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Revista Alternativas en Psicología

Imagen: Álvaro Tapia

Mucha gente prefiere creer que nuestra derivación
hacia la violencia y la guerra nuclear
se debe a factores biológicos en que nada podemos,
en lugar de abrir los ojos y ver que las causas
son las circunstancias sociales, políticas y económicas
creadas por nosotros mismos.

Erich From (1973)

Cada vez hay más preocupación e impotencia ante las acciones violentas y la crueldad manifiesta de los seres humanos. Equivocadamente se cree que la violencia de unos podrá detenerse con una mayor violencia de otros, lo que genera una vorágine creciente de actos crueles y agresivos, de desconfianza mutua y preparación para la “defensa”, generando arsenales que al usarse acabarían con todos los seres vivos. Es absurdo pretender detener la violencia mediante el uso de mayor violencia, pero así han actuado los seres humanos hasta ahora. La historia humana está centrada en la narrativa de actos violentos desde la perspectiva de los vencedores. Muchas de las especulaciones sobre el futuro de la humanidad imaginan etapas de altos niveles de violencia, con grandes avances tecnológicos, como lo ilustran películas como “La Guerra de las Galaxias” y “Terminator”, entre muchas otras.

La humanidad hasta ahora no ha tenido la inteligencia para armonizar sus esfuerzos en beneficio de todos, es decir, para beneficio de sí misma. La rivalidad entre unos y otros ha generado que se consuma una enorme cantidad de esfuerzos humanos para inventar y producir armamentos y sistemas de vigilancia, espionaje y control; así como en acciones destructivas. Si esa rivalidad fuera sustituida por actitudes cooperativas y de beneficio para todos, los avances humanos desbordarían las más grandes utopías que se han imaginado. En efecto, las enormes penurias que aquejan a la humanidad (hambre, pobreza, violencia social, corrupción, contaminación) podrían no haber existido o pueden dejar de existir, si logramos transformar la tendencia primordial a la rivalidad por una tendencia esencial a la cooperación1.

Muchos son los que piensan que la agresividad y la violencia son inherentes a la vida animal y, en particular, a los seres humanos, que eso no podría dejar de ser; por lo que se concluye que la única posibilidad es defenderse a través de imponer capacidades agresivas más grandes. No ven que, por el contrario, lo que es inherente a la vida humana es la cooperación y el afecto, sin los cuales no podría explicarse todo lo grandioso que ha logrado la humanidad.

En general no se comprende el porqué de la violencia o –como le llama Erich Fromm (1973)– la destructividad humana. A pesar de la ineficacia de las medidas represivas (violentas), los padres de familia, los docentes y los gobiernos siguen aplicándolas de manera progresiva porque no conciben otra posibilidad para afrontarla. Las cárceles no funcionan como “Centros de Readaptación Social” sino como escuelas criminales, pero su uso es recurrente para tratar de combatir al crimen. La cantidad de reclusos crece desproporcionadamente al igual que la criminalidad fuera de las cárceles y no se conciben otras alternativas para disminuir la violencia. La violencia represiva es un falso remedio y tiene efectos contraproducentes, pero quienes toman decisiones en las familias, en las escuelas y en los gobiernos, no tienen otra fórmula mejor.

Los gobiernos y las leyes están basados en un paradigma equivocado. Las sanciones son destructoras y pervierten los procesos psicológicos de personas y colectivos. Es evidente que el castigo no funciona y solamente traumatiza a quienes se les aplica de manera intensa. Pero a los gobernantes no se les ocurre otra cosa que incrementar la magnitud de los castigos para tratar de controlar la agresividad y la violencia. La depresión y la rebeldía es lo único que consiguen, con lo cual se incrementan los niveles de daño emocional que, a su vez, hacen crecer las acciones violentas. Los gobiernos se pertrechan para tener mayor capacidad de violencia que quienes consideran delincuentes, sin tener en cuenta que eso los pone en la misma dimensión de lo que supuestamente combaten. Los gobiernos violan sus propias leyes con el absurdo y paradójico pretexto de combatir delincuentes, porque éstos violan las leyes.

Si la violencia es parte “natural” de los seres humanos la humanidad está condenada a su autodestrucción. Es necesario cambiar ese enfoque y buscar las causas de dicho fenómeno para cambiar el paradigma con que se afronta y así lograr su disminución efectiva hasta niveles cercanos a cero.

¿Por qué una persona actúa violentamente?

Dice Sócrates en el Diálogo con Menón:

“¿Es que hay hombres que desean cosas malas, mientras que otros desean las buenas? … ¿… es que (los primeros) miran lo malo como bueno? … ¿… los que se imaginan que el mal es ventajoso, le conocen como mal? … Es evidente que no desean el mal… sino que desean lo que tienen por un bien, y que realmente es un mal… Es claro que nadie quiere el mal” (Platón, Diálogos).

Para Sócrates hacer el mal solamente es producto de la ignorancia, al no captar efectos de la acción realizada, ateniéndose a la apariencia de un bien inmediato. Nadie come muchos bocadillos para tener indigestión. Equivocadamente, supone Sócrates (Platón) que los seres humanos actúan de manera razonada. Le hizo falta considerar la actuación impulsiva y la acción reflexiva generada por situaciones emocionales que propician diversas lógicas y/o que afectan la estabilidad y la congruencia del pensamiento. En muchísimos casos las personas se arrepienten de inmediato de una acción, y, sin embargo, la repiten segundos, minutos, horas, días, meses o años más tarde. Los seres humanos realizan acciones que ellos mismos no aprueban, unos más y otros menos, como efecto de alteraciones psicológicas de diferente intensidad, frecuencia y duración, conocidas como neurosis (cuando la persona está alterada pero no ha perdido su conexión esencial con la “realidad”) y psicosis (cuando la persona tiene alucinaciones o delirios, percibiendo cosas o teniendo pensamientos cuya pertinencia no es plausible para muchos otros).

En la Ética nicomaquea, Aristóteles distingue entre los “incontinentes” y los “intemperantes”. Los primeros son aquellos que actúan sin reflexión o consideran que los abusos que cometen son algo adecuado o natural (parte de la naturaleza humana), mientras que los segundos saben que su conducta es indebida pero sus pasiones los rebasan. Considera que los incontinentes son perversos o malvados y no tienen posibilidades de cambiar positivamente, mientras que los intemperantes pueden ser “malos” pero se arrepienten o critican sus propias acciones, por lo que pueden ser ayudados a mejorar el autocontrol de sus impulsos y aproximarse a la virtud de la templanza, punto medio entre la insensibilidad y la intemperancia.

No vio Aristóteles la combinación entre incontinencia e intemperancia, ni el abanico de posibilidades graduales y la oscilación de una misma persona entre ambas. Sin embargo, es muy importante retomar la relevancia que atribuye a la reflexividad y el autocontrol de impulsos o pasiones, pues –como lo han hecho notar Ostrosky (2007) y Fallon (2009)–, hay evidencias de que las “mentes criminales” tienen una menor actividad en el lóbulo prefrontal (donde ocurre la reflexividad) y en la amígdala que procesa las emociones y genera los impulsos de atacar o huir, así como en ella se sustenta la sensibilidad a las emociones de otros. Los psiconeurólogos suponen que esta forma atípica que se encuentra en el funcionamiento del cerebro de los psicópatas es producida por factores genéticos o por alteraciones bioquímicas durante la vida, que luego dan por resultado la psicopatía. Sin embargo, también es importante considerar que el abandono emocional, el ser víctima de violencias y la frustración generan cambios bioquímicos en una persona y los hacen estables en la medida en que dichos factores son duraderos. De la misma manera, el contacto social, las expresiones afectivas, el éxito y la libertad generan otras configuraciones bioquímicas estables que promueven la templanza y otras virtudes aristotélicas. Además, como Fallon (2009) lo encontró en su propio cerebro, la configuración neurológica con poca actividad en el lóbulo prefrontal y en la amígdala no es, por sí misma, causa suficiente para generar acciones criminales o inclinación a cometerlas.

Puede decirse que lo que Aristóteles llamó “incontinentes de ira (agresivos)” es lo que hoy se conoce como psicópata o sociópata, mientras que a los “intemperantes de la ira (agresivos)” de Aristóteles actualmente se les puede diagnosticar una “neurosis agresiva”. Ambas pueden ser de diferente intensidad en distintos casos o situaciones.

El “libre albedrío”, la violencia y el Estado

Como lo hace notar Konrad Lorenz (1966), tener acciones violentas hacia otros seres (la capacidad de agresividad) es una posibilidad de casi todos los animales y de algunos vegetales para su sobrevivencia, para su bien2. La ira y el temor, bases de la agresividad y de la violencia, son una expresión compleja de la irritabilidad que existe desde los organismos unicelulares, sirviendo como una forma automática de reacción ante eventos externos que afectan su homeosteasis o estabilidad vital y ponen en riesgo su vida. En los seres humanos y en otros animales vertebrados, esas reacciones son generadas por hormonas controladas a una gran velocidad por el sistema límbico.

Ante una situación amenazante, el sistema límbico genera el deseo de huir (miedo) o atacar (agresividad) hacia aquello que genera la amenaza. Si crece la magnitud de la amenaza a la sobrevivencia o a la estabilidad corporal o psicológica de una persona crecerá también el deseo de huir o de atacar, o ambos deseos de manera simultánea. Conforme la posibilidad de huir disminuye, cobra fuerza el deseo de atacar y viceversa. La testosterona es una hormona que en niveles elevados y en combinación con la adrenalina genera el deseo de atacar y prepara al organismo para sobreponerse al peligro mientras que la adrenalina elevada genera el deseo de huir y contribuye a agilizar o fortalecer las acciones motrices necesarias. Ambos procesos hormonales, en proporción diferente y variante, surgen ante situaciones amenazantes de diferente magnitud.

El temperamento de las especies, las razas y los sexos implica la existencia de programaciones biológicas desarrolladas por la historia filogenética que favorecen la tendencia a atacar o a huir, las cuales se combinan con las experiencias ambientales para fortalecer una u otra tendencia hormonal, una actitud más valiente o más cobarde ante ciertos tipos de amenazas. Alguna especie, alguna raza, alguno de los sexos o alguna persona puede tender más al ataque ante determinados peligros, mientras que otra persona, el otro sexo, otra raza u otra especie rehúye a esos peligros pero es más agresiva frente a otra clase de riesgos, y viceversa.

La programación filogenética se integra con la interacción social para generar una personalidad más o menos agresiva (más o menos huidiza) en cada ser humano que, a su vez, repercute en la vida colectiva y en los tipos de interacción social, formando ya sea un círculo vicioso (cada vez más agresividad mutua) o un círculo virtuoso (cada vez más concordia).

Thomas Hobbes, en el Siglo XVII, desarrolló su teoría del Estado (El Leviatán), planteando que los seres humanos tienen una predominante tendencia a la agresividad mutua que les dificulta la convivencia y la cooperación necesaria para su propia evolución y bienestar. Por ello, consideró necesaria la existencia de un contrato social para que todos por voluntad se sometan a una fuerza superior, basada en leyes claramente establecidas, que limite y someta las “naturales” tendencias agresivas o al abuso por parte de quienes pretendan violar las leyes. La idea de Hobbes del contrato social es la que prevalece en los conceptos clásicos del Derecho y es el paradigma con el que se ejerce la política en todos los países del mundo desde la Revolución Francesa (1789) hasta, al menos, la segunda década del Siglo XXI.

Siguiendo a Locke (1690), en El espíritu de las Leyes, Montesquieu (1748) dice que los seres humanos no son agresivos por naturaleza, como pensaba Hobbes, pues su tendencia a la violencia mutua surge precisamente de “el libre albedrío” (voluntad independiente de la naturaleza) y por la fuerza que les genera el vivir en sociedad. Hobbes, Locke, Montesquieu coinciden en la necesidad del contrato social para unir las voluntades en una sola, creando una fuerza superior (el Estado) para someter a quienes pretendan violar las leyes, según ellos basadas en la razón. Además, para evitar el posible abuso del poder del Estado, por las pasiones y voluntades de los gobernantes, Locke y Montesquieu proponen la división de la República en tres poderes que se controlen mutuamente, contando con posibles sanciones recíprocas basadas en las leyes. Las leyes y el poder no serían nada sin la posibilidad de sancionar y así poner límites a los abusos.

Si bien muchos de los pensadores y científicos que integraron El Renacimiento y La Ilustración buscaban comprender las causas y las leyes de los fenómenos naturales para prevenirlos, predecirlos y usarlos técnicamente, debido a la influencia de la religión, y por limitaciones en su perspectiva onto-epistemológica, no pensaron que era posible entender de igual manera las causas y las leyes de los fenómenos humanos, con la notable excepción de Spinoza (1677) y su interesante estudio de los afectos. Por ello, los precursores intelectuales de la Revolución Francesa, postularon el concepto de “libre albedrío”, como atributo divino (Descartes), lo que hace incomprensible el por qué una persona toma una u otra decisión. Las leyes humanas no serían producto de la investigación empírica, descubiertas al observar las regularidades del comportamiento, sino establecidas “por la razón” y el “sentido común” a los que deberían someterse todos por la fuerza del Estado.

El más naturalista de todos los pensadores sociales del Siglo XVIII, Rousseau (1755), pensaba que “la razón” se había pervertido por la desigualdad en que habían caído los seres humanos debido a lo “antinatural” de la “propiedad privada”, causa de los conflictos de interés y, por tanto, de la agresividad mutua. Por eso pugnaba porque hubiera una nueva educación que ayudara a volver al “estado de naturaleza” y enderezar así la razón de las nuevas generaciones cuya voluntad “natural” se integrara en un Contrato Social (1762a) que no estuviera por encima de los ciudadanos –como pensaba Hobbes– sino en el que ellos vieran precisamente la realización de sus propios deseos y su mayor conveniencia, como ocurre con los contratos entre particulares que plasman con precisión los deseos de las partes, pudiendo cada una solamente reclamar la congruencia con los deseos allí asentados. Si las partes están de acuerdo el contrato puede modificarse las veces que deseen. Aún con sus interesantes ideas pedagógicas planteadas en Emilio o De la educación (1762b), Rousseau no superó el paradigma de “el libre albedrío”. Su pedagogía ayuda a encauzar la razón, pero no es causa suficiente para explicar el por qué una persona decide, o no, hacer algo.

En el mismo sentido, Kant (1795) supone que la “paz perpetua” entre los seres humanos depende de leyes que obliguen a todos a actuar con base en “la razón” y no en “las inclinaciones”. Convoca a los gobernantes a privilegiar la justicia y el deber para actuar con base en la moral. Kant no se preguntó sobre las causas para que una persona decidiera o no actuar éticamente, mantuvo el criterio de “el libre albedrío” basado en “la razón práctica” que por sí misma y de manera innata, si reflexiona, sabe lo que es debido y lo que no.

Es Schopenhauer (1819) quien da en el clavo al analizar el proceso de la voluntad, del querer. ¿De qué depende que alguien quiera o no quiera hacer algo? Es evidente que no depende de “la razón”, sino de fuerzas emocionales de las que “la razón” es tan sólo una expresión compleja.

Nietzsche (1878, 1883, 1885) sigue a Schopenhauer planteando a la “voluntad de poder” como lo que mueve todo el universo, y, en específico, determina la acción de los seres humanos. Por eso, contrariamente a Kant, Nietzsche convoca a abrirse a la pasión y dejar de estar sometido a creencias “racionales”, paradójicamente absurdas porque han provocado el sufrimiento, la mediocridad y la decadencia de la vida humana, al no dejarle ser, al pretender limitar la libertad del querer, de la voluntad. Let it be, dirán los Beatles un siglo después.

Para Nietzsche es precisamente ese sometimiento a la razón lo que ha generado muchos absurdos entre los humanos. Son las instituciones establecidas con base en “la razón” las que no dejan ser libres a los seres humanos para realizar su voluntad (su deseo), con lo cual los hace débiles, hipócritas, enfermizos y temerosos unos de otros, haciéndolos proclives a la violencia traicionera. Se requiere invertir el proceso para lograr la aspiración de que sea el querer, la voluntad natural de los seres humanos, la que genere una nueva institucionalidad que permita y propicie la mayor expresión y ejercicio del querer natural de cada persona, que cultive la fuerza y no la debilidad. Nietzsche considera que los seres humanos están entrampados en su absurda racionalidad y, por tanto, puede y debe surgir una nueva especie: el superhumano, cuya inteligencia le permitirá vivir plenamente realizando su voluntad. Una inteligencia, expresión de la voluntad de poder, que no ponga límites absurdos a su libertad, sino que más bien la propicie y potencie al comprender y aceptar su naturaleza, que está conectada con el resto de la naturaleza. Nietzsche se piensa póstumo y calcula que sus ideas cobrarán relevancia en el planeta a fines del Siglo XXI (doscientos años después de Así hablaba Zaratustra (1885), dedicado “para todos y para nadie”).

Por el otro lado, Hegel (1807) generó un nuevo concepto de “razón” como “saber absoluto”. Para Hegel la razón es la culminación de la evolución del espíritu, en la que se da la integración del ser y el pensar, de la pasión y de la reflexión, de la acción y del saber. Partiendo de la conciencia inmediata (la certeza sensible, el aquí y el ahora) surge la necesidad de la percepción que ubica a ese aquí y ahora, a esa certeza sensible, dentro de un contexto relativo de tiempo y espacio. La percepción se relaciona con otras percepciones y hace necesario distinguir la verdad de la apariencia, por lo que se genera la necesidad del entendimiento o sistematización de las percepciones, que se constituye como un juego de fuerzas por las múltiples maneras para sistematizar las percepciones (el escepticismo de Protágoras o la duda metódica de Descartes). La multiplicidad de enfoques que entran en disputa al sistematizar las percepciones propicia la autoconciencia, la identidad reflexiva de quién es el portador de cada enfoque. Las autoconciencias entran en conflicto entre sí al considerar cada una que su punto de vista es el válido y no los de las otras autoconciencias, a los que ve absurdos. Es esto lo que produce la violencia, basada en intereses contrapuestos del que manda y del que obedece porque no le queda de otra. La lucha de las autoconciencias es superada y se llega a la razón, al saber absoluto, cuando las autoconciencias se integran y cada una es capaz de captar e integrar a su “propio punto de vista” la perspectiva de todas las otras, lo que implica la incorporación de toda la experiencia histórica, la captación de todo el proceso.

Mientras que Nietzsche, bajo la influencia de Darwin, piensa que es posible que surja la especie del “superhumano” por evolución filogenética (biológica), que supere y se impongan a los humanos como lo hicieron éstos respecto a los demás primates, en Hegel esa libertad plena del “espíritu” solamente es posible si integra esencialmente a todas las autoconciencias, superando la enajenación. Para Hegel, la verdad es la conjugación de todas las apariencias, es decir, la integración de todos los puntos de vista.

Marx (1865) pensó equivocadamente que estaba poniendo “de cabeza” a Hegel por insistir en la dependencia de “la conciencia” y, por tanto, de “la razón” sobre las “condiciones materiales de existencia” de los seres humanos3. Pero lo que esencialmente hizo Marx fue traducir a situaciones concretas lo que en Hegel era un esquema general o abstracto. No es casual que Hegel y Marx coincidan al usar el concepto de “enajenación” para referirse al extrañamiento que un esclavo o un obrero tiene respecto a lo que hace, mientras el amo o patrón decide sobre aquello que no es parte de él (la acción “material” y el producto de esa acción). Marx coincide con Rousseau en señalar a la propiedad privada de los medios de producción como el factor clave que genera el antagonismo de intereses y puntos de vista entre los seres humanos, explica la “lucha de clases” de manera similar a como Hegel describe la “lucha de las autoconciencias”. El comunismo en Marx corresponde precisamente al saber absoluto o “razón” hegeliana, cuando se supera la enajenación porque cada persona actúa asumiendo a plenitud su ser genérico, integrando todos los puntos de vista con un sentido histórico; de tal manera que ya no puede haber “lucha de clases” y se entra a otro nivel de la vida humana que coincide con la idea de la especie “superhumana” de Nietzsche. Marx contribuyó a desglosar y explicar con detalle el proceso posible para hacer la transición entre la “lucha de clases” y el “comunismo”.

A mayor enajenación y, por tanto, ensimismamiento, más es la tendencia a ver a los demás como medios, como objetos, sobre los que es válido ejercer violencia para obtener un determinado beneficio. Esa exterioridad con las que la persona enajenada percibe a los objetos le disocia y le hace insensible a los demás, no los percibe como parte de sí mismo. Como se hace con las cosas, con La Tierra, con los ríos, con las montañas, con los árboles y las plantas, con otras especies animales, así también se actúa con otros seres humanos. El esclavo y el trabajador son medios (“recursos humanos”) para beneficio de los intereses del amo o del capitalista. Algo análogo a como la esposa y los hijos pueden estar sometidos a la voluntad del jefe de familia y los alumnos deben obedecer la voluntad del docente. Si ese enfoque objetual ocurre con la pareja, la familia y los alumnos, mucho más se da con los amigos, los conocidos y, aún más, con los desconocidos, a quienes se puede molestar, dañar o matar sin tener gran impacto emocional en el agresor. Tal como se observa en las películas “de acción”, en las que el protagonista va matando a muchas personas-enemigos que encuentra en su camino, sin que él o los espectadores reflexionen mínimamente acerca de posibles niños huérfanos y familias dolientes, como si se tratara de un videojuego en el que las víctimas no son reales y pueden reaparecer al iniciar otra vez el programa.

Neurosis y violencia

Freud (1923) llegó a la conclusión de que la agresividad y la violencia eran inherentes a la vida. Consideró que todos los animales y, en específico, los seres humanos tienen dos tendencias naturales, innatas, instintivas. Una tendencia a preservar y desarrollar la vida, a la que llamo Eros porque vio en el impulso sexual su principal expresión; y otra tendencia recíproca orientada a la destrucción de la vida, a la que llamo Thanatos (personificación de la muerte en la Grecia antigua). Freud pensó que la energía psíquica o “libido” –generada bioquímicamente– requería “liberarse” a través del placer, ya sea mediante el goce sexual, el comer, el beber, la eliminación de los malestares fisiológicos, y también mediante la destructividad. Es fácil observar cómo un bebé se alegra con sorpresa al romper un objeto o escuchar y ver la queja de su madre cuando le muerde el pecho durante el amamantamiento, poco después de salir sus primeros dientes. Aparentemente, la destrucción y la violencia intrínsecamente generan placer. Pero lo que para el niño solamente constituye un efecto lúdico al percibir su capacidad de generar un cierto efecto que él todavía no concibe como sufrimiento o destrucción, los adultos en general, y Freud en particular, lo interpretan como una acción agresiva.

Freud consideró que el instinto de vida (Eros) y el instinto de muerte (Thanatos), creatividad y destructividad, podían entrelazarse y mimetizarse el uno en el otro, pero estaba convencido que se requería abrir el cauce para ambas tendencias como una manera de aliviar la tensión psicológica que se producía con la represión de ellas. Así, para Freud, la agresividad y la violencia no pueden suprimirse de la vida de los seres humanos. La represión de las tendencias violentas, al igual que la represión de las tendencias sexuales, es lo que –según su teoría– genera el sufrimiento emocional o neurosis, las histerias (manifestaciones orgánicas) y también las psicosis (locura).

Desde ese enfoque, la manera de disminuir los índices de violencia en una persona o en una colectividad sin generar depresiones, estados maníacos o psicosis, es a través del mecanismo de “sublimación”, desplazando de manera socialmente aceptable dichas tendencias destructoras hacia objetos y hacia la representación inofensiva de personas (dibujos, símbolos, muñecos, etc.). Puede decirse que mucha de la actividad deportiva tiene ese papel “sublimador” pues el que gana la competencia “destruye” simbólicamente a su rival. No es casual que desde su origen en la antigua Grecia, los juegos olímpicos sean considerados como un símbolo y un medio para la paz. Como tampoco es casual que además de las carreras y el salto, existan competencias de jabalina, de bala, de box, de lucha libre, de tiro, de artes marciales y de otros deportes que manejan, dentro de ciertos límites, expresiones similares a las que se dan en la guerra y en la criminalidad4.

Con ese mismo enfoque freudiano, cuando los padres de familia o los maestros de escuela se quejan de la agresividad de un niño, algunos psicoterapeutas recomiendan el uso de almohadas o sacos de arena para que los niños puedan golpearlos hasta cansarse y así “descargar” sus tendencias agresivas, con lo que se piensa que solamente quedarían con mucha energía las tendencias creativas, lo cual es evidentemente falso. El problema puede surgir cuando un niño acostumbrado a golpear almohadas, en un momento de tensión, no tenga una disponible y su tendencia a golpear, fortalecida por el hábito de hacerlo, se dirija hacia cosas, animales o personas. Por ello, no es recomendable eso que despectivamente hemos llamado “terapia de la almohada”, dado que en realidad fortalece los hábitos agresivos cada vez que se practica. Si bien el niño queda cansado y dejará de ser agresivo durante algunos minutos u horas, según la intensidad de su cansancio, se generará en él un circuito cognitivo, cada vez más habitual, de tal manera que cuando se sienta tenso, frustrado o insatisfecho, deseará golpear algo y lo hará si no hay algún factor que se lo impida.

Es cierto que la tensión emocional o neurosis puede disminuirse transitoriamente mediante alguna vivencia placentera: un bebé se toca los labios y succiona su dedo para disminuir su tensión emocional; como también es cierto que esa tensión disminuye al dañar a otro(s), sean causa real de una amenaza o no. Esto es parte del proceso hormonal generado por el sistema límbico como mecanismo automático ante situaciones amenazantes. Sin embargo, si las causas de la tensión emocional se mantienen, tanto la actividad placentera como el agredir a otros solamente lograrán un alivio transitorio que –por lo mismo– tiende a volverse adictivo, compulsivo. Esos dos mecanismos actúan de manera similar a quien toma una y otra vez un analgésico para disminuir el dolor del cáncer, sin que supere la fuente real del dolor.

El automatismo biológico que genera la agresividad es efectivo y eficiente cuando ataca directamente aquello que amenaza el bienestar, la vida o la homeostasis de una persona o de una colectividad; entonces se habla de violencia en defensa propia y es una manifestación de vida, no de destructividad (Fromm, 1973). Sin embargo, ese automatismo funciona de manera enfermiza cuando no ubica con claridad a lo que produce la amenaza o está fuera de su alcance. Entonces, la agresividad se dirige hacia personas, animales o cosas vulnerables a la vista o a la mano de la persona tensionada, enojada. Es lo que se conoce como neurosis, la cual puede ser transitoria, intermitente o crónica, y de alta o de baja intensidad.

Caer en estados neuróticos de manera ocasional, leve y transitoria es necesario para el desarrollo psicosocial de una persona, para su maduración emocional. Así la neurosis forma parte de la salud psicológica. Es sano enojarse o deprimirse una vez cada tres o seis meses. Cuando ese estado neurótico tiene mayor frecuencia o es casi continuo constituye una enfermedad psicológica que requiere de psicoterapia profesional para superarse.

La Teoría de la Praxis, a diferencia de Freud, considera que la destructividad como un rasgo frecuente, intenso o continuo es una enfermedad psicológica y no la expresión natural de un instinto. Si la destructividad fuese una necesidad innata no podría entenderse cómo existen personas que pasan la vida con muy poca actividad agresiva, directa o sublimada. La mayoría de los animales no son agresivos mientras no se sientan atacados y pueden pasar mucho tiempo sin expresiones agresivas. Lo que Freud consideró como dos instintos paralelos que requerían ser ejercitados para liberar la energía psíquica, en la Teoría de la Praxis constituyen dos aspectos de un mismo proceso: Vivir es morir a cada instante; para sobrevivir es necesario matar para alimentarse de otros seres vivos (plantas y animales); la vida, como el fuego, es un proceso de combustión que destruye proteínas, vitaminas y minerales; para mantener la vida continuamente mueren millones de células. Así, la creación requiere destruir para formar algo nuevo. Pero la destructividad, la tendencia agresiva que cae con facilidad en la violencia sin pretensiones creadoras, es una enfermedad psicológica motivada por la combinación de frustración y aislamiento emocional. Thanatos solamente surge en la medida en que se reprime o se inhibe a Eros. Sin neurosis no habría violencia, salvo en defensa propia: pero si no hubiera violencia neurótica tampoco habría la necesidad de defenderse de ella. En la medida en que Eros puede expresarse Thanatos disminuye y desaparece. Por tanto, para disminuir la violencia es necesario disminuir las neurosis a través de hacer posible la realización de las vocaciones y talentos entrelazados con la vinculación emocional-afectiva a la que llamamos “amorosidad”.

En consecuencia, para la Teoría de la Praxis es posible superar esencialmente la guerra, la violencia social, la violencia familiar y la violencia escolar, que han sido una constante durante muchísimos años. Todo depende de que se entienda a la acción humana como un fenómeno producido –como todo en la naturaleza– por causas específicas. Es necesario superar el mito del “libre albedrío” y el de la supuesta “racionalidad” de los seres humanos. La bondad y la maldad tienen causas psicosociales que pueden ser identificadas y modificadas para lograr una vida satisfactoria para todos.

Quienes realizan actos destructivos que no puedan considerarse directamente como actos “en defensa propia”, deben considerarse como “víctimas” de una enfermedad psicológica o neurosis, la cual –como hemos dicho– evoluciona a psicosis o locura en los casos más severos y se le denomina “psicopatía”. Los criminales son enfermos a los que es necesario tratar como tales y llevar a cabo medidas terapéuticas dirigidas a ellos, así como deben generarse programas preventivos de dicha enfermedad destructiva. La enfermedad de los criminales impacta y enferma o mata a sus víctimas y, por tanto, a toda la comunidad. Al mismo tiempo, los criminales son un síntoma de la enfermedad de la vida social que los ha producido.

Factores que producen la enfermedad de la agresividad y la violencia destructiva

Para la Teoría de la Praxis, la agresividad y la violencia destructiva se generan en una persona o en un colectivo debido a la ocurrencia de diez posibles factores, cada uno de los cuales puede tener diferente intensidad, duración y frecuencia para generar acciones destructivas correspondientes a esas magnitudes. Tan sólo uno de estos factores si es muy intenso puede ser causa de acciones violentas, pero su potencia es mayor cuando se combinan.

1. Ser objeto de una violencia previa, especialmente durante la infancia.

Es lógico y evidente que el ser víctima de golpes, maltratos, burlas, discriminación y abandono genera irritación y por tanto deseo de atacar a la fuente de esa violencia; un deseo que puede expresarse mediante acciones posibles. Muchos niños usan el llanto, el berrinche y provocan incidentes o accidentes para “vengarse” de los adultos que les limitan, los regañan o los golpean. Cuando la proporción de maltrato es mayor a las expresiones de afecto durante la infancia es común que haya crisis depresivas o arrebatos agresivos. Las posibilidades agresivas crecen junto con la estatura, la masa corporal y los alcances intelectuales, eso explica por qué en la adolescencia estallan las “bombas de tiempo” gestadas por padres y maestros represivos que abusaron de la vulnerabilidad de los niños. La adolescencia no es una etapa tan conflictiva para quienes tuvieron una infancia con buenos vínculos afectivos combinados con posibilidades de expresión, responsabilidad y satisfacción por logros alcanzados.

Haber sido víctima de violencia intensa, frecuente y/o prolongada, sin poder defenderse proporcionalmente, genera la psicopatía o gusto morboso por el sufrimiento de otro(s). En este caso, la persona no solamente ataca física o simbólicamente a quien le ha agredido, sino que goza de causar sufrimiento a otras personas o animales o al destruir objetos o al observar o enterarse de ese sufrimiento. Además, el ver o saber del sufrimiento de otro(s) relativiza, opaca y disminuye el propio sufrimiento. Si otro sufre intensamente, entonces el propio sufrimiento pierde importancia.

Los rasgos psicopáticos pueden ser leves o elevados en proporción a la intensidad del daño sufrido, es “el placer de la venganza”. Puede decirse que casi todos los seres humanos en la actualidad tienen algún grado de psicopatía y, por tanto, es parte de la cultura, considerando la violencia a que han estado sometidos desde niños y a través de muchas generaciones. Eso explica el gusto por el “chisme” para enterarse de cómo le(s) va mal a otro(s) y por observar accidentes, notas rojas, maltratos y torturas.

La persona no sabe por qué le causa placer el sufrimiento de otras personas; generalmente no reconoce claramente que es una forma de compensar y relativizar su propio sufrimiento o tensión emocional. Las personas que han sido objeto de violencia oscilan entre el temor y el sadismo y, como bien lo vio Freud, se caracterizan por tener un enfoque rígido y esquemático de lo que es y debe ser. Freud observó que el sadismo estaba asociado a personas que habían recibido una enseñanza severa para controlar sus esfínteres: sus padres fueron muy represivos y los hicieron sentir muy avergonzados por no apegarse a lo debido.

Un aspecto importante a considerar es que una violencia simbólica puede encontrar su compensación en una violencia física o viceversa, según sea la magnitud del significado emocional de una y otra, así como la capacidad y posibilidad para ejercerla.

2. Frustración, fracaso o estancamiento prolongado y prevaleciente en la vida de una persona.

En realidad este segundo factor es una modalidad del factor 1. La frustración, el fracaso y el estancamiento prolongado son una forma de violencia que ha vivido una persona, a veces sin entender qué o quién es el autor de la misma, por lo que disfruta de saber que a otras personas les va peor o que sufren y si puede propicia esto para disminuir el significado de su propia frustración. Este factor está tan generalizado en la vida humana que explica por qué muchas personas sienten un goce morboso al obstaculizar el desarrollo o el disfrute de otras, así como al ver a personas o a animales sufriendo en accidentes, en obras cómicas, en la lucha libre o en los toros. Dollard y Miller (1950) veían una relación directa entre frustración y agresividad, sin considerar su combinación con otros de los factores que planteamos a continuación.

3. Presiones y carencia de opciones de salida

Así como un animal temeroso puede atacar si se siente acorralado por amenazas, un ser humano puede desarrollar impulsos violentos debido a presiones por deudas impagables, presiones laborales, grandes dificultades económicas, verse envuelto en el desprestigio o en la burla y el sarcasmo, etc. Este factor 3 en realidad es una modalidad intensiva del factor 2 y, por tanto, también del factor 1.

4. Abandono afectivo prolongado.

También este factor 4 puede considerarse como una expresión específica del factor 3 y, por tanto, también de los factores anteriores. El abandono afectivo prolongado, sin embargo, tiene tres efectos perniciosos en los que se fundamenta una gran parte de la proclividad a la violencia (ver película “El Resplandor” de Stanley Kubric y documental “El arrullo materno” de Time Life):

  1. Ansiedad elevada. Está demostrado que el aislamiento, la falta de contacto físico y la ausencia de expresiones afectivas genera lo que Heidegger (1927) llama “anonadamiento” (el sentido de la nada) que provoca “angustia” y confusión mental.
  2. Rechazo al acercamiento de otros. La falta de familiaridad en la interacción con otras personas (conocidas o desconocidas) provoca que cuando ocurre un acercamiento éste se perciba como amenaza o interferencia y se reacciona con irritabilidad.
  3. Disminución de la sensibilidad a emociones de otros. Aun cuando ocurran los factores 1 a 3 antes mencionados, la sensibilidad que una persona puede tener a la vivencia emocional de otro(s) constituye un inhibidor y mitigador importante de sus impulsos agresivos. La “sangre fría” que evidencian los delincuentes seriales tiene que ver con la carencia de sensibilidad emocional hacia los otros, generalmente motivada por la poca cercanía emocional con la madre, el padre y otras personas durante los primeros años de vida.
  4. Hacinamiento y/o cotidianeidad rutinaria prolongada

Los estudios de Calhoun (1962) con animales demostraron la elevación de las conductas violentas cuando el espacio era reducido generando una gran cantidad de interacciones “no deseadas”. La incidencia de actos de los demás que interfieren con las acciones deseadas por una persona generan a ésta dificultad para concentrarse y para realizar sus propósitos, así como le hacen sentir incomodidad y estrés, los cuales se traducen en actitudes de rechazo y agresividad, especialmente cuando esto ocurre de manera frecuente y duradera. El hacinamiento prolongado puede llegar a causar explosiones agresivas de gran magnitud, como son los motines en las cárceles sobrepobladas.

En efecto, el hacinamiento no se refiere a que haya muchas personas en un espacio reducido, sino a la falta de organización y por tanto a la continua interferencia entre unos y otros. Entre más personas compartan un espacio físico o virtual se requiere mayor organización (sistematicidad de las posibles interacciones) para evitar el hacinamiento.

De manera similar, las actividades rutinarias prolongadas hacen que se pierda el sentido de la vida. Es lo que Hegel y Marx llamaron “enajenación” y Heidegger concibe como la “caída en el uno” (la impersonalidad), lo que genera la angustia por la “inhospitabilidad” del mundo (dice Heidegger). Y a esa violencia de “la nada” o del “anonadamiento” se reacciona también con actitudes agresivas, como lo muestran muchos casos de quienes atienden en una ventanilla burocrática, choferes de autobuses urbanos en el mismo circuito durante muchos años, encargados de hacer fotocopias o de hacer el quehacer de una casa. La falta de satisfacción con lo que hacen propicia una reactividad agresiva y/o depresiva.

6. Inteligencia y/o formación cultural limitada.

Los niños caen más fácilmente en irritación (llanto) y actitudes violentas que los adultos, así como las personas con alguna alteración en sus funciones cerebrales, las personas con menor formación escolar o con una perspectiva muy inmediata de lo que ocurre en torno suyo. De la misma manera, bajo efectos del alcohol y otras drogas que entorpecen el pensamiento es más probable que se realicen actos violentos que serían inhibidos en estado sobrio. Asimismo, el enojo, el miedo, la tristeza y la alegría, en la medida que son más intensas dificultan el razonamiento por lo que desatan y exacerban los impulsos violentos motivados por los factores 1 a 4. También esto explica por qué en situaciones colectivas exaltadas ocurren acciones violentas en los que la misma persona no incurriría si no estuviera envuelto en el contagio emocional del grupo o de la multitud.

La inteligencia humana se fundamenta en la posibilidad de tomar en cuenta el contexto y reflexionar sobre el significado de un evento y de una acción anterior, presente o futura. Como bien lo explicó Hegel, esa posibilidad depende de la capacidad de tomar en cuenta otros puntos de vista, los cuales entran en juego dentro del diálogo interno que denominamos reflexión. Entre más puntos de vista de otros pueda considerar una persona más inteligente es. El diálogo interno o reflexión implica la organización cerebral-mental en forma de empresa, en la que unos sentimientos e ideas (la irritación, por ejemplo) entran en coordinación con otros sentimientos e ideas (la percepción de posibles consecuencias) para llegar a un significado complejo y así traducirse en una acción más pertinente (ver Murueta, Inteligencia y niveles de metacognición simultánea). Bajo un estado emocional intenso, o por el efecto de drogas y/o por ensimismamiento psicológico es más probable que se actúe agresivamente ante eventos irritantes de menor magnitud que cuando no se está en alguna de esas circunstancias o en su combinación.

Quienes dirigen organizaciones delictivas tienen una gran perspicacia para anticipar la manera de actuar de sus rivales y víctimas, una alta capacidad intelectual, pero se caracterizan por una sensibilidad muy baja ante los sentimientos de los demás. Su desarrollo intelectual se ha formado a través del juego de rivalidad, de ganar o ser derrotado a través del ingenio y de la fuerza, aliándose solamente por conveniencia pero sin desarrollar sensibilidad afectiva para identificarse emocionalmente con lo(s) otro(s). Viven la mal llamada “ley de la selva”, en la que cada quien busca solamente su beneficio inmediato a costa de los demás, sin percatarse del bumerang ecosistémico que esto significa.

7. Grandes beneficios inmediatos por ejercer una acción violenta funcionan como incentivos

La obtención de dinero, de bienes, el acceso a sexualidad, el reconocimiento social, la obediencia de otros (mayor poder), etc., incentivan la realización de acciones violentas. Estos incentivos son generados a través de ejemplos de personas cercanas, conocidas, famosas o fantásticas; o a través de películas, videos, historias e historietas. Lógicamente, esos incentivos tendrán mayor fuerza para atraer a quienes han padecido su carencia de manera más intensa y a quienes ya tienen inclinación a cometer actos violentos por los factores 1 a 6 antes mencionados.

8. Disponibilidad de fuerza, dinero y/o armas (poder hacer) y percepción de vulnerabilidad.

Un adulto aprovecha su fuerza para ejercer violencia sobre un niño pequeño, una persona más alta sobre una persona de baja estatura, una persona más fuerte físicamente sobre alguien más débil. Una persona con dinero puede conseguir armas o pagar a otras personas para dañar a alguien que le estorba o que se cruzó en su camino. Si hay armas al acceso existe mayor posibilidad de que las personas decidan actuar con violencia ante personas vulnerables. La disposición de fuerza mucho mayor propicia que se decida actuar agresivamente aun cuando los factores 1 a 7 tengan una relativamente baja intensidad.

Al mismo tiempo, advertir la vulnerabilidad de una persona, sus expresiones de temor, el llanto y las súplicas para no ser agredida, tienen un efecto disparador o potenciador de las inclinaciones agresivas de una persona ya enferma, por lo que causar daño al suplicante le genera un placer morboso que es conocido como sadismo, por su analogía con las narraciones eróticas del Marques de Sade, en las que causar dolor era parte del placer sexual. Ese goce sádico pareciera confirmar la tesis del instinto destructivo que Freud concibió estaba presente en todos los seres humanos, suponiendo equivocadamente que todo ser humano es sádico si tiene la posibilidad de serlo. Pero, es evidente que esas tendencias sádicas, ese goce con el sufrimiento de otro(s), se generan con mayor probabilidad cuando los factores 1 a 7 tienen magnitudes elevadas y con menor probabilidad cuando son bajas. Una muy leve tendencia sádica puede crecer al advertir una gran vulnerabilidad de la víctima potencial.

9. Baja intensidad y/o baja probabilidad previsible de consecuencias desagradables o adversas como efecto de una acción violenta (impunidad).

Obviamente, si no ocurren los 8 factores anteriores, éste noveno factor se vuelve irrelevante. Cuando los factores anteriores generan el deseo de realizar una acción violenta, la evidencia presente de posibles y fuertes consecuencias de las que el agresor podría volverse víctima funcionan como un inhibidor de sus impulsos. Para que la “amenaza punitiva” sea efectiva debe ser más presente y constante en la medida en que una persona acumula mayores niveles en los 7 factores anteriores.

Este es el único factor que se ha considerado relevante por parte de padres de familia, maestros y gobiernos para afrontar la violencia, descuidando la atención de los demás factores señalados. Es obvio que las posibles consecuencias punitivas pueden disminuirse mediante engaños y trucos o después de un tiempo, por lo cual su efecto inhibidor suele ser momentáneo o transitorio, además del elevado porcentaje de actos violentos sin ningún tipo de consecuencias, pese a los sistemas y tecnologías para la vigilancia. Como suele decirse en televisión, la impunidad contribuye a abrir cauce a las acciones agresivas y criminales, pero esto no es lo más importante.

10. Familiaridad con la violencia y cultura de la violencia

A los 15 años, se calcula que un adolescente ha visto directa o indirectamente más de 20,000 asesinatos violentos en la televisión, el cine y los videojuegos (un promedio cercano a 4 eventos diarios), además de muchas otras expresiones y acciones violentas. Muchos juegos hacen al usuario infantil protagonista de actos violentos simulados. El aprendizaje vicario de Bandura (1980) ha sido considerado como argumento para explicar la violencia social por el contenido violento de las películas, programas y videojuegos en los que invierten muchas horas los niños y adolescentes, así como muchos adultos.

Sin embargo, así como puede hablarse de aprendizaje vicario también existe la acción vicaria a través de la cual se realizan parcialmente muchos deseos contenidos de un observador. Es esto lo que explica la afición a los superhéroes, a la lucha libre, al box, al futbol y a otros deportes, tanto como a las películas “de acción”. A través de la acción de otro(s) una persona canaliza un deseo (agresivo o no) que no podría realizar por sí misma, ya sea por falta de capacidad o de posibilidad, o bien por los posibles efectos nocivos que esa acción puede generarle. De manera vicaria, mucha gente vive como si fueran propias las acciones fantásticas de los superhéroes y la posibilidad de participar en un combate realista con el riesgo de morir dentro de un ambiente ficticio.

La violencia en el cine, la televisión, en espectáculos y en los videojuegos tiene tres posibilidades de influir en la vida real:

a) Sirve para canalizar una buena proporción de los impulsos violentos que hay en la población, como una “terapia de la almohada” vicaria continua. Si se eliminaran repentinamente las opciones para ver o jugar con violencia es probable que los índices de agresión real se elevaran como efecto de la irritabilidad que prevalece en la sociedad.

b) Cuando una persona, un grupo, un sector o una generación tienen elevados niveles de irritabilidad por la elevada magnitud de uno o varios de los factores 1 a 9, entonces los personajes ficticios se convierten en modelos que pueden ser imitados para cometer actos violentos similares.

c) En combinación con la continua difusión de violencias reales en noticieros de televisión, radio y prensa, el contacto continuo con este tipo de eventos genera la habituación y, por tanto, cierta indiferencia al saber de ellos y mayor facilidad para participar de esa costumbre y tradición. Esto implica que las acciones violentas cada vez requieran incrementar su crueldad para lograr el efecto que antes se alcanzaba con niveles menores de la misma, generando la vorágine de sadismo que históricamente ha sido ilustrada en la crucifixión, la quema de personas vivas, las máquinas de tortura, los campos de concentración nazis, la bomba atómica, el napalm, las decapitaciones y el desmembramiento, entre un cúmulo de inenarrables formas de humillación.

La violencia social no tiene madre… (ni padre)

En México, es frecuente que al referirse a una persona que abusa de otra(s) la gente diga que "tiene poca madre", que tiene "muy poca madre" o que definitivamente "no tiene madre", según sea el grado del abuso, la frialdad con que se comete y el cinismo del personaje que lo hace. Efectivamente, los peores explotadores, corruptos, asaltantes, violadores y secuestradores provienen de familias muy destruidas emocionalmente, sobre todo en lo referente al vínculo afectivo con la madre.

Históricamente las madres, más que los padres, han sido el elemento fundamental en la formación de la personalidad de las nuevas generaciones. Santiago Ramírez (1959) a finales de los 50's decía que en México teníamos incluso "demasiada madre" y "muy poco padre". Los psicólogos están de acuerdo en que la personalidad de un individuo se define esencialmente entre el embarazo y los seis o siete años de vida, período en el cual se forman los hábitos básicos que integran la personalidad a través del ejercicio de determinados roles, con lo que asume una identidad, una manera de ser.

Así como durante esos primeros siete años de vida se forman determinados hábitos prácticos (sanos o insanos, activos o pasivos) de alimentación, aseo, dormir y autocuidado, también se forman hábitos emocionales (sentimientos), hábitos estéticos (gustos), hábitos cognoscitivos (creencias), hábitos cognitivos (formas de razonar) y hábitos metabólicos u orgánicos. Estos hábitos implican una cierta configuración bioquímica del cerebro, del sistema límbico, especialmente de la amígdala, y de toda la fisiología corporal. Dicha configuración se consolida y se hace más resistente a ser modificada cada vez que los hábitos se reiteran.

Con la incorporación de las mujeres a la educación escolarizada y la vida laboral, sobre todo en el siglo XX, se avanzó mucho en su emancipación, independencia, autoestima y relativa libertad respecto al sexo masculino. Proceso que aún no termina a principios del Siglo XXI. Sin embargo, la doble o triple jornada femenina, sus presiones cotidianas, así como su alejamiento obligado de la crianza sin que ello sea compensado por los padres, ha tenido repercusiones negativas en la formación afectiva de las nuevas generaciones, combinándose con la vorágine tecnológica que ha abierto más las brechas entre pobres y ricos.

La intimidad que se genera entre madre e hijo(a) en los primeros meses y años de vida promueve en los niños la sensibilidad y la capacidad para captar y compartir emociones con otro(s). En esa intimidad también participa –aunque no siempre- el padre, así como pueden hacerlo en algún grado otros parientes o amigos. Lo importante es que este elemento es clave para determinar la mayor o menor inclinación a la agresión y al abuso de los niños conforme crecen. La formación de vínculos emocionales entre los seres humanos es el antídoto contra la agresividad y la violencia. La afectividad es la base de la salud psicológica. Cuando las expresiones afectivas entre padres e hijos son de mucha mayor proporción o intensidad que los castigos, los efectos perniciosos de estos serán mucho menores. Esto es válido también para las relaciones de pareja, las amistades y los vínculos de cada persona con la comunidad y las instituciones en las que participa5.

En efecto, en lugar de ver al Eros y al Thanatos freudianos como dos instintos paralelos de igual fuerza y necesidad de expresión, es necesario entender que ambos son parte de un solo proceso, como vasos comunicantes. La destructividad es una enfermedad que se genera cuando la afectividad y la libertad de hacer de una persona o un colectivo se ven disminuidas y, por tanto, esa destructividad solamente puede disminuir e incluso desaparecer esencialmente en la medida que en la vida de una persona y de una colectividad haya mayores posibilidades afectivas que también son lo que permite la libertad de acción6. Pero la afectividad no ocurre por decreto o por “darse cuenta” de su relevancia, no se puede amar por querer amar. Para producir la afectividad es necesario que ocurran los eventos que la generan: expresiones de aprecio, con-vivencias, experiencias agradables especiales, contacto físico, cooperación, creatividad compartida, éxitos compartidos, narrativas de vida y contrastes externos (ver Murueta, Tecnología del Amor). Es necesario hacer ocurrir esto de manera predominante en las parejas, en las familias, en las instituciones, en los centros de trabajo, en las comunidades, en las naciones y en la humanidad toda.

Como lo hicieron ver Hegel, Marx, Gramsci y Fromm, la clave de la superación de la enajenación humana causante de las diversas enfermedades psicológicas –entre ellas la de destructividad o sadismo– es lograr que cada persona sienta que el bien de los demás es su propio bien y que su propio bien está dedicado al bien de los demás; y, por tanto, que el mal de los demás también lo sienta como un mal para sí misma. Entonces el deber y “la inclinación” no serán dos dimensiones separadas, como lo pensaba Kant, sino la misma. Así, la afectividad es la base en la que se cimentan los valores favorables a la vida humana y también el actuar ético y, por tanto, la libertad.

Para realmente frenar y disminuir la violencia social y familiar, es necesario diseñar políticas públicas que promuevan la realización de las vocaciones de cada quien y los vínculos emocionales entre cada persona y su comunidad.

Políticas públicas para disminuir la violencia y generar una nueva etapa social

Con base en lo expuesto anteriormente, ante la vorágine de violencia que se vive en México, como en otros países latinoamericanos y en todo el planeta, es necesario y posible desarrollar una serie de políticas públicas alternativas, ya sea a través de los gobiernos o bien mediante acciones ciudadanas independientes, como única manera efectiva para disminuir progresivamente los índices de ejecuciones, secuestros, torturas, homicidios, asaltos, violaciones, robos, riñas y abusos. Es posible que esa disminución de la violencia logre niveles muy bajos de estos índices en poco tiempo si se aplican de manera integral las siguientes propuestas:

1. Programas para la detección temprana y apoyo psicológico familiar y escolar para niños con “bajo rendimiento escolar” en todas las escuelas de educación básica. Los delincuentes (adultos, adolescentes o niños) generalmente manifiestan ya algún tipo de conflicto emocional en su participación en la escuela desde los primeros grados. Los delincuentes más crueles no hace mucho que eran niños vulnerables sometidos a situaciones familiares y escolares destructivas de su salud psicológica. Es una posibilidad importante que psicólogos y trabajadores sociales desarrollen programas sistemáticos para detectar, evaluar y atender integralmente a los niños que tengan mayores alteraciones psicológicas, de las cuales el rendimiento escolar y las observaciones de los docentes pueden ser un indicador inicial. Los gobiernos, las escuelas y las asociaciones profesionales podrían colaborar para desarrollar dichos programas.

2. Establecimiento de centros deportivos, bien acondicionados y seguros, uno por cada 1000 habitantes. Si en México hay más de 112 millones de personas, se requiere contar con 112 000 centros deportivos distribuidos proporcionalmente a la población en todo el territorio nacional. Actualmente se estima que hay aproximadamente un centro deportivo por cada 25,000 habitantes, es decir, alrededor de 4500 centros deportivos en todo el país y su amplitud, calidad, mantenimiento y seguridad promedio están muy por debajo de “regular”, por lo que se requiere construir más de 100,000 y darles atención, mantenimiento y seguridad para garantizar su calidad y eficiencia.

3. Desarrollo anual de torneos deportivos de todos los deportes olímpicos en los niveles municipal, estatal y nacional. Los eventos deben ser continuamente promovidos y difundidos por radio, televisión y prensa escrita, proyectando a los talentos deportivos como un ejemplo a seguir.

4. Establecimiento de casas de la cultura, una por cada 10,000 habitantes. En las casas de la cultura debe haber un programa continuo y accesible de conferencias, talleres, seminarios, cursos, eventos, conciertos, exposiciones. Actualmente existe aproximadamente una casa de cultura por cada 100,000 habitantes, alrededor de 1000 casas de cultura en todo el país, cuyo funcionamiento promedio es de baja calidad. Se requiere construir y hacer funcionar con calidad más de 9000 casas de la cultura distribuidas proporcionalmente a la población en todo el territorio nacional.

5. Desarrollo de concursos anuales de todas las artes, municipales, estatales y nacional. Los jurados deben ser plurales y variar cada año.

6. Desarrollo de concursos anuales de invento e iniciativas, municipales, estatales y nacional. Los jurados deben ser plurales y variar cada año.

7. Impulso al establecimiento de centros accesibles de convivencia juvenil, infantil, de adultos, de adultos mayores y familiar, al menos uno de estos por cada 10,000 habitantes.

8. Escuela para padres en todas las escuelas de educación básica, obligatoria, dos horas cada mes, para impulsar que los padres sean ejemplos respetuosos de sus hijos, motivadores y no represores del desarrollo de los talentos infantiles y juveniles, lo que podría derivar en cambios en la vida escolar, primero, y en los centros de trabajo después. Esto, entre otras muchas implicaciones posibles.

9. Programas psicoterapéuticos masivos y accesibles para mejorar las relaciones de pareja, como una manera de mejorar la crianza y la vida social en su conjunto. Para estos programas es fundamental contar con la posibilidad de usar televisión, radio, prensa, internet, carteles y folletería.

10. Que los padres de menores de 15 años reciban el pago de una hora diaria para convivir con sus hijos en actividades o lugares acordados con la empresa o institución. Las instituciones, las empresas, las organizaciones y la comunidad en general debieran impulsar y apoyar medidas para que madres y padres se capaciten y tengan el tiempo y la economía necesarios para vivir bien y establecer vínculos afectivos sólidos a través del diálogo y la convivencia como pareja y con sus hijos.

11. Programas de trabajo comunitario por psicólogos, trabajadores sociales y pedagogos, especialmente en las zonas con mayor problemática social y de violencia.

12. Fomento a la organización empresarial cooperativa eficaz y eficiente: promoción, asesoría, financiamiento, estímulos fiscales, redes cooperativas, proyección de productos, tiendas cooperativas, etc. Si las personas tienen iniciativa y capacidad de organizarse para generar empresas no tendrían esa actitud dependiente típica de quien busca alguien que lo emplee, que lo use. Esa sensación de poder hacer genera una actitud optimista y se contrapone a la sensación de frustración, impotencia e indolencia que se traduce en irritabilidad y en agresividad.

13. Integración de la formación empresarial cooperativa en los planes de estudio de primaria, secundaria y preparatoria.

14. Concepción de las escuelas de educación básica como centros de acción y cultura social dedicadas a detectar, impulsar, desarrollar y organizar los talentos individuales y colectivos de estudiantes y docentes para realizar acciones de beneficio comunitario. El sentido de comunidad (la identificación, el sentido de pertenencia y el afecto por la comunicad) se desarrolla en la medida en que se realizan acciones comunitarias, lo que rompería con el individualismo y la rivalidad típica del mundo capitalista.

15. Programas psicoterapéuticos para las víctimas de delitos y para los internos de los Centros de Readaptación Social (CERESOS). Debe cambiarse el significado punitivo de las cárceles, por el sentido psicoterapéutico. Las cárceles deben ser transformadas gradualmente en hospitales psicológicos o centros de salud psicológica especializados en neurosis agresiva y psicopatía, en las que también se atienda a las víctimas. La privación de la libertad debe ser preventiva para limitar que se continúen cometiendo delitos y durar el tiempo necesario para que psicólogos y psiquiatras especializados puedan garantizar que la persona detenida puede reincorporarse sanamente a la vida social.

16. Destinar a todas las propuestas anteriores, de inmediato, un 5% del presupuesto que se destina a fuerzas armadas, policía, procuradurías, poder judicial y reclusorios. Este porcentaje deberá aumentar 0.5% cada año disminuyendo en esa proporción los gastos destinados a la represión: armas, ejército, policía, cárceles, vigilantes y sistemas de vigilancia, etc.

Por supuesto, no es conveniente disminuir de manera brusca los sistemas represivos porque eso favorecería el incremento de las acciones violentas y criminales. Al contrario, se requiere capacitar adecuadamente a las policías y contar con mejores sistemas de vigilancia para tener mayor eficacia en inhibir o detener las acciones criminales. La idea es invertir simultáneamente y de manera progresiva en prevención de la violencia atacando los factores que la causan y no solamente sus efectos, pues esto es contraproducente como ya ha sido demostrado una y otra vez en la experiencia histórica. En la medida en que se invierte en prevención de la violencia gradualmente es menos necesaria la existencia de mecanismos represivos, por lo que su costo es cada vez menor.

La inversión en prevención de la violencia es también la inversión en un cambio de paradigma social que implica el acceso a una nueva era en la que los seres humanos por fin podrán cooperar para potenciar sus talentos y los alcances de su poder hacer, en contraste con lo que ocurre ahora en que unos obstruyen las posibilidades de otros y se pierde una gran proporción de la energía, los esfuerzos y las preocupaciones humanas en dañar a otros y/o en protegerse de ellos.

Con políticas públicas como las expresadas antes, se elevaría sin duda nuestra seguridad personal y colectiva, así como disminuiría proporcionalmente el consumo de drogas y, por tanto, toda la violencia asociada ahora con el narcotráfico. Con ese enfoque es posible avanzar hacia una era grandiosa de la humanidad, si se compara con las anteriores y la actual, en la que habrá una cada vez más integral y sofisticada organización cooperativa de los 7 mil millones de seres humanos que habitan La Tierra.

Debiera exigirse a los legisladores y los poderes ejecutivos de todos los países, de todos los estados, departamentos, provincias, municipios y condados, que apoyen en su ámbito estas ideas. Pero también debiera convocarse a los estudiantes, a los profesionales, a los educadores, a las escuelas, a impulsar y realizar estas propuestas, independientemente de que los actuales gobernantes las apoyen o no.

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Notas

1. El neurofisiólogo R. B Livingston (1967) sostiene que la cooperación, la fe, la confianza mutua y el altruismo están integrados en la trama del sistema nervioso y son propulsadas por satisfacciones internas inherentes a ellos.

2. Santo Tomás (Suma de teología) explica que violencia significa alterar lo que una cosa o un ser es sin contar con su consentimiento. La agresividad es el deseo y/o la acción de una persona para atacar a alguien o a algo, que puede ser él mismo. La víctima padece la violencia que le ejerce un agresor. No toda agresión logra su objetivo de hacer violencia a alguien o a algo, por eso hay acciones agresivas que causan violencia al propio agresor y no a la pretendida víctima. Con esa explicación de la violencia, podemos decir que Bordieu (1977) no tiene razón en considerar a toda acción educativa como una “violencia simbólica”, pues existen aprendices que están motivados y buscan la acción pedagógica de un buen docente.

3. Hegel concibe a lo material como parte de la conciencia y a la conciencia como una expresión material. En Hegel no es posible separar una cosa de la otra, pues todo es dentro del significado para los seres humanos. Es imposible pensar, como Kant, “la cosa en sí”. Es Gramsci quien recupera lo que Marx había perdido de Hegel al comprender que “las condiciones materiales de existencia” no están disociadas de la conciencia. No hay una independencia ontológica de los instrumentos y materiales de producción de la codificación que les dan los seres humanos; la conciencia también es parte de la materialidad. Es tan material el cerebro y el pensamiento como lo es un azadón y, a la vez, ambos son lo que son por su significado histórico, humano.

4. Eibl Eibesfelt (1987), importante etólogo, hace notar cómo la sonrisa, que es un símbolo de empatía, de no violencia, tiene como raíces evolutivas el “mostrar los dientes” como un gesto agresivo en los mamíferos. La sonrisa es una manera de jugar con esa expresión agresiva, convirtiéndola en su contrario; de manera parecida a lo que ocurre en que personas se expresan afecto usando palabras despectivas o agresivas, atenuadas con el tono amistoso al pronunciarlas. Como actualmente en México se usa la palabra “güey” al conversar con un amigo, sustituyendo a las antiguas “mano” (hermano) o “carnal”, y, por supuesto, al nombre del receptor. Muchos amigos se expresan confianza y afecto a través de fintas agresivas o golpes de baja intensidad.

5. En El porqué de la guerra (1933), contrariamente a su teoría anterior sobre la inevitabilidad de la agresividad humana debido al instinto de muerte, Freud escribió:

“Todo cuanto favorezca la formación de vínculos emocionales entre los hombres debe operar contra la guerra. Estos vínculos pueden ser de dos tipos. En primer lugar, pueden ser las relaciones semejantes a las que se forman con un objeto amado sin fin sexual… El segundo tipo de vínculo emocional es por la identificación. Todo cuanto hace a los hombres compartir intereses importantes, produce esta comunidad de sentimiento, estas identificaciones. Y la estructura de la sociedad humana se basa en gran parte de ellas (Freud, 1933).

6.  “Ama y haz lo que quieras” es la frase famosa de San Agustín. En la Teoría de la Praxis esto se transforma en “solamente si amas puedes realmente hacer lo que quieres”, porque en el espontáneo querer hacer algo está ya de manera intrínseca el querer hacer (los sentimientos) de los demás. Solamente que en esta Teoría el amor es un fenómeno que es necesario producir a través de determinados eventos, no es posible generarlo por mandamiento o por “conciencia”.