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Revista Alternativas en Psicología

Carlos Martínez, destacado psicólogo argentino, es uno de los más importantes especialistas latinoamericanos en el tema del suicidio. Tuve el gusto de conocerlo y conversar por primera vez con él en 2008 en Cochabamba, durante la realización del II Congreso Boliviano de Psicología. Nos vimos después en otros eventos, en particular en 2016, en Costa Rica, para el V Congreso, y en Lima, en el VI congreso de la Asociación Latinoamericana para la Formación y la Enseñanza de la Psicología (ALFEPSI), en cuyo seno Carlos coordina la Cátedra Latinoamericana de Suicidología. Agradezco su solicitud para prologar este libro que propone un estudio y una intervención comunitaria para la prevención y posvención del suicidio con un enfoque que recoge la literatura mundial sobre el tema y su fundamentación, pero que constituye una propuesta claramente latinoamericana.

En América Latina, en términos generales, el número de suicidios prácticamente se triplicó en los primeros 16 años de este Siglo XXI, y su tendencia al alza continúa. Por ejemplo, en México, la cifra de suicidios pasó de 1,955 a 5,718 en 9 años (2003-2012).

Mientras que en los adultos mayores de 60 años la tendencia suicida es a la baja, entre los jóvenes de 15 a 35 años el crecimiento es muy notorio, especialmente entre 15 y 24 años. La llamada generación milenio, los “nativos digitales”, tienen más tendencias suicidas que las generaciones anteriores; y cada vez más. En Argentina, al menos de 2012 en adelante hay más suicidios que homicidios. La violencia contra sí mismo rebasa la violencia hacia a otros.

En América Latina, el país con la tasa más alta de suicidios es Uruguay con 16.5 suicidios anuales por cada 100 mil habitantes, seguido por Cuba con 12.3 y Chile con 11.2. Argentina tiene una tasa de 7.3, México de 4.0 (2008). Perú, en cambio, es uno de los países con los más bajos índices de suicidio en el mundo, en el año 2000 la tasa de suicidios fue de 0.9.

Esos datos lógicamente generan una gran preocupación entre quienes nos dedicamos al cuidado de la salud psicológica en los pueblos latinoamericanos, a pesar de que dichas cifras están por debajo de los índices que tienen países ricos como Corea del Sur (28.1), China (22.23), Japón (21.7), Francia (17.6), Suiza (14.4), Estados Unidos (13.0), Noruega (11.9) o Alemania (11.3 en 2009).

Estados Unidos pasó de 30,484 a 43,000 suicidios en 11 años (2003-2014). El crecimiento fue de 41%. Porcentaje notoriamente inferior al casi 200% de incremento que tuvo México en el mismo lapso. En los países ricos las tasas de suicidio son altas y siguen creciendo, mientras que en los latinoamericanos eran bajas pero en las últimas décadas crecen de manera cada vez más acelerada. Con esa tendencia, en dos o tres décadas, los países latinoamericanos rebasarán las cifras de los países ricos antes mencionados.

El creciente número y tasa de suicidios en todo el mundo, aunado al crecimiento en las cifras de violencia, depresión y muertes por infartos, por cáncer y otras enfermedades crónico-degenerativas llevan a la conclusión de que la humanidad está en decadencia, no obstante los grandes avances tecnológicos y la elevación de los promedios en la expectativa de vida. Al número de suicidios debe también añadirse otro gran número de intentos suicidas y de ideación suicida reiterada. Las personas viven más, en promedio, pero no se sienten tan bien con la vida como las generaciones anteriores. Muchos jóvenes no quieren tener hijos porque no les gusta el mundo actual, ni desean responsabilizarse de otra vida. Una cantidad cada vez mayor no quiere tener pareja estable ni familia. El individualismo se acentúa y se diluyen los afectos. La soledad, y la gran ansiedad que ésta genera, se compensan de manera progresiva con sustancias, marcas, bullying y autoagresiones emocionales y corporales hasta llegar al suicidio. Las neurosis y psicosis se acentúan en las comunidades, en los reductos familiares y en las personas.

En ese contexto, el libro de Carlos Martínez constituye una gran herramienta conceptual, social, técnica y práctica para detectar, evaluar el riesgo e intervenir profesionalmente, en un contexto comunitario, para contribuir a revertir esa decadencia en que los pueblos latinoamericanos se ven arrastrados porque las élites admiran el economicismo de los países ricos. Propone la formación de especialistas para la prevención comunitaria del suicidio, incluye los programas que deben ser realizados para dicha formación y el análisis de la problemática psicológica de los adolescentes y la manera de acercarse a ellos para darle sentido a su vida, sobreponiéndose a las tendencias que el modelo económico, político, social, cultural y educativo pretende imponerles.

En la Clase No. 1 del Curso para la “Evaluación del riesgo y potencial suicida e inicio del tratamiento psicoterapéutico”, además de definir a la Suicidología como “la psicología de los procesos autodestructivos”, y no solamente de su punto culminante que es el suicidio, llama la atención que a éste se le concibe no solamente “como una manera de morir, sino también y, básicamente, una manera de vivir”. Es decir, para los suicidas, morir es vivir: la muerte es la vida de una vida muerta.

La referencia básica e inicial de toda suicidología es el libro clásico de Emile Durkheim publicado en 1897, en el cual ilustra el método sociológico al estudiar las variables que se relacionan con el incremento o decremento de las tasas de suicidios. Además de variables como edad, sexo, religión, estado civil, con hijos o sin hijos, situación política, Durkheim hace notar que hay más suicidios cuando la luz del día dura más, lo que implica que los países que adoptan el “horario de verano” para aprovechar la luz solar y ahorrar electricidad promueven con eso el crecimiento del número de suicidios y otros fenómenos conexos. Este autor enfatiza que los protestantes, que predominan en los países anglosajones, se suicidan en mayor proporción que los católicos, religión ésta que es mayoritaria en América Latina y que puede ser parte de la explicación de los menores índices de suicidio que hasta ahora tienen respecto a los países anglosajones. Como Max Weber lo hizo en su libro La ética protestante y el espíritu del capitalismo, también Durkheim observó la conexión entre esa religión y un marcado individualismo, mientras que los católicos son más proclives a la vida familiar y comunitaria. También puede verse al revés, las culturas con mayor arraigo familiar y comunitario podrán acoplarse más con el catolicismo que con el protestantismo, como históricamente ocurrió en América Latina.

El individualismo ha favorecido el enriquecimiento material y el empobrecimiento emocional y afectivo, de allí la fascinación por lo científico, la técnica, la tecnología y la racionalidad. Es el pensamiento de la modernidad capitalista, impersonal, que deja atrás al feudalismo medieval organizado en torno a reyes, señores feudales y siervos, y el trabajo artesanal. Como lo ha señalado Marx, en esa época también había una gran opresión y se registraron acciones crueles contra los herejes, pero cada quien sabía quién o quiénes habían hecho su ropa, su comida, etc., de tal manera que existía un arraigo y un sentido de pertenencia, una personalidad colectiva e individual. La producción en serie, el trabajo industrial, trajo consigo la despersonalización y la desvinculación afectiva progresivas. Tal como lo representa irónicamente Chaplin en Tiempos modernos y es algo que caracteriza cada vez más ilustrativamente a la vida del Siglo XXI, como si el libro de Huxley (1932), Un mundo feliz, estuviera concretándose como premonición independiente de la ironía de su autor, en complementación con 1984 de Georges Orwell: el Big Brother; como esa super máquina que observa y evalúa todas las actividades humanas y diseña técnicamente la vida social, estableciendo un nuevo estilo de religión tecnológica.

Parte del mundo moderno es la igualdad entre géneros, pero, como lo advirtió Nietzsche, esa “igualdad” ha significado que las mujeres hayan ido abandonando su rol central en la familia para tratar de imitar lo que antes era típico de la masculinidad. En el ánimo de igualdad las mujeres han sido impulsadas a parecerse cada vez más a los varones, dados los privilegios históricos de éstos. El efecto ha sido parecido al de las élites latinoamericanas que menosprecian sus raíces culturales y su historia para tratar de imitar a los ricos norteamericanos o europeos: pierden su propia identidad, abandonan muchas cosas valiosas y contraen los aspectos más lamentables del que imitan.

Para sostener la economía familiar o de pareja, actualmente se requiere que ambos géneros consigan un trabajo asalariado, lo que, sobre todo, implica un proporcional abandono de la crianza, independientemente de la doble o triple jornada que padecen las mujeres y del desgaste físico y emocional de ambos integrantes de la pareja. Los niveles de vinculación y arraigo emocional lógicamente disminuyen en los niños que crecen en ese ambiente, ya no hay barrio ni vecinos para convivir y jugar. Ciudades cada vez más sobrepobladas, donde los crecientes peligros y riesgos de violencia promueven el encierro de niños conectados a entretenimientos electrónicos; que exigen atención o marcas para encontrar un sentido a su existencia. Por lo mismo, la búsqueda adolescente de tatuajes y piercing que en esos contextos les genere identidad y significado.

La tercera parte de este libro precisamente se ocupa del “suicidio adolescente en el ámbito escolar y abordaje institucional de producciones autodestructivas”. Se enfatiza un abordaje integral, considerando aspectos biológicos, psicológicos, culturales y sociales, enfatizando los riesgos y posibilidades que la vida escolar tiene en relación con la ocurrencia y prevención de suicidios.

La propuesta es integrar equipos multidisciplinarios, al cual denominan Grupo Sostén, encargado de aplicar instrumentos para detectar y valorar los niveles de riesgo o probabilidad de conductas suicidas, ya que se han identificado los elementos que concurren anticipadamente para derivar en el acto suicida.

Sin duda, este libro surge como respuesta a la gran necesidad social de comprender y atender los alarmantes incrementos suicidas. Quienes lo lean aprehenderán una nueva perspectiva y herramientas técnicas para la intervención profesional que asuma el reto de tratar de revertir esas crecientes tendencias. Es evidente que ese reto se asume a contrapelo de un sistema social y económico propiciatorio de las mismas, lo que significa que no basta con intentar atender, prevenir y postvenir los procesos de autodestrucción, sino que se requiere al mismo tiempo incidir en la opinión pública para contribuir a transformar el diseño social que ahora padecemos en toda la América Latina y en todo el mundo.

Es un honor contar con la amistad de Carlos Martínez, a quien felicito ampliamente por esta contribución, y desde luego me apresto a contribuir en todo lo posible para que el libro sea conocido como un punto de referencia necesario, así como a formar parte del equipo internacional que participa en la Cátedra Latinoamericana de Suicidología. Los estudiantes, los docentes y los investigadores de psicología y de otras disciplinas afines deben tener este texto entre la bibliografía esencial de las formaciones de grado y posgrado, así como seguir con atención las aportaciones de la Cátedra especializada en el tema. Están convocados todos a contribuir a la vida, a no dejar de existir.