Marco Eduardo Murueta contacto videos Sobre Marco Murueta Enlaces libros inicio Inicio

Redes

Enlaces destacados

http://amapsi.org/Imagenes/amapsi-org.gif
Revista Alternativas en Psicología

Yo me estaba bañando en mi departamento de Tlalnepantla y sentí el temblor duradero pero nunca imaginé la intensidad que había tenido en la Ciudad de México. Fui a dar mi clase de las 7:30 en Iztacala y me extrañó un poco la baja asistencia de alumnos. Terminamos la clase a las 9. Fui a desayunar al entonces casi único pequeño restaurante que había en la unidad habitacional, cercano a la puerta principal de la ENEP Iztacala. Al llegar alguien me dijo que parecía que se había caído una de las torres de Televisa, lo cual ya implicaba que el sismo había tenido efectos mayores a lo que yo había imaginado en su momento; luego me comentaron que se había caído un edificio en Tlaltelolco. Mientras desayunaba pude ver por la televisión los primeros reportes parciales que iban develando crecientemente -junto con mi sorpresa y sensación de alarma- la magnitud de aquel acontecimiento del 19 de septiembre de 1985. No terminé el desayuno y empecé a buscar el contacto con mis seres queridos. Las líneas telefónicas estaban afectadas y era muy difícil comunicarse. Me alegré al abrazar a mi hija Fridah de 4 años y sentirla a salvo. Pude comunicarme con mis padres y hermanos a Acapulco. Afortunadamente todos estaban bien.

Conforme se hacía más clara la tragedia, la televisión y la radio iban dando información de aquí y de allá. Informaban específicamente -con nombres y apellidos- de que determinadas personas estaban bien para tranquilizar a sus familiares. En mi auto hice en recorrido por la Ciudad. Muchas calles estaban bloqueadas. Vi el Hotel Regis caído sobre Avenida Juárez imaginando el horror que se había vivido y se estaba viviendo por personas que aún estaban atrapadas. Había muchas personas sacando los escombros a pesar de que los medios absurdamente pedían que todo mundo se quedara en casa para dejar que el ejército, la policía y los bomberos se hicieran cargo de todo y “no estorbar”. De inmediato fue evidente que esas corporaciones y el gobierno federal estaban rebasados y no tenían la preparación y la capacidad numérica para afrontar esas circunstancias.

El edificio de Bucareli 20, que era la sede del Partido Mexicano de los Trabajadores, donde yo militaba entonces, y del Centro Experimental de Teatro CLETA, también estaba colapsado. Como un rayo pasaron por mi mente múltiples imágenes del 6o. Piso donde Heberto Castillo y Demetrio Vallejo conducían las reuniones de cada sábado a las 12 am, así como las reuniones con el Búho, Javier Santiago, Carlos Mendoza, Violeta Vázquez, Jorge Villamil, Alfredo Del Valle y muchos otros dirigentes de ese PMT. Afortunadamente a la hora del sismo no había nadie allí pero se habían perdido las fotocopiadoras, libros y materiales, así como nuestro lugar de reunión.

Sobre Av. Chapultepec se había caído la Secundaria 3 y el techo de una parte de Televisa. Conmocionó enterarse de cómo Carmen Guerrero murió tratando de mantenerse ecuánime ante la cámara para evitar el pánico de la teleaudiencia, haciendo alarde de su profesionalismo. En la secundaria muchos alumnos y maestros murieron o quedaron atrapados.

Se mezclaban los sentimientos de preocupación, impotencia e impulsos para hacer algo personal y contribuir a organizar la respuesta colectiva para afrontar lo que estaba sucediendo. De inmediato se hicieron filas para pasar lo más rápidamente posible los pedazos de concreto, de unas manos a otras, para sacar a las personas que estaban atrapadas, muchas de ellas heridas. Se excavaba con lo que se podía: picos, palas o solamente con las manos. Poco a poco empezaron a llegar algunas máquinas e instrumentos especializados, así como personas con experiencias, oficios y profesiones diversos que ponían sus capacidades en juego para ayudar. Como es lógico, había mucho desorden y por momentos tensiones entre quienes hacían las labores de rescate. Allí se gestó la leyenda de los topos: hombres valientes y decididos que arriesgaban su propia vida al entrar por pequeños espacios o túneles que iban construyendo en las construcciones derrumbadas, guiados por una voz, una señal o un lamento.

También la comunidad internacional reaccionó relativamente rápido –aunque siempre insuficiente- enviando víveres, agua, casas de campaña, cobijas y, sobre todo, personal experto que contribuyó mucho en los casos de rescate más difíciles. Plácido Domingo fue reconocido por su entrega en las labores de rescate en el edificio habitacional Nuevo León que se había caído en Tlaltelolco. El pueblo valoró también la importante ayuda de los perros suizos especialmente entrenados para detectar a personas vivas cubiertas por montañas de escombros. Eso ayudó a salvar más de 4000 vidas, incluyendo varios bebés recién nacidos que lograron sobrevivir varios días entre los restos del cunero del Hospital Juárez. El triunfo emocional de los rescates se combinaba con la impotencia de saber que muchos otros heridos e incluso personas ilesas atrapadas, seguramente murieron después de horas, días y semanas de permanecer casi inmóviles y sin alimentos bajo tierra.

Se estima que murieron más de 40 000 personas dentro de las más de 30 000 edificaciones que se vinieron abajo y las 68 000 que tuvieron daños parciales, tan sólo en la Ciudad de México. Entre ellas estuvieron las costureras que trabajaban en San Antonio Abad, los habitantes del Multifamiliar Juárez y de varios edificios más en la Colonia Roma, los trabajadores y comensales del Café Superleche y los habitantes de varios edificios sobre el Eje Central (San Juan de Letrán). La reunión de cadáveres y la identificación de los mismos por sus familiares en la cancha de beisbol del Instituto Mexicano del Seguro Social hacían que en la Ciudad y en todo el país se sintiera la sombra de la muerte comprimiendo las gargantas.

Además de las pérdidas de vida y del consecuente dolor por el luto en muchas familias y en la sociedad en su conjunto, se estima que más de 400 mil personas perdieron su casa, y cerca de 200 mil perdieron su trabajo. Por las calles deambulaban personas e incluso familias enteras, sin rumbo, sin dinero y sin un lugar donde pasar los siguientes días. Se improvisaron albergues en gimnasios, terrenos, canchas y escuelas que no habían sido afectados, se organizaron campamentos y se instalaron corredores de techos de lámina, muy calientes por el día y muy fríos por la noche. La solidaridad nacional e internacional llegaba pero no llegaba a sus destinatarios por la incipiente organización del acopio y distribución de víveres, agua, cobijas, pañales, medicinas y atención médica.

Muchos estudiantes, docentes e investigadores de la UNAM, del Poli y de la UAM pusieron sus capacidades para ayudar. Obviamente fue muy importante la incorporación de docentes y estudiantes de medicina, enfermería y odontología, así como los de otras profesiones que se forman en nuestras universidades. Pero los psicólogos, junto a los trabajadores sociales y los pedagogos, nos sentíamos especialmente responsables de atender las diversas situaciones emocionales que estaba padeciendo la población en medio de esa tragedia. Obviamente no estábamos preparados pero sí decididos a poner nuestros conocimientos y habilidades profesionales, nuestro espíritu universitario y nuestro sentido humano de manera plena para contribuir en todo lo posible a afrontar la dramática situación que se vivía en la Ciudad.

En Iztacala, por ejemplo, las controversias por los enfoques teóricos, habituales en esa etapa, quedaron de lado. Conductistas, psiconalistas, cognoscitivistas y dialécticos fueron a los albergues para atender a las familias en su angustia, en su desorganización, en su incertidumbre. En esa época todavía los psicólogos no eran suficientemente valorados ni se tenía claro en qué consistían sus servicios. No era fácil insertar la participación de los psicólogos en el trabajo multidisciplinario con médicos, enfermeras y representantes de otras profesiones y oficios, pues se tenían preocupaciones, objetivos y lenguajes distintos. Edgar Galindo coordinó mucho del esfuerzo para sistematizar la intervención de los psicólogos en los albergues donde se reunía a los damnificados. Participamos muchos docentes de la carrera de psicología de Iztacala, entre ellos Ofelia Contreras, Ofelia Desatnik y Leticia Sánchez Encalada. A mí me tocó trabajar en alguno de esos albergues junto con Estela Del Valle. En esa época la planta docente de psicología en Iztacala tendría un promedio de 29 años de edad. Teníamos una tradición de compromiso social que se había imbuido desde que se fundó la carrera en 1975 por parte de Emilio Ribes, pretendiendo poner al servicio de la comunidad las técnicas de modificación de conducta. Esa mística de compromiso social también la compartían quienes rechazaban al conductismo y se inclinaban hacia otras opciones teóricas. Sin embargo, nadie estaba mínimamente preparado para intervenir en una situación de emergencia social y menos de la magnitud que tuvimos en 1985. Como dice Edgar, en Iztacala casi no se hablaba de lo que actualmente se conoce como estrés postraumático o resiliencia, conceptos muy relevantes en la actualidad.

25 años después, en este libro se narran algunas de las experiencias que se desarrollaron en esa participación de los psicólogos de Iztacala inmediatamente después de los sismos del 19 y 20 de septiembre de 1985. La idea es poner a disposición de los lectores, ya sean psicólogos o de otras profesiones, preocupados por la prevención y la atención de situaciones de desastre y de emergencias, para impulsar la prevención y la preparación organizativa profesional, universitaria y de la población en general para afrontar posibles desastres de diversas magnitudes, como lo han hecho los cubanos que –con una significativa contribución de los psicólogos– han logrado minimizar casi totalmente los efectos de los continuos y fuertes huracanes que recorren el Caribe en el verano.

Para comenzar, Edgar Galindo nos pone al tanto de los conceptos y los efectos psicológicos relacionados con las catástrofes, con los estudios que se han realizado en circunstancias de emergencia social, así como da cuenta de las vivencias de algunas de las catástrofes más significativas y recientes, como lo sucedido en las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, el Tsunami de diciembre de 1984 en Tahilandia y el sismo de Haití en febrero de 2010. Ha llamado mucho la atención el contraste entre la enorme cantidad de muertes y daños materiales sufridos en Haití, dentro de un desorden generalizado, y la preparación que Chile tiene para afrontar un sismo de magnitud similar, con mucho menos pérdidas en todos los aspectos, sin dejar de ser también doloroso.

Es necesario estar preparados para un nuevo acontecimiento similar al terremoto que padecimos en la Ciudad de México en 1985, el cual puede ocurrir en cualquier momento. Necesitamos hacer acopio de las experiencias y tener previsiones de los diferentes aspectos con diferentes escenarios: fortalecimiento de las construcciones, señales de alarma oportunas, qué puede hacer cada persona en casos de sismo y de otros desastres, cómo coordinar la acción colectiva durante y después de un acontecimiento de gran magnitud, cuáles pueden ser los albergues y la manera de atender a los heridos y/o damnificados, de qué manera agilizar los rescates de personas vivas, cómo prevenir la salud, cómo manejar y afrontar los impactos emocionales por pérdidas, que proporciones de víveres, agua, medicinas y otros materiales se pueden requerir, quiénes pueden aportarlos y quiénes pueden organizar su distribución ágil, etc., etc. Lo peor para todos es que otra vez nos tome por sorpresa.