son compensados por la que le proporcionan los hijos. Por ejemplo, la madre conversa mucho más con los hijos que el padre. Por tanto, el varón –sin necesariamente proponérselo- encuentra personas fuera de la familia con quienes se siente bien conversando, tienen tiempo para él y le ofrecen el nutrimiento emocional del que está en falta. Puede ser el grupo de amigos con los que juega dominó y se emborracha los fines de semana, puede ser el mundo del futbol u otro pasatiempos análogo lo que llene un poco de ese vacío en la relación de pareja; pero también suele ocurrir que sea una compañera de trabajo, una amiga, una conocida, con la cual inicie una relación de pareja simultánea cuya evolución es de pronóstico reservado: puede tratarse de algo transitorio que no rebase las fortalezas que todavía tiene la relación de pareja original o bien puede generarse un arraigo amoroso que termine en una crisis de la familia y su posible ruptura.

El sobreinvolucramiento materno y el poco involucramiento paterno relativo, en su combinación, son una de las principales  y más frecuentes causas de la infidelidad masculina, aunque no la única. Por tanto, es necesario preparar y orientar a las parejas para que la maternidad-paternidad pueda coexistir razonablemente con el cultivo de la relación amorosa entre ellos. Sería muy conveniente tener personas de confianza que ayudaran al cuidado de los hijos pequeños, mientras la pareja se dedica algunas horas, al menos cada dos semanas, para descubrir y diseñar nuevas experiencias compartidas. Asimismo, es importante que los hijos tengan su propia recámara y que haya espacios cotidianos en los que la pareja pueda conversar sin la interferencia de los hijos.

  1. El crecimiento y la formación de los hijos

Si la pareja ha tenido estabilidad, afinidad y congruencia esenciales (salud psicológica mínima), los hijos crecerán con actitudes positivas y darán motivos de satisfacción a sus padres, lo cual contribuirá a su cohesión como pareja, sintiéndose orgullosos de sus resultados educativos. Sin embargo, cuando los hijos resultan “problemáticos”, ya sea por alguna alteración fisiológica o bien como efecto de la inestabilidad, la falta de afinidad y la falta de congruencia de sus padres, entonces éstos tenderán a culparse mutuamente de ese resultado y, por tanto, tensionarán también su relación de pareja, lo que afectará toda la vida familiar de manera proporcional a la frustración de las expectativas hacia los  hijos, generando espirales de violencia verbal y a veces corporal hasta niveles insoportables que propicien la ruptura.

Según sea el grado de conflictividad y represión que un niño vivió durante su infancia al llegar a la adolescencia sus actitudes conflictivas crecerán exponencialmente. Es obvio que un niño con bajo nivel de represión y conflictividad, responsable y cooperativo en su infancia, con confianza esencial en sus padres, tendrá un proceso adolescente mucho más suave que otro que vivió más reprimido o sobreprotegido y en medio de conflictos. Sin embargo, generalmente los padres no se dan cuenta de cómo están fraguando esas explosiones adolescentes cuando ejercen su autoritarismo sobre los menores de 12 años. Sobre todo considerando que cada vez las nuevas generaciones de niños tienen más herramientas a su alcance para tener información y formas de manipular a sus padres cuando éstos pretenden ser represivos sin lograrlo suficientemente porque –además- casi no están en casa o lo están abstraídos en sus quehaceres y problemas personales. Los adolescentes conflictuados con sus padres, en mayor medida que cuando eran niños, harán muchas cosas para preocuparlos y exigirles de manera desmesurada, aprovechando los sentimientos de culpa de éstos por haberlos semiabandonado y ver sus resultados, con el ingrediente adicional de las influencias perniciosas con las que se retroalimentan mutuamente en los grupos de adolescentes resentidos o emocionalmente empobrecidos, afectados por los absurdos de la vida escolar, donde también padecen la rigidez y el autoritarismo de docentes, prefectos, “orientadores” y directivos también emocionalmente alterados. 

Por el culparse recíproco de tener ese tipo de hijos, sobre todo en la adolescencia de éstos, se corre mayor riesgo de ruptura de la pareja en comparación a las etapas anteriores y posteriores de la crianza.

  1. ¿Los hijos se van?

Una quinta etapa de la vida familiar ocurre cuando los hijos comienzan a tener vida independiente para ir formando el nuevo grupo primario estable, su nueva familia. Los padres se van quedando solos, vuelven a encontrarse con el rol esencial de “ser pareja”. Muchas veces les urge tener nietos y/o mantener a los hijos ya casados dentro de la propia casa para seguir manteniendo ese rol preponderante de padres (ahora abuelos o suegros) en el que ya están muy habituados y estabilizados por haberlo ejercido durante muchos años.  Han logrado con ese rol superar las etapas anteriores. El riesgo es la intromisión excesiva e indebida en la vida del nuevo núcleo familiar en formación. Más las  suegras que los suegros quieren seguir teniendo una relación prioritarias con sus hijos, por encima de la prioridad que también su pareja les exige. Muchos abuelos pretenden ejercer criterios de crianza de los nietos por encima de los criterios de los nuevos padres, teniendo actitudes “consentidoras” que no ejercieron antes cuando iniciaban la crianza de sus hijos. Esto genera una dinámica conflictiva entre las tres generaciones y promueve habilidades manipulativas en los nietos que podrán chantajear a sus padres bajo la mirada protectora del abuelo o abuela. Por eso es importante que una nueva familia tenga su espacio propio, suficientemente separado e independiente de las familias de origen, al menos tres cuadras para que la distancia no permita la intromisión cotidiana de alguna o de ambas familias de origen.

Cuando los hijos forman su nuevo grupo primario a distancia suficiente de los padres, incluyendo a los hijos menores, entonces se da el fenómeno conocido como “nido vacío” en que la pareja tiene el dilema de reencontrarse y construir una nueva afinidad, ya sin los hijos de por medio, o bien existen ya tantos rencores e intereses separados, incluyendo otras afinidades prioritarias, lo que motiva la tantas veces pospuesta separación conyugal.

En la medida en que la pareja haya mantenido espacios independientes de los hijos, en los que cultivaron su relación a lo largo de la vida, será mejor y hasta creciente su reintegración amorosa ya sin estar al cuidado de los hijos. También las parejas que mantienen un sistema cooperativo que los hace interdependientes en sus actividades e intereses logran mantener su estabilidad posterior a la separación de sus hijos. En esta etapa pueden cultivar su relación de pareja aprovechando su libertad frente a los hijos y su mejor situación económica al no tener ya que hacer tantos gastos para ellos. Es una etapa propicia para viajar más, para pasear más, para cuidar la salud mutua y para explorar y experimentar experiencias innovadoras en todos los aspectos: actividades, cultura, historias, gastronomía, y, por supuesto, en la vida sexual.

Hay muchos casos en que la familia tiene una combinación de todo: un poco de intromisión y ayuda a los hijos que están empezando su vida independiente en una nueva familia, un poco de cuidado y nutrimento emocional en la convivencia con los nietos, un poco de acercamientos nuevos y conflictos en la relación de pareja, un poco de compensaciones con amistades, telenovelas, pasatiempos; un poco de preocupaciones y atención a los problemas de salud, etc. Obviamente las combinaciones de estos elementos pueden variar en cada caso produciendo una dinámica distinta que el psicólogo debe analizar y orientar hacia la mayor salud psicológica posible.

  1. Jubilación y senectud en la pareja

Después de la separación de los hijos, dada la mayor estabilidad económica y el desgaste de haber trabajado por muchos años, uno o ambos integrantes de la pareja deciden jubilarse o dejar de tener la actividad laboral que ejercieron durante muchos años. Las jubilaciones implican una desadaptación de hábitos muy duraderos, lo cual será más difícil en la medida en que mayor sea la edad y la antigüedad de la persona. No saben bien a qué dedicarse una vez jubilados o, aunque lo sepan, tienen dificultades para generar una nueva actividad que les brinde expectativas, retos y satisfacciones. La inercia de no dedicarse a nada durante un tiempo prolongado genera depresión y ansiedad, por lo que pueden caer en vicios: ludopatía, acentuar su alcoholismo o su tabaquismo, televisión compulsiva, consumismo, etc. Y a veces caer en cuadros limítrofes entre neurosis y psicosis o en francos estados delirantes, como lo ilustra el caso de Don Quijote de la Mancha.

El psicoterapeuta ayuda a las personas que piensan jubilarse a prepararse mentalmente para la transición y luego acompaña el proceso adaptativo para lograr una nueva actividad al mismo tiempo recreativa y productiva que permita a cada persona sentirse útil, como elemento base de su autoestima y del amor a la vida. Al mismo tiempo, el psicoterapeuta contribuye para el reacoplamiento y disfrute de la nueva etapa familiar mediante el reencuentro amoroso de la pareja y el asesoramiento y psicoterapia necesarios para promover la salud psicológica de ambos integrantes y el apoyo mutuo.

En la medida en que las personas son de mayor edad, sus rasgos de personalidad son más rígidos y tienen mayor tendencia a caer en la rutina, elementos que dificultan la labor del psicólogo, quien tiene que ofrecer mucha comprensión y tener paciencia para ir conduciendo gradualmente los cambios de hábitos necesarios para el mencionado acoplamiento a las nuevas circunstancias y el involucramiento en actividades motivantes.

  1. Muerte: ausencia y falta de sentido de la vida.

Mientras haya amor, entendimiento y entusiasmo con la actividad que se realiza hay felicidad y la vida tiene sentido. Esos elementos son más difíciles de mantener cuando las personas se acercan o rebasan los ochenta años de edad. Es todo un reto mantener a los ancianos concentrados en aprovechar su experiencia para aportarla a sus familiares, a sus amigos, a su comunidad. Poco a poco van perdiendo el interés en medio de achaques y problemas de salud que les van impidiendo realizar actividades sociales, laborales y recreativas. El contacto con los niños y los animales, con su energía y actividad, puede contribuir mucho a la sensación de vida de las personas ancianas, así como el recordar los pasajes más agradables e interesantes de su vida. Escuchar con atención sus narraciones de recuerdos, preguntarles y retroalimentarlos, puede ser muy importante por parte de sus hijos, nietos y amistades. Conforme la vida personal se va haciendo menos variada la vida vicaria se vuelve más importante: enterarse, opinar y estar al pendiente de la vida de otros familiares, las telenovelas, la música, la lectura, el cine, las revistas cobran mayor relevancia como medios de concentración y vivencia de los ancianos.

Es muy agradable ver el amor que vuelven a tenerse algunas parejas de ancianos, mientras otras constituyen un intercambio continuo de expresiones refunfuñantes que pretenden negar las limitaciones generadas con la edad. Las parejas generan rutinas que les dan estabilidad y producen sentimientos de soledad que se compensan un poco cuando hijos y nietos vienen de visita.

La sombra de la muerte se proyecta y genera angustia y anhelo de liberación por concluir progresivos sufrimientos corporales.

Cuando finalmente uno de los dos muere, el otro requiere de apoyo adicional para compensar el hueco enorme que le deja la ausencia de esa persona que de manera más o menos conflictiva o armoniosa le ha acompañado durante muchos años. Cuando el sobreviviente no tiene lazos afectivos con hijos, nietos y amistades que le den fuerza motivacional para retomar sus actividades productivas, la depresión por su ausencia desencadena enfermedades y propicia la muerte del otro en poco tiempo. Con lo cual concluye el ciclo vital de la familia, dejando su legado, su experiencia, sus influencias negativas y positivas, las cuales juegan ahora un papel fundamental en las generaciones siguientes. Es eso lo  que se esfuerzan por descubrir quiénes se dedican a estudiar las constelaciones familiares.

Los psicólogos que atienden a personas ancianas promueven sus vínculos afectivos como pareja, les ayudan a integrar y ampliar de manera viable a un nuevo grupo primario. Sería ideal promover el grupo de amistades de diferentes edades, compartiendo ejercicios, festejos, experiencias y proyectos, por ejemplo, círculos de expresión artística. Cuando se hacen grupos solamente de personas ancianas el inconveniente, como en los asilos, es el continuo desfile de malas noticias por enfermedades y muertes de algunos de los integrantes del grupo, lo que puede contribuir a la depresión de los demás.

Además del aspecto afectivo y recreativo, es fundamental que las personas mayores no dejen de sentirse útiles. Es necesario darles encargos y funciones que les permitan mantener la autoestima hasta el último momento. Sería muy importante hacerles sentir cómo sus experiencias son valiosas para cosas actuales que están viviendo las nuevas generaciones. Es pronosticable que si una persona anciana deja de ser útil morirá en poco tiempo en medio de una situación depresiva lamentable, a pesar de que le digan palabras cariñosas, se le hagan regalos o se les invite a actividades divertidas.